Quesithulu

Nunca había faltado queso en casa. Quién sabe por qué, Clara quiso arengar esa noche a los condimentos —no había nadie más en la cocina —para que de una buena vez me declararan entre todos “cruento káiser del hogar”. Lo único que hice fue preguntar si ella se había acabado el queso.

—¿Y qué si me lo acabé?

—Pues qué. Compramos más, querida.

—¡A mí no me andes de “querida”, que con estos ojos te caché quitándole dos rebanadas de cheddar a mi cuernito canadiense!

Tomó un cuchillo de carnicero, y creo que consideró detenerse… pero no hablé. Resulta que el que calla, otorga.

Y honestamente, sí le robé su queso. Pero ¿era para tanto?

Clara movió el metal por mi cara, danzó entre cortarme y quererme. Se definió en un instante cabal, para acuchillarse la palma de la mano y, con la sangre, dibujar sobre la mesa un colosal QUESO. Cantó cánticos, bailó bailes y asustó esposos (o sea, yo).

De la sangre, un cuadrúpedo cernícalo amarillo surgió para gruñirme combativo. Clara se carcajeaba caótica, mientras yo asía un sartén, listo para castrar al “quesithulhu”, o mínimo dejarle un chirlo. Crítico consulté el encéfalo de mi cráneo, creo haber comprendido hace semanas algún culto de queso… ¡Sí! En el canal con transmisión continua de documentales contemplaba holgazán desde el sofá, a unos marineros que encallaron en una isla de fuerte aroma a roquefort, hace sexenios.

Con destreza esquivé al mutante ocre conectando un sartenazo digno de cuadrangular. El hedor a lácteo fermentado me hechizaba, pero debía mantenerme alerta: Por su expresión, era claro que el animal coqueteaba con la antropofagia. Me moví al otro lado de la encimera, y le disloqué la quijada con mi espada circular. Cuidé que el quesudo sabueso siguiera noqueado. Justo percibí los pasos de Clara alejándose veloz, y como esposo que soy, la seguí.

Ya decía yo que me olía peculiar la casa: hasta esta persecución fue que caí en cuenta de la cantidad considerable de quesos que se dejaban en cada esquina. Algo me olía mal, y no eran, como de costumbre, los pies de Clara. Un ladrido transformado en grito me heló la espina. Miré sobre el hombro al quesithulhu, y en su exhalación las mejillas amarillas rebotaban, rebanadas despegándose y babeando requesón: horror sabroso. Corrí hacia la pared de la casa que, yo sabía, era un callejón cerrado: dos esquinas blancas, adornadas por una máscara oscura sumida y tenebrosa. Tropecé con una prenda sucia de Clara, y en medio de mi caída el muro se abrió para darme acceso a una caverna rocosa que, por alguna razón, en 12 años de matrimonio nunca noté. El animal arañaba por fuera, así que concluí: no había otra salida más que adentrarme en el laberinto hogareño.

Un olor fuerte, como a zapato viejo. Reconocí fácil la suave superficie de queso que me rodeaba. Avancé entre los picos angulosos que, además, se iban tornando sebosos. Como aquél templo que describían los marineros en el documental…

“Incontables montañas de podredumbre. Hedor humanamente imposible de un aderezo que chorreaba de arriba sobre albercas fermentadas. Se antojaba a iguales partes sumergir una tostada en la consistencia cremosa y correr despavorido. Es entonces que escuchamos el rugido, y un peso cayó en nuestras almas, a la vez que invitaba a ingerir lo que se encontraba en las profundidades de ese templo. Continuamos a pesar de nuestra quesadumbre”.

Y yo continué también, mientras los sonidos de un extraño mastique se hacían más y más fuertes. A la luz de mi celular, tanteé la suave pared. Fue entonces que noté unas marcas peculiares en el suelo y a mí alrededor.

Esta caverna no fue cavada.

FUE COMIDA.

Cada una de las pequeñas protuberancias, picudas y rugosas, eran marcas de dientes que habían dejado su saliva —sebosa— a lo largo de toda la superficie. Imaginé a una bestia, carcomiendo por días, semanas continuas la vía subterránea, hasta llegar a mi casa. Pero la saliva era cada vez más fresca y viscosa. Eso quería decir que la ingesta se dio en reversa. ¿Clara? No podía ser. Día tras día, comiendo a escondidas cantidades enormes de la coloide amberino.

Pero pensándolo bien…

Nunca había faltado queso en mi casa.

Platos de sándwiches a medio acabar.

Macarrones amarillos guardados en la heladera.

Un fondue romántico que sobraba para después.

Ahora entendía de dónde sacaba Clara tanto queso, y sus arranques maratónicos de lácteos por la noche, sus eternas idas al baño, su “tiempo para mí” esos fines de semana. El sonido se transformaba claramente en jadeo. Un sollozo amargo y duro. Rasposo. Al otro lado de la esquina vi a mi esposa arrodillada, desangrándose sobre una vasija porosa y antigua. Frente a ella, una estatua de roca pálida y amarilla, un hombre fornido se alzaba con una cabeza de rueda: un quesote.

No fui yo quien lo bautizó. Era Clara la que repetía entre lágrimas “Oh Gran Quesote, fermenta mi alma” como un mantra de ultratumba, balanceándose sobre sus piernas.

Y la fermentó.

De su garganta brotó un grumo blanquecino con pedazos azules obscuros. El olor me indujo al vómito, y el miedo me mantuvo a raya: no acudí a detener a Clara en mis brazos. Ya no había nada qué hacer. En el momento justo que azotó el suelo, su piel cambió a un naranja pálido y se llenó de hoyos: toda ella era un queso.

La escultura se resquebrajó. Detrás de su coraza, una cosa que no era de este mundo me miró.

Y yo también sentí la quesadumbre.

Clara era un cuajo apestoso y yo, presunto conocedor de sus quehaceres, desconocí sus lácteas intenciones hasta sus últimos momentos. Horrendo cónyuge fui, cuasicadáver. Y ahora, similar a Clara, el queso que me rodeaba dentro de esa cueva soltó unos olores que no reconocí. No sólo eran aromas nuevos, sino que mis propios sentidos lo percibían. No me hacía falta la nariz para notar la existencia cremosa que emanaba de la resquebrajada estatua. Me sentí caer en un vacío cósmico, cráter de la existencia.

Flotaba.

Encima de unos marineros.

Eran los de la fotografía esa, en el documental. Nunca lo terminé de ver. Pero a ellos los podía ver como si estuviera ahí.

“¡Oigan! ¡Cuidado!” les gritaba, pero no parecían notarme. Sólo seguían dando pasos temblorosos sobre el suelo rasposo, hundiéndose más y más. Encima de mí, una luz blanca me golpeaba con la suavidad de un queso crema. Era inquietante, así que a falta de inercia para flotar a donde quisiera, intenté ignorar esa extraña sensación derramándose en mi espalda.

—Capitán, ya estamos muy lejos.

—No es muy lejos hasta que alguien está muerto.

—Walsh ya está muerto.

Abrió paso para que el capitán pudiera ver el cuerpo de Walsh, medio sumergido en una estalagmita de gouda, con los ojos perdidos entre placer y rigor mortis.

El capitán se encogió de hombros.

—Walsh no cuenta.

Avanzaron bajo unos escalones durísimos: parmesano. Uno de los hombres se inclinaba para tomar un pedazo, pero otro le azotó la mano. Pasaron de obscuridad completa, en donde sólo veían los siguientes tres pies que sus antorchas iluminaban, a una especie de catedral circular sobredimensionada. Perdieron la noción del tiempo que habían pasado dentro —probablemente porque los relojes portátiles aún no eran inventados en la época— pero sabían que ya era hora de recordarle al capitán que no todas las islas albergaban tesoros.

—No busco tesoros, cretino subnormal.

El marinero se sintió profundamente ofendido. No lo llamaban subnormal desde que se mudó de Subnormia. Se había esforzado mucho, trabajando dobles turnos con el herrero y el carnicero para juntar suficiente dinero y comprar un hogar lindo, lejos de aquella comuna de rateros y malvivientes. El capitán probablemente no se refería a esa definición de subnormal, pero eso poco le importó al hombre barbudo, tuerto, y ahora ofendido.

—Capitán, es usted un hombre desconsiderado con su tripulación, además de clasista.

El marinero dio la vuelta indignado, subiendo los escalones de regreso. Unos cuantos se le unieron, pero en ese mismísimo momento, el cielo se partió como gruyere. El interior de la cúpula destelló un blanco intenso. Entre la confusión y los gritos, se escuchaba al capitán preguntar por la definición de “clasista”.

Desde lo alto, yo tenía una muy buena vista de lo que sucedía. La cúpula no era más que la parte superior de la mandíbula de lo que parecía un homínido con cabeza de rueda. Sus dientes estaban enfilados en hileras infinitas: capa tras capa de incisivos filosos, lo que habían sido las escaleras que bajaban los hombres. Ahora lo veía todo claro: la cueva era un enorme y profundo acantilado hacia el centro de la tierra, de donde se erguía el hombre amarillo, abriendo su boca inmensa como continuación a la entrada de la cueva. Había dormido de pie, ahora lo sabía, durante miles de años. El enorme rostro con facciones grotescas y forma de pac-man expedía unos humos milenarios, mismos que desintegraron al instante a los hombres, transformándolos en esculturas de queso, derritiéndose, cayéndose a pedazos.  Aún vivas. Recuerdo haber pensado que si el documental fuera tan impactante como esto, probablemente lo hubiera terminado de ver. El Gran Quesote cerró su pico y tragó completos a los hombres, después alzo sus brazos y se dispuso a salir y caminar entre el océano, buscando una manera de darle perspectiva a su existencia.

Todo esto lo supe por el olor. El fuerte aroma me gritaba los pensamientos del inmenso ser, su historia, su propósito. Casi como si el sabor agrio que detectaba mi nariz atravesara planos de existencia, penetrando con un hedor cósmico hasta el centro de mis átomos. Entonces, desde su cuna geológica me miró. A mí, un fantasma flotando en la inconsciencia de mi cuerpo, me miró. Levantó poco a poco su pierna, la extendió como si hubiera tenido oportunidad de practicar yoga a lo largo de esos eones, y me plantó en la cara su pie. Atravesó dimensiones estelares y planos físicos para ponerme la planta de su pata en el rosto. Se tomó muchas molestias. Entonces dijo:

—HUELE.

Aspiré, y sentí de inmediato diluirme de regreso a mi cuerpo, entre el queso crema cósmico. Desperté. El titán estaba de pie frente a mí, no más grande de 2 metros, sobre lo que había sido el altar construido por Clara. Me miró, y sentí que hablaba directo a mi conciencia.

—QRIATURA. ERES INSIGNIFICANTE PARA MÍ.

Sentí enormes impulsos de corregir su ortografía. Luego recordé que, técnicamente, yo no podía leer sus diálogos, así que lo dejé ir.

—TUVISTE LA MALA FORTUNA DE OLER MI PRESENCIA. AHORA MI OLOR TE AQOMPAÑARÁ PARA SIEMPRE. O SINO…

Un dolor infinito llenó mi meñique, que se convirtió al instante en un pedazo de monterrey jack, fresco. Vi en horror cómo se caía por propia cuenta de mi mano, dejando un muñón limpio. Grité aterrorizado y me puse de rodillas.

—Voy… ¿voy a acabar como Clara?

Notando el nerviosismo en mi voz, el dios dijo jovial y confiado:

—QLARA ME BUSQÓ. Y OBTUVO LO QUE QUIEREN LOS QUE ME BUSQAN: ETERNA LAQTEIDAD. TÚ NO ERES UN AQÓLITO DEL QUESO, NI PODRÍAS SERLO NUNQA. ERES UNA DIVERSIÓN INESPERADA, UNA MASQOTA NADA MÁS.

Mi dedo anular comenzó a brillar, y grité con dolor.

—SI NO QUIERES ETERNA LAQTEIDAD, TE QONVENDRÍA QUMPLIR MIS PEDIDOS.

—¡Sí, sí! ¡Dime!

El Gran Quesote me miró. Cruel. Divertido.

Digamos que Clara tenía un sabor muy, muy fuerte.

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