Asunción Cuento Seleccionado en Penumbria 38

Pregunto por una niña en un puesto de tacos. De este vuelo. Pelo café. Once años. Se parece a todas las niñas. Resignado pido una orden y le echo salsa a mi noche: Mire, me pagan por hallar amantes autónomos. Manejan sus carros, pagan sus comidas, contestan sus llamadas y dejan un olor tosco. Fáciles de encontrar. Por eso mi caso actual me sacude las manos, me afloja la corbata y me hace andar rápido. Esta niña no es fácil.

Voy a la luz de la noche: un súper. Me echo un cigarro en la banqueta, igual y noto alguna cosa. Se perdió por aquí. Miro al cielo de reojo y su pupila titánica me ve. Llueve cada 7 horas y las calles se llenan de fluidos marrones y salados. Los morbosos y los borrachos son los únicos que le dan la cara a la creatura indescriptible que flota sobre la ciudad. La gente camina con paraguas, se cubre con mangas largas en el calor sofocante y cierra las ventanas con llave. Yo busco una niña y cada quien evade el horror con pequeños horrores, ¿no?

Truenos escarlata rompen el cielo y todos corren. Sé que son escarlatas por las fotos: entre pedazos de torso, brazos desmembrados y órganos agitados, se nota la franja brillante partiendo las alturas, como sangre congelada a contraluz. A los que no corren los llaman “sangrados”. ¿Mi niña estará ahogada en cadáveres? Una imagen parpadea en mi cabeza. Fumo más y tiro la colilla antes de meterme al súper, apretado con los refugiados. El techo blanco es un respiro para todos.

La ciudad se detiene cada vez que llueve. No recuerdo cuándo fue la última vez que camine bajo la lluvia. Estaba lloviendo el día que la niña se perdió. La mamá recordaba un broche verde en su pelo, la esperanza de verla de nuevo porque estaba hecho a mano. Inconfundible. Único. Le di un vaso de agua y unas palmadas en la espalda mientras lloraba. Ya murió, pero aún la recuerdo de a veces, cuando el ojo en lo alto me observa y me pongo a buscar a su hija.

Camino por el parque más grande de la ciudad. Aquí encontraron su mochila. El pasto y los árboles están podridos y con miembros humanos en las ramas. Te observa un ojo colgado entre flores, la mandíbula de alguien se cae y los pájaros picotean un páncreas. El salpicar de mis pasos asusta a dos perros más adelante que lamían la sangre del suelo. Nadie bebe la sangre podrida de la lluvia: te hace cosas. Los perros se ponen violentos y uno mata al otro. Bufa mientras el otro animal le cruje el pescuezo a mordidas. Primero parece un mal efecto de película: como si uno sostuviera al otro con sus dientes en lo alto, alzando un bate de béisbol. Pero cada vez flota más y más. Lo suelta para que el cadáver termine de elevarse. Me topo con la cosa del cielo, que nos mira a todos. Devuelvo la vista al suelo, seigo caminando entre los charcos de sangre vieja.

Oímos de los horrores en el cielo en otros continentes. Cuando llegó aquí temíamos los famosos fenómenos violentos, pero el titán no tuvo efecto más que sobre los muertos. Flotaban cadáveres desde sus tumbas hasta el cielo, formando nubes. Días después, comenzaban a llover. Y eso es todo. Sin grandes temblores, sonámbulos asesinos, ni vapores desconocidos. Sólo nuestros difuntos cayendo sobre nosotros.

Truena fuerte. Salgo del parque.

Pregunto por una niña en un puesto de tacos. De este vuelo. Pelo café. Once años. Se parece a todas las niñas. Resignado pido una orden y le echo salsa a mi noche: Mire, me pagan por hallar aman—En el piso, un broche verde de pelo. Saco la foto. El mismo de la niña. Lo tomo, está cubierto de sangre pero corro al súper de la esquina para lavarlo en el baño. Por un momento lo veo limpio, pero se quiebra. Ya está muy viejo.

¿Cuánto tiempo ha pasado?

En el súper, busco latas y cajas. Caducidad: 2017. Aún así, se ven muy viejas. Me encierro en el baño ahora con una lata. La abro. El hedor podrido me golpea. Mi piel de pronto está delgada, pegada a mis huesos. ¿Cuánto tiempo ha pasado? No recuerdo nada fuera del súper. Los tacos. El parque. Su gran ojo rojo.

Salgo a la lluvia y nadie me detiene. ¿Ya había hecho esto? Aprieto el broche y busco un camino improvisado. Recuerdo el cementerio, estaba cerca de aquí. Nadie va, pero yo voy. Necesito escapar de su mirada. Una pierna me golpea desde el cielo. Dos cabezas, un codo y los dedos de un pie. Duele, estoy empapado en sangre café, pero me levanto. El cielo ruge incómodo, molesto, retador. Pienso en la niña, regresar a buscarla. Presiento que ya está muerta desde hace mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

En el cementerio hay mensajes sobre las tumbas. Nombres tachados y pozos profundos. Avanzo tambaleante y tropiezo con un par de pulmones. Miro mi rostro en un charco: soy viejo, más de 90 años. Me apoyo en los pulmones y sigo. Una montaña de pedazos de cuerpo, la subo. Luz escarlata me ciega, podría jurar que la cosa encogió su pupila sólo para verme a mí. Desde arriba veo la ciudad. El recuerdo de la niña trepa por mi cuerpo, me abraza y sabe dulce en la lengua. Vomito. Es sangre de la lluvia que estuve tragando.

No había notado lo cansado que me siento. Grito. Le pregunto al horror en el cielo por cuánto tiempo repetí lo mismo. Un relámpago ilumina y veo claramente mis manos arrugadas. Mi vida perdida. Hay una risa de niña en mi mente.

No es mi mente.

La cosa en el cielo ríe, muestra sus dientes verdes por primera vez, tiene la voz de una beba carcajeando suave.

Lo último que siento es mi cuerpo ligero, como flotando.

Ascendiendo.

 

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