J de Jactar

Por Quidec Pacheco

Llegó embarrando el muñón en la superficie limpia, el metal ancestral que ningún organismo vivo tocó jamás. Lloraba, en parte por las pinzas gruesas que lo cargaban de los brazos, pero también por costumbre: la granja de lágrimas funcionaba de maravilla.

Tu nombre, pulmón.

– Eleazar.

¿Tiene historia tu nombre?

– No tiene, Engrane.

Resopló oxígeno puro de su rostro fino y maquinario. Era una burla recurrente entre robots que despreciaban a los humanos: desperdiciar oxígeno en sus caras. Dejar claro quién manejaba el suministro y el dedo de la vida.

Te falta una pierna. ¿Cómo es que te falta una pierna?

Eleazar limpió su cara aceitosa con las mangas, también sucias.

– Me la comí.

Como una bestia. Oigan todos, como una bestia.

El titán de hierro volvió a resoplar su risa fresca. El eco del crujir ferroso le ponía los pelos de punta a Eleazar. ¿Por qué, después de todas estas generaciones, el Engrane habría de dirigirle una palabra a los humanos?

Te tengo una pregunta, bestia/pulmón. Te la haré.

– Hazla

Desde que los pulmones fueron sometidos y esclavizados, he buscado la finalidad de mi propia empresa. Extraje y analicé las moléculas de cada fluido que tenían, para localizar el sentido de la existencia. Decían tenerlo dentro de ustedes, pero jamás fue hallado. Te relato todo esto como preámbulo para demostrar mi punto, acompañado de mi pregunta.

– Entiendo.

Una de las pinzas golpeó el rostro de Eleazar y le tiró un diente. Otra lo recogió del suelo, limpiando después con un pañuelo.

Es crucial que hables lo necesario solo. Necesito tu entendimiento, pero no que lo afirmes.

Eleazar sangraba, callado.

Como todos los pulmones, sabes cuál es la finalidad de las granjas de lágrimas.

Eleazar temblaba, callado.

– Dila.

Eleazar miró sobre su hombro con cautela. Habló.

– La lágrima es lo más cercano a una simbiosis emoción/materia.

Y por lo tanto, el portal hacia el sentido de la existencia. Pulmón/bestia, has sido llamado porque tú lloraste la última lágrima. No habrá más.

El cuerpo robusto y liso de Engrane contrastaba con la apariencia descuidada y mugrosa de Eleazar. La máquina dio dos pasos al frente, que retumbaron en la bóveda.

Descubrí por qué fui hecho, finalmente. Para jactarme de ustedes, pulmones.

Las pinzas ayudaron al hombre tambaleante para estar de pie.

Un pulmón resintió a los suyos tanto que quiso hacerlos pagar. Dijeron que erraba por apostar el futuro a las máquinas y su autonomía. Me creó con el propósito de lograr el máximo sufrimiento y después burlarme por haber triunfado. Esta información yo la tenía, pero no la entendía. Ahora sé lo que es finalidad.

Se acercó dos pasos más. Eleazar arqueó su cabeza hacia atrás.

Ha llegado la hora. Recíbeme, vaso de propósito.

Engrane tomó aire, las líneas de unión en sus partes dejaban ver una acumulación de energía cinética. Brillo en su dentadura cromada. Monstruosidad iluminada, abría sus mandíbulas robóticas tanto como le era posible, y pronunció en un sonido eléctrico:

–  JA.

Un milisegundo después de jactarse, toda la ciudad se apagó. Las granjas de lágrimas se liberaron, y tomó unos minutos a los humanos palpar su libertad, pero el olor a oxígeno ilimitado lo hacía cada vez más obvio.

Eleazar fue hallado unas horas después. No lloraba, pero tampoco reía. Lo cargaban entre vítores, le arrojaban oxígeno y alimentos crecidos en tierra. Le pedían que contara la historia, que declarara con fiesta el fin del dominio maquinario.

Eleazar no se sentía bien. Le parecía de muy mal gusto jactarse.

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