Sueño M: (Clara)boya

Por Quidec Pacheco

Estoy seguro de que estoy soñando. Segurísimo.

Trepado en una boya, floto con terror en un mar de negrura infinita. Bajo la superficie hay ojos que se abren y cierran, a veces me ven y otras me ignoran. Hay ojos de lagartija, de cabra y de persona, más otros que jamás había visto en mi vida. Los tamaños varían, los hay como barriles, otros son estadios de fútbol. Mejor paso al cielo.

El cielo es… pues, está hecho un fuego. Escucho los párpados, que se cierran y abren a milímetros de la superficie y chapotean con sus pestañas. Siempre hacen ese sonido cuando miro hacia arriba; Dios, quiero despertar de una vez. Me describo las cosas para no volverme loco. Llamaradas naranjas encima, como si estuviera boca abajo en una fogata. ¿Cómo es posible que los ojos no se encandilen? El agua no sólo es obscura, está completamente abstraída de luz y color. Es un vacío observante.

Suspiro, pero no puedo cerrar los ojos. Así es como sé que es un sueño, porque no puedo parpadear. Qué angustia, estar atrapado aquí quién-sabe-cuántas horas, hasta que a mi cuerpo se le ocurra salir del letargo.

Siento que he pasado años viendo estos ojos.

Aflojo el agarre de la boya, y se tambalea un poco. Vértigo. Me sujeto más fuerte todavía, pero no estoy cansado. En este sueño sólo puedo estar expectante y temeroso. Un silbido de metal me hace temblar, todos los ojos miran al horizonte. Allá donde las llamas besan el negro, un barco blanco de vapor se acerca.

Agito mi brazo, luego el otro, salto tanto como puedo y me vuelvo a sujetar de la boya tambaleante. Un pie se me mete en el negro, y los ojos se amontonan alrededor de mi tobillo. Logro sacarlo a tiempo, pero sin zapato: las pestañas se lo van comiendo con violentos parpadeos. Miro al frente, y el barco ya está a mi lado.

Tiran una cuerda por la borda.

Ni por que es mi sueño la tengo más fácil.

Me aviento sin pensar, y me pesco de la cuerda celeste. Pronto le doy un giro con mi muñeca y otro con el pie. Debajo los ojos se mueven. Miradas amenazantes. Encima, la cuerda me jala a manos de una luz brillante, una ventana al cielo, entre mi océano desesperado. Por más que busco facciones, es sólo luz. Un ser luminoso.

No, espera. Ya veo.

La nariz filosa. Cabello negro.

Ojos marrón. Llorosos.

—¡¿Adrián, estás consciente?!

No digo nada. Mi familia alrededor de la cama, se ve más vieja.

—Amor, ¿me escuchas? Adrián. Adrián, soy yo. Adrián.

Un médico habla en el fondo con mis papás. Dice algo de fuera del coma y logro escuchar 3 años.

—Dime algo, Adrián—empieza a llorar.

Sonrío.

—Clara.

Cierro los ojos. Me besa.

Mi claraboya.

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