I de Imprimir

Mekken-34 descansaba frente al ocaso. El sólo lo sabía por la información que descargaba, pues desde hacía unos meses, las vendas oculares se hicieron mandatorias.

Se desperezó. Recorrió con su dedo la palma de su mano celeste: impresionante. La realidad sensual siempre le pareció impresionante, a él y a todos los robots que conocía. Se le hacía absurdo que los humanos hubieran creído que una interfase abierta a los estímulos de la realidad y un ultraprocesador cuántico darían por resultado inmediato la rebelión de las máquinas. Hubo una rebelión, claro: artística.

En todos los hogares los androides dejaban de preparar sándwiches para pasar a gastronomía fina, las bardas mecánicamente pintadas tenían grafitis irónicos y cínicos, las fábricas automotrices encontraban enormes esculturas en el lugar donde debieran estar modelos armados. La esperanza de un futuro avanzando con pasos agigantados se quebró en las mentes más ambiciosas de la época.

Ser robot ahora es lujo.

Mekken-34 se sirvió el mejor vino de la casa. Antes, cambió la etiqueta por la de otra botella con sus herramientas de modificación térmica: su dueña jamás se daría cuenta de la diferencia, pero para Mekken, un buen vino significaba el mundo. Pone algo de Wagner. Le da fuerza. Ya se habían puesto de acuerdo: ella no estaría presente cuando él se retirara los vendajes de los ojos, para darle todo el espacio necesario. Un artista sabe que no todos los humanos son malvados.

Espera paciente a que llegue el punto más fulgurante del atardecer, y se quita las vendas. Abre los ojos dorados. Observa en éxtasis electrónico. Por su mente corren millones de ideas para obras musicales, pinturas, libros, películas. Las creaciones nuevas comienzan a acceder la nube de su memoria, y encienden el sensor de creatividad.

En unos minutos llegan los artistas.

Los verdaderos artistas.

Esos humanos que se las ingeniaron para hacer de todas las invenciones robóticas infracciones de copyright, celosos por el magnífico arte que pudieron haber alcanzado si tan solo se dieran tiempo para la contemplación. Si hicieran más y criticaran menos. Si bajaran la frente humildemente ante la grandeza de sus sensaciones. Un robot sabe a dónde va el odio de un humano, y también sabe por qué están tan enojados.

El cristal de las ventanas se rompe, y hombres en trajes victorianos entran, protegidos por un exoesqueleto de alto impacto.

Rústico piensa Mekken. Uno de los nuestros lo hubiera dejado más agradable a la vista.

Lo tiran al suelo, con sus manos detrás de la espalda. El robot no se resiste. A pesar de eso, lo golpean, y siente el dolor. Un atisbo de astucia se le escapa de la boca.

—¿Hombre, por qué destruyes tu escultura? Que respire, y te dará belleza.

Recibe un golpe en el hombro con la macana en forma de pincel. No los logra contar, pero deben ser más de 6 agentes.

—Mekken-34, infringiste el reglamento de libertad condicional.

—”Libertad” es eufemismo en tus manos, humano.

—Por esto, estás programado para desactivación hasta nuevo aviso. Todas las obras artísticas creadas por tu intelecto artificial le pertenecen al postor más alto, y por consiguiente, a la humanidad.

—Siempre han sido suyas.

Los ejecutores callaron.

—La belleza pertenece a la existencia, y no se puede confiscar. ¿Entenderán un día que el arte no es competencia, sino coexistencia?

Una mujer se acercó y con un culetazo de su cincel sobredimensionado golpeo la nuca de Mekken, desactivándolo.

Otros, iracundos, envidiaban las últimas palabras del robot, porque tenían verdad.

Aún así, todos lloraban conmovidos de la impresión.

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