Japón, Siglo IV a.C.

Por Quidec Pacheco

La primera luz del día toca en un momento mágico los ojos de Una, y destellos eléctricos le originan, como sangre disparada de una herida, la autoconciencia.

Saber que eres es un evento subestimado. Ella ya sabe, y no puede negarse a la existencia. Algo dentro de ella le da un poder potente, un sentimiento embriagador de dominio, de poder nombrar las cosas y decidir por su cuenta.

La voluntad nació.

Claro, Una no sabe nada de esto, es una cavernícola que hace sólo unas horas, no era. Pero ya es, y se levanta en cuatro patas, con preguntas en su cráneo, con imágenes y balbuceos, porque las palabras aún no son.

Sale de la cueva, trotando en sus cuatro extremidades, sintiendo las ramas bajo sus pies, y por vez primera no conoce. Antes, conocía lo suficiente, ahora, hay duda e incertidumbre. Hay memoria y futuro. Elige un camino.

Esta es la única cosa que calma su agitación: Elegir. Ser dueña es una bofetada al universo infinito y vasto. Escucha un ruido y se esconde.

Olfateando, se acerca otro de su especie. Más grande. Hocico mojado de sangre, ella percibe que viene saliendo de una pelea, y salió victorioso. Tiene sed de más.

La localiza.

Se acerca de un salto.

Ella pronto toma una rama. La detiene entre él y ella, y se sumerge profundo en el estómago del guerrero peludo. Vocifera, se arrastra, salta enloquecido: es un animal. Ella corre hacia un olor, un crepitar: humo en el horizonte de la jungla. Abandona al simio.

A mitad del camino, una canasta. Carne, como no la había visto jamás: café, caliente. Avanza a la trampa que se activa debajo de sus pies, elevándola en el aire. Se agita suspendida, grita, desea liberarse pero cede a los minutos. Se da cuenta de que su pie se lastima más cada vez. Ha aprendido a sopesar.

Un tiempo después llegan hombres en dos pies, ojos rasgados como los suyos. Menos pelo, más palos. La bajan de la trampa y la amarran de pies y manos para subirla a un tronco que cargan dos hombres. Los escucha hacer sonidos, pero no entiende.

Al llegar a un claro en el bosque, observó un hoyo que baja hasta el río, y en sus paredes están cavadas chozas—sus cuevas de descanso—pero la arrastran hasta la fogata.

Bajan el tronco, pero aún la tienen amarrada. Avivan el fuego, la acercan. un poco más. Una sabe que se acerca a algo, puede juntar y conectar dentro de su cabeza. Sabe que el ser puede dejar de ser. No quiere dejar de ser.

Grita, patalea, se mueve. Los hombres se extrañan de su reacción, sacan una piedra muy afilada, y Una grita. Se detienen. Hablan entre ellos. Hablan hacia ella. Deciden. Sopesan. Conectan.

Un hombre se abaja a su altura. Desde el suelo le enseña la piedra afilada. Pronuncia algo que Una no entiende.

El hombre indica la piedra.

El hombre indica el cordón que ata sus manos.

Una decide no agitarse. Presenta sus ataduras al hombre.

Cortan sus ataduras con la piedra, la ayudan a ponerse en dos pies. Es difícil, pero lo intenta. La llevan a una choza, con otras mujeres que tejen. Ella no sabe qué hacen, pero las manos cálidas que la reciben la calman, y torpemente las imita como puede.

La última luz del día recae sobre sus ojos, cicatrizando la herida del ser, con el encuentro del otro.

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