Sueño N: Restaurar

Por Nazareth Moyeda

Los sonidos que uno escucha cuando camina por en medio de un bosque pueden identificarse casi a cualquier edad: los pájaros, las ramas de los árboles bailando con el viento, las hojas bajo la suela de los zapatos mientras uno se abre paso entre la naturaleza. Lo que puede encontrarse en el camino nunca es novedad, y nada en especial le llamaba la atención a Julia en su recorrido de esa tarde. No que fuera una pena, Julia estaba en medio del bosque en ese momento sólo en busca de la tranquilidad y del silencio que buscan la mayoría de las mujeres que ya no tienen la energía para jugar con 15 nietos en casa, o tal vez eran solo 3, no hay mucha diferencia cuando ya no se tienen energías ni para cocinar.

En medio de los ya usuales sonidos del bosque, Julia percibió un tenue tintineo, y al peinar la escena con la mirada se topó con una cadena de la que colgaba una pequeña y ligeramente oxidada llave, meciéndose en la rama de un árbol. Se acercó y después de forzar la vista para visualizarla mejor, pudo leer que aquella oxidada y aparentemente vieja llave tenía grabada la palabra “RESTAURAR”.

Definitivamente no le pertenecía a ella, y le parecía incorrecto tomarla, un objeto como ese siempre tiene un dueño. Pero, ¿de quién sería? Sabiendo que la existencia de esa llave no tenía nada que ver con ella, decidió ignorar todo el asunto y seguir con su caminata de relajación.

No muchos pasos más adelante las rodillas de Julia comenzaron a quejarse. No era novedad, ya no tenía 20 años, los años en los que podía salir a ese mismo bosque a caminar hasta que caía el sol se habían quedado muy pero muy atrás, casi al igual que su casa. Recordó que debía volver, su cuerpo le reclamaría enormemente el haberse exigido caminar tanto y el viento comenzaba a sentirse cada vez mas frío.

Había un camino que, aunque era ligeramente más largo, la llevaba igualmente hasta su hogar, pero con la dicha de poder ver la vieja cabaña donde sus propios abuelos solían vivir. Los recordaba viejos, muy viejos, cansados y quejumbrosos, pero sobre todo los recordaba amorosos. Sus años de niña en esa cabaña habían sido los más alegres de su vida, y valía la pena pasar a echar un vistazo a pesar de cada pinchazo en sus rodillas.

A los pocos minutos estaba ahí, la cabaña de los abuelos. Siguió caminando en su dirección y, subiendo los tres chirriantes escalones de madera de la entrada, se acercó a la puerta y la abrió con un empujoncito. Una vez dentro se paseó entre los cuartos con muebles cubiertos con sabanas ya viejas y empolvadas. Ella sólo veía vida por doquier, sus recuerdos eran tan vivos que casi podía verse a sí misma jugando entre los sillones, corriendo por las escaleras, escondiéndose bajo la mesa de la cocina. Cómo añoraba esa energía, esa vitalidad, las cosas que ella daba por sentado cuando era niña (como agacharse, correr los escalones de dos en dos, algo tan simple como caminar sin sentir cada parte del cuerpo doler) ya habían desaparecido.

Pero recordó a sus abuelos, los vio jugando con ella y con sus dos hermanas y aunque hacían sus ruiditos al agacharse a tomar algo del piso, aunque hacían sus caras mientras se levantaban de la silla, se veían felices.

– ¿Julia?

Julia abrió sus ojos. Sus abuelos, la cabaña, todo había sido un sueño, un precioso sueño.

– Sí, Raúl ¿qué pasa?

– ¿Estás despierta?

– Viejo tonto jaja sí, ahora lo estoy.

– Mira quién vino a vernos.

Julia volteó su cara a la puerta y vio a sus tres pequeños nietos en fila, con sus almohadas en brazos.

– ¿Podemos dormir aquí?

Julia tenía a sus tres nietos y no estaba disfrutando el tiempo con ellos como sus abuelos lo hacían con ella, se dio cuenta de que aunque tuviera la llave para restaurar su cuerpo, sus energías, su juventud, ella no la quería. Sintió más fuerte que nunca en su renovado corazón la alegría inmensa de esa bendición. Tenía vitalidad de sobra en esos tres pequeños.

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