Nopaloide Cuento Seleccionado en Penumbria 36

La primera vez que lo vi entrar al salón me sequé de la risa, como todos. Era la combinación de su piel verde y la camisa blanca, personaje de la tele, fusión de imaginaciones preescolares. Daba clase con tal pasión que casi olvidábamos su babeo ocasional. Mi profe de inglés no era lo que yo esperaba, pero yo estaba muy verde para notar la fibra del individuo que tenía al frente. Alguna vez vi a chicos, mujeres mayores y hombres seniles esperar burbujeando fuera del salón, sólo para derramarle encima los afiches que tuvieron durante años guardados, buscando el momento fuera de sus apretadas rutinas para encontrarse con Nopaloide: el Héroe Natural. Él, todo sonrisas, rebanaba la yema de su dedo y la colocaba con toda viscosidad en los documentos que le presentaban.

Al día siguiente su dedo ya había sanado, pero por alguna razón se me hacía cotidiano para alguien con cráneo de penca, y no prestaba más atención.

Nos dijo, pero ningún compañero recordaba el nombre del profe, y él no lo repetía, como cosa hecha adrede. Todos le decían “el nopal”, con un dejo de vergüenza en su piel, en la textura babosa de planta. Pero a él le era indiferente. En su rostro había una determinación serena, una resolución obtenida hace mucho tiempo. Una espera edificante, preparación espiritual. Ricochet tardío. A todos les sorprendió enterarse aquél mes de lo que hizo el profe, pero a mí no. Estaba ciego antes, pero esa semana lo pude ver venir.

“El Puercoespín Esmeralda”, “El Duplicante Verde”, “Eternopal”. Tantos bautizos en las primeras horas de transmisión. Al pasar el tiempo y observar cómo asomaban sus púas vegetales entre el uniforme de profesorado, la sangre transparente y su enérgico -aunque escueto- cuerpo azotando contra el abdomen del enemigo, muchos habitantes de Nuevo León lo reconocieron de inmediato. Aquél raro de las organizaciones de beneficiencia, el superhéroe inadaptado de los 90’s, desaparecido ante la corrupción del sindicato metahumano neoleonés.

Nopaloide.

Un gancho al muslo, y cae de rodillas. La bestia filosa desgarra los tendones de mi profesor en la tele, y veo cómo en segundos le crecen dos pies nuevos. A pesar de que sus golpes vegetales no mueven mucho a la mantícora, le dejan espinas clavadas que se duplican, triplican, multiplican por cada puñetazo. Al fin, la bestia cae derrotada. Los transeúntes aplauden, pero después de entrevistarlo y tomarse fotografías con el malherido mutante menta, lo dejan desolado en el suelo, desértico. Los siguientes minutos se evaporan, pero estoy seguro de que recogió su maletín con los exámenes sin revisar de sus alumnos, llego a casa y los terminó con una taza de té antes de dormirse. Lo sé porque el día siguiente aún fue a darme clase.

Y eso es lo que no entiendo de mis compañeros. Ellos hablan de su capacidad regenerativa, de su poder de duplicación y espinas retráctiles. Yo sólo veo el heroísmo de luchar el tedio diario sin convertirse en un villano. La firmeza del que sobrevive en medio del desierto, tomando a gotas lo bueno de existir, para usarlo en los tiempos más cruciales.

Ése es mi profe de inglés, el Nopaloide.

 

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