P de Pelear

Sangre disparada al sol. Sudor manchando la arena. Puños morenos alzándose en la Isla de Pascua, rabiosos, hambrientos. Sobre terrazas flotantes hombres de poder observan la riña.

—¿Cómo vamos?

El pequeño androide dorado hizo el cómputo veloz, echó un vistazo a las acciones del canal televisivo y de paso, revisó el clima del día siguiente.

—Muy bien. Somos #1 en 72 países, y mañana se agregarían otros 5 más por las lluvias en África del Norte. La gente prefiere quedarse en casa, ver la tele.

El hombre moreno en traje esmeralda asintió, mientras acariciaba la comisura de su boca con el meñique. Un estruendo como de metal debajo, y los millonarios de los otros balcones detuvieron sus tragos y coqueteos para ver el instante:

Uno de los peleadores golpeó tan fuerte que la carne de su brazo explotó, como un fardo de paja que se aplasta. Las tiras de músculo latiguearon de su codo al hombro, dejando ver el reluciente chasis. El otro quedó con una hendidura en el pecho, de la que manaba sangre y aceite verde. Volvió de pie con expresión de dolor y enojo, pero auténtico respeto. Ninguno de los dos quería más, y miraron a los balcones, fatigados.

— ¿Buen horror? —gritó el hombre del brazo metálico. La gente pobre alrededor de la arena enloqueció, gritaban amenazas y felicitaciones, escupían, lloraban de tristeza y bebían. Arriba en las terrazas, todos miraban al calvo esmeralda. Esperaban.

—¿BUEN HORROR? —dijo de nuevo, esta vez arrojando arena sobre su cabeza. El otro peleador golpeaba su pecho como un simio, retando al hombre en lo alto. Todos esperaban el veredicto.

—Yo digo… —el moreno se pausó, miró a su androide, luego a los ojos de la alcurnia en los balcones que se sostenían como burbujas en el aire. Él también se sintió flotar, pero no podía abandonarse al éxtasis ahora.

—Yo digo, muy buen horror —acto seguido, levantó su pulgar. La chusma enloqueció, y los ricos se carcajearon mientras otros juntaban sus copas y manchaban sus ropas.

—Queremos probar el tuyo —se escuchó el grito debajo. El calvo esmeralda arqueó la ceja.

—Tu horror. Queremos ver a qué sabe —el otro hombre metálico asintió, de acuerdo con su recién apaciguado rival.

El hombre carcajeó mientras se quitaba su traje verde. Recorría sus mangas ante los aplausos de sus adinerados vecinos y el griterío de la chusma debajo. Bebió lo que quedaba de su whisky, saltó por encima del barandal y cayó desde 7 metros de altura.

Se plantó de pié frente a los dos peleadores, como una estatua llovida, un hierro ensartado.

—Sabemos además quién eres.

El calvo dio tres golpes veloces en la cara al de brazo metálico, cubrió un gancho del otro para enterrarle la rodilla en el pecho, gritó de dolor. Mientras el otro regresaba al combate, por la mente del adinerado pasaron las escenas de su vida, la fábrica y la programación en sus circuitos, sus primeras peleas públicas televisadas, el declive social y la contaminación, un izquierdazo en su costado que regresó con una patada a la espinilla, las primeras peleas callejeras, el reto a las máquinas, arena en sus ojos y esquivar la tacleada del de pecho sumido, él exterminando todos los robots de combate con sus puños, los humanos temerosos, él exterminando la vida sobre la tierra a puño limpio, la soledad, su motivo de ser volviéndolo loco, un cabezazo del brazo metálico y remate en su mandíbula, desplomarse al suelo.

La desesperación.

La fábrica.

La unión de los cadáveres con máquinas para pelear.

El rencor de los cyborgs.

Se puso de pié, miró a los dos peleadores que lo esperaban ansiosos, adoloridos. Muertos desde hacía décadas. El público: muerto. Los adinerados: muertos. Él y su sirviente dorado seguían siendo los únicos robots puros.

—Yo también sé quién soy.

La chusma enfurecida se cerró sobre él, lanzando golpes y patadas.

Él sabía que jamás lo podrían derrotar, pero aún así peleó. Él sabía lo que era.

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