Finlandia, Siglo XXI d.C.

Por Pablo Mastretta

Ayer se fue. Sólo tomó sus cosas, y antes de que amaneciera, ella ya no estaba. Cuando me levanté lo único que pude encontrar fue:

“Lo siento, pero la verdad no puedo seguir así. Nos la pasamos tratando de sobrevivir como si cada mañana fuera un castigo. Todo es un tan repetitivo. El mundo es color gris y ya no aguanto. Necesito irme de aquí ya. Por favor, no te culpes”.

Ya van cincuenta veces que lo leo, pero no sé qué hacer. Ya no veo a nadie jamás, mis amigos no me hablan desde hace meses, mi familia no quiere verme. Ella era todo, ella era mi luz y así de pronto, de la nada, me doy cuenta de que era miserable y se va… Por favor, no te culpes. Estoy muy cansado como para ir al trabajo. Mejor me quedo hoy en cama, digo que estoy enfermo.

***

Llevo una semana sin ir al trabajo, pero estoy muy cansado. Probablemente ya me han despedido. No es tan importante, supongo. Ser asesor financiero en un banco no es precisamente un trabajo con el que sueñas de niño. Además ¿Qué hago si ella se fue hace siete días? Por favor, no te culpes. Hoy no tengo hambre, creo que me quedaré en cama.

***

Ya llevo tres días sin comer. Debería sentir hambre pero no siento nada. Bueno, en general no siento nada: mi propio aroma, el aire, mi cama. Nada. ¿Qué puede sentir alguien cuando sabe que ya no tiene nada nuevo qué vivir? Primero estuve, luego ella estuvo conmigo y ahora ella se fue. Estoy tan cansado de todo. No, no cansado… Estoy harto. Estoy harto de estar tratando de alargar la historia. Harto. ¡ESTOY HARTO!

***

—¡YA ACEPTA LA REALIDAD! ¡ERES UN FRACASO! ¡YA TUVISTE TU OPORTUNIDAD DE VIVIR Y TOMASTE LAS DECISIONES MAL! ¡LO SIENTO NO HAY MÁS OPORTUNIDADES! ¡NO TIENES A NADIE MÁS A QUIÉN CULPAR SINO A TI!—Me grité a mí mismo. Luego de eso fui y tomé el revólver y me lo puse en el paladar. Pude sentir el metal frío y pensé en qué se sentiría cuando disparara el gatillo. ¿Habría dolor? ¿Sentiría un impacto? ¿Vería mi propia sangre o sería todo como un simple golpe y luego nada? ¿Hay algo después? ¿Merezco algo después? Llevo veinte minutos con la pistola en la boca, pero no me decido a terminar las cosas. Como no tengo la capacidad de decidirme, voy y busco las llaves de mi camioneta y me subo con la pistola y nada más. No busqué siquiera un abrigo para el imponente frío. No planeo volver.

***

Manejar sin rumbo es una experiencia sorprendentemente relajante. Manejar sin camino de vuelta es otra sensación distinta. Aterradora, pero tranquila en su forma. Las calles dejan de tener sentido y los caminos dejan de tener importancia. Sin darte cuenta llevas cuatro horas al volante. Seguiré manejando hasta que ya no tenga combustible.

***

La gran ventaja de no conocer el camino de vuelta es que ya no puedo acobardarme de mí mismo. En donde estoy ahora sólo hay camino, nieve y hielo. El cielo está nublado, pero no es tan oscuro como para que no pueda manejar. Oscurecerá probablemente en un par de horas, pero la gasolina se acabará en alrededor de una hora más. Creo que es buen momento para salirme del camino, en este lugar no hay reja alrededor de las vías y puedo simplemente desviarme. Eso no me dejará regresar al acobardarme. Así que ahora giro el volante y me voy en un camino blanco de nieve.

***

Después de 45 minutos la gasolina se acabó y parece que éste será el lugar donde voy a terminar. Alrededor sólo se ven unos cuantos árboles cubiertos de nieve, sobre una superficie completamente blanca. Me decido a salir de mi camioneta y puedo sentir el aire helado tocar mi piel. Está tan frío todo que siento cómo se queman mis brazos al abrir la puerta. Bueno, será mejor que me apresure: morir de frío resultaría mucho peor que darme un tiro a la cabeza.

Camino varios pasos con pistola en mano sobre la nieve, paso a paso tomo distancia y sólo el sonido tenue del viento en las ramas de los árboles me acompaña. Ya deben de ser cerca de las cuatro y el sol estará por ocultarse.  A pesar de llevar ya varios pasos no, me decido a terminar. Traje dos balas por si acaso me acobardo al momento de disparar.

Tomo algo de valor y de nuevo pongo la pistola en mi paladar. Ésta vez se siente helada y lastima al contacto. Volteo a ver la que sería la última pintura que quedaría en mi mente y de pronto veo algo blanco y grande… es… ¿es un oso? No, los osos son más grandes. Es un reno. Pero es un reno como nunca lo había visto. Parece mucho más grande que los que están en el zoológico y en las películas, y es completamente blanco. El crepúsculo hace que su cabello destelle. Lo veo en la distancia, quieto y pasivo. No parece querer huir. Está sólo encima de un montículo de nieve, y… ¿me está volteando a ver? bueno, supongo que está viendo qué es lo que hago, no me sorprendería que tuviera precaución del “animal extraño” en medio de la nada… aún así, algo me inquieta. No me deja de ver. Necesito que se vaya, me incomoda.

—GAAAAAH—Intento asustarlo con un grito, pero el reno se queda quieto y continúa mirándome.—¡GAAAAAAAAAH!—No se va… no me quiero disparar con el reno viéndome. De hecho, no me quiero disparar del todo. Mierda.

Brillante idea la mía, una estrategia para que me muriera sin posibilidad de echarme para atrás. El único problema es que ya no me quiero morir. El frío me está llegando al cuerpo entero como un látigo que golpea en toda la piel. Mis manos están entumidas y estoy temblando sin control. ¿Dónde rayos dejé la camioneta? Debe de tener algo de batería y aunque no tenga gasolina me debe de mantener caliente por unas horas… mierda.

Mi monólogo de brillantes ideas se vio interrumpido por unos gritos de personas a unos 100 metros. ¡Excelente! ¡Civilización! Me dirijo corriendo hacia ellos levantando los brazos. Conforme me acerco me doy cuenta que no son como nadie que haya conocido en persona.

Los que eran puntos a la distancia, al acercarme se convirtieron en alrededor de veinte hombres y veinte mujeres. Los hombres traen lo que parece un camisón rojo brillante, unas botas cafés grandes y un pantalón de color oscuro, difícil de percibir. Las mujeres traen un vestido, del mismo color, acompañada de lo que parece una manta alrededor de los hombros. Los hombres traen un gorro cilíndrico. En los hombros de ambos se ven unas líneas verdes junto a unos arreglos ondulados color plata. Los hombres y las mujeres son muy pálidos, al punto que su piel se ve rojiza con este frío. Junto a ellos viene un grupo de lo que parecen ser cerca de cien renos guiados por algunos de los hombres más jóvenes.

Guardo mi pistola en mi pantalón y me acerco corriendo a ellos y me responden gritando, pero no entiendo el idioma. Les digo —¡HEY! ¡AYUDA!— Y ellos me responden en gritos que no entiendo. Uno de ellos, de pelo grisáceo y bigote espeso se acerca y me dice —¡Hey! ¿Hablas finés?— presuroso le respondo —¡SÍ, AYUDA, POR FAVOR!—. Le gritó en un lenguaje extraño a un chico rubio de como unos quince años, que llegó corriendo con ropa parecida a la de ellos y un abrigo, y lo puso en mis hombros.

Este abrigo es la sensación más deliciosa que jamás he sentido. Es como tomar un baño caliente después de un día pesado, pero multiplicado por diez mil. Nunca jamás me lo voy a quitar.

El hombre del bigote se volvió a dirigir hacia mí una vez que recuperé el calor y me dijo

—¿Qué hace un hombre como tú sin abrigo a estas horas y en este lugar? ¡El tiempo está helado!

Recuperando mi compostura, le respondo:

—Estoy… estoy perdido

—Bueno, si estás perdido, creo que podemos ayudarte. Quédate con nosotros, en unas dos semanas llegaremos a un pueblo a un evento y ahí podrás conseguir ayuda. ¿Te parece?— Me responde.

—Eso sería de muchísima ayuda, muchas gracias

—Bueno, perfecto entonces. Mi nombre es Hánsa, bienvenido al grupo de los Skad por unos días. Tu nombre es…

—Henrik. ¿Skad, eh? Usan atuendos coloridos y tienen renos… ¿Ustedes son Saami?

—¿Tanto te tardaste en descubrirlo? Seguro en tu casa te decían el perspicaz. ¿Qué esperabas encontrar en Sápmi?

Al parecer en mi viaje hacia la nada terminé más al norte de Finlandia de lo que puede haber pensado. Llegué hasta el punto donde viven los Saami. Los conocía sólo por lo que me enseñaron en la escuela y la cantidad inmensa de aburridos programas culturales que me encontraba de vez en cuando en la televisión, pero realmente nunca había conocido a un Saami. Menos a ésta tribu Skad, de la que nunca había escuchado. Eso explica el lenguaje extraño.

Muchos Saami conservan su lenguaje, pero hablan más de un idioma en caso de que necesiten comunicarse con los demás. Además, ya es raro que existan Saami que se dediquen a cuidar renos. A lo que entiendo, la mayoría ya lo han tenido que dejar para mejor comerciar artesanías o tener un trabajo completamente distinto en la civilización moderna. La tribu que me encontré no parece, sin embargo, tener que ver prácticamente nada con la civilización moderna. Toda su ropa parece hecha de piel de de animales (supongo que de renos).

***

—Entonces, Henrik ¿Tienes hambre? Estamos a unas horas de preparar la cena—Me dice Hánsa, con su amable sonrisa oculta tras su enorme y grisáceo bigote.

No me había dado cuenta, pero estoy muriendo de hambre. Acepto y  sigo los pasos de Hánsa. Caminando con las otras personas a unos doscientos metros están unas chozas hechas de pieles, soportadas por palos de madera y cuerdas. Las chozas parece que se hicieron hace un par de días.  Alrededor de ellas hay una fogata y unos diez niños jugando cerca.

Hánsa reúne a todos los demás de la tribu, y empieza a hablar con ellos mientras me señala. Supongo que me está presentando, pero la verdad no tengo ni idea. Bien pudiera estar diciendo que yo soy un alienígena con súperpoderes y yo no podría decirle que no. Me pongo a saludar y sonreír como un idiota esperando a que termine de decir lo que sea que esté diciendo. Cuando termina de hablar la gente de alrededor hace un gesto de cortesía, aunque se nota un poco incómoda (sinceramente, yo también estaría incómodo si alguien me sonriera por cinco minutos seguidos saludando). Da igual, lo que necesito ahora es comida.

Justo cuando pienso en comida, aparece alguien con un pedazo de carne que supondría yo es de reno asado. La carne está congelada de una parte y el sabor a reno no creo que sea del gusto de todos, pero después de casi cuatro días sin comida era como si me hubieran dado una hamburguesa doble con triple tocino. Como a mordidas mi pieza, saboreando cada correoso y semi-congelado pedazo. Después de mi comida me sirven un vaso con un líquido rojo espeso. Sangre. Esa fue un poco más difícil de pasar.

Cuando termino de comer, un hombre de cabello blanco como la nieve, anciano y de ojos azules claros y brillantes se me acerca. El anciano tiene una vestimenta parecida a la de los demás pero sus ornamentos muestran figuras doradas alrededor del pecho. Empieza a hablarle a Hánsa, pero me voltea a ver a mí. Hánsa, funcionando como mi traductor, me dice

—Él es Biđe, y es nuestro hombre más sabio. Él quería preguntarte unas cuántas cosas acerca de ti.

Bueno, supongo que eso sería justo. Estoy comiendo la comida de una tribu nativa, así que ellos deberían de saber un poco de mí. Lo malo es que para hablar de mí, creo que terminaría hablando de ella y recordaría que… rayos.

Nuestra conversación fue de pronto interrumpida por el grito de alguien. Al voltear veo a un hombre tirado y cerca de él un lobo gris. El lobo no se ve imponente, sino flaco y tambaleante, pero tiene los dientes afilados y está inclinado hacia atrás, lo que da una impresión de que está listo para atacar.

Inmediatamente saco mi pistola y sin voltear disparo en su dirección. Evidentemente no tengo la puntería y precisión como para lograr un tiro así, entonces lo único que logro es disparar cerca de sus patas. El ruido aún así fue suficiente para que el lobo se haga hacia atrás y corra, desapareciendo entre los árboles.

Al terminar mi vergonzosa escena, Biđe se acerca a Hánsa, el cual me traduce.

—Biđe te quiere dar las gracias por no matar a ese lobo. Él ve que es un lobo viejo, que lo abandonó su manada. No se va a acercar de nuevo y no fue necesario el desperdicio de tirar su sangre.

Hey, a veces la suerte está del lado de uno aunque se equivoque.

Ahora vamos por el hombre que estaba en el piso. Hánsa y otro se acercan a levantarlo, pero cuando se pone de pie no puede levantarse con la pierna derecha. Al verlo, le digo a Hánsa

—Parece que tiene el tobillo esguinzado. Le tomará un par de semanas recuperarse.

El joven empieza a gritar en su idioma hasta que de pronto Biđe toca el piso, agarra un puñado de nieve, y le habla a los demás. Hánsa entonces me dice

—Será mejor que te preparemos un lugar para dormir, se avecina una tormenta de nieve.

***

La choza que Hánsa y los demás me ayudan a preparar está de hecho bastante bien. Por dentro no es tan diferente de una tienda de campaña moderna, excepto que huele a pieles de animal. Pero la base en vez de ser plástico y piedras está cubierta de cabello de reno, el cual es muy cómodo y cálido para dormir. Casi no noto la terrible tormenta de nieve que está a mi alrededor.

La mañana siguiente me despierta Hánsa

—Henrik, buenos días ¿Listo para trabajar?

Cierto, en este lugar hubiera sido una grosería terrible no ayudar en lo que pudiera, considerando todo lo que ya han hecho por mí.

—Claro, Hánsa ¿Necesitan ayuda con los renos?—Respondí

—Los renos quizás son demasiado para manejar en tu primer día. Tengo algo diferente en lo que puedes ayudar.

Hánsa me ayuda a levantarme y me dirige hacia un grupo de mujeres. Una de ellas, robusta de cabello rubio y brazos fuertes se acerca a Hánsa y empieza a hablar con él en dialecto. Hánsa se voltea hacia mí y dice

—Hoy le ayudarás a mi esposa, Giste. No sabe finés, pero te señalará lo que tengas que hacer. Seguro tomarás el ritmo. Después, veremos qué otro trabajo puedes hacer en este tiempo.

Giste me señala algo de leña, a lo cual entiendo que debo de recolectar madera para nuestra siguiente fogata. Voy alrededor del bosque, tratando de buscar leños que se vean de buen tamaño y relativamente secos. Algunos al mostrárselos a Giste los tira y me dice cosas en su idioma que supongo eran regaños. Después de lo que parecieron ser unas tres o cuatro horas Giste me detiene y empieza a reunir todo y poner algunas cosas encima de unos pocos renos. La mayor parte de los renos están al aire libre y no están completamente controlados, pero unos pocos son mansos y es fácil ponerles leña o pieles encima para que las carguen.

Al mediodía, los demás Saami empiezan a desmontar sus chozas y tomar las pieles, las cuales dan a otras mujeres (y a mí) para que las montemos en lugares para cargar. Las bases que tenían se quedan en donde estaban. Biđe señala una dirección y el grupo empieza a caminar, dejando sólo algunos rastros de haber estado ahí. Al frente caminan algunos de los adultos más jóvenes, guiando y controlando los renos; asegurándose de que no pierdan la ruta. La mayor parte de los adultos caminan en la parte final, mientras que los niños y los mayores están en el medio del camino.

Caminando de pronto noto a un hombre cojeando y me acerco para ayudarlo a avanzar. Me doy cuenta que era el mismo que había tropezado ayer. Hánsa también lo ve y se acerca a apoyarlo junto conmigo.

—Es triste, pobre Ánton. Se estaba preparando para participar en una carrera de renos que hacemos en el pueblo que vamos. No creo que deba de entrar con el pie que tiene—Me dice Hánsa.

—¿Carrera de Renos?

—Sí. Es una tradición que tenemos hace años. Es como esquiar, un poco, pero con una especie de trineo con cuatro renos manejándolo. Es algo bravo si no sabes lo que estás haciendo.

—Pues, yo he esquiado antes, no sé si sea lo mismo—le digo

—¿Ah sí? A ver qué tanto puedes hacer

¿Qué? ¿Hacer yo? ¡Espera, no quise decir que yo sepa algo de manejar un reno! ¡Iba a esquiar en vacaciones! Maldita sea, ahora las cosas son demasiado incómodas como para decirle a Hánsa que no. En lo que estoy pensando en cómo zafarme de esta de pronto ya tengo cuatro renos adelante de mí, y uno de los Skad me está amarrando una especie de esquíes rudimentarios. Vale, no pasa nada. De todas formas si hago un ridículo, mi pistola aún tiene una bala…

El camino de frente está liso y delante de mí están cuatro renos. Puedo sentir su fuerza cuando se tensan las cuerdas al moverse ligeramente. No estoy seguro qué pasará una vez que empiecen a correr.

Hánsa empezó un conteo

—Una… dos… TRES

Una vez que grita hay una pausa de segundos, en lo que yo trato de entender qué hacer con las riendas. Ánton está haciendo un gesto como jalando cuerdas imaginarias al mismo tiempo, y en eso entiendo que me está dando una instrucción. Tomo las cuerdas y tiro con fuerza. Los renos responden con un golpe a mis brazos que casi me saca de balance.

El movimiento al principio es fuerte, como un latigazo en todo el cuerpo, pero después toma velocidad y se siente como bajar una colina muy empinada. Eso sí lo sé hacer. El movimiento de los renos deja de ser un latigazo y parece más una extensión para manejar. Jalar la cuerda del lado izquierdo hace que den vuelta hacia la izquierda, y lo mismo del lado derecho. Entonces empiezo a disfrutar el paseo. Los otros Saami se dan cuenta de mi paseo y empiezan a gritar a mí alrededor. Algunos dicen mi nombre junto con unas frases fuera de mi entendimiento, pero en mi mente supongo que dicen algo como ¡Hey, nada mal Henrik! (o quizás me quieren advertir de que me debo detener, quién sabe).

***

El viaje en reno fue (casi) un éxito. Mi elegante marcha en la travesía de los Saami tuvo un estrepitoso final en el momento en el que descubrí que no sabía cómo rayos frenar un reno. Pero no había de qué preocuparse, dado que el piso me hizo el grato favor de estamparme y los renos frenaron por su cuenta. No importó de cualquier manera, Hánsa estaba extasiado. Se me acercó para verme y dijo

—¡Bueno, parece que ya tenemos quien nos ayude a competir ¿Por qué no entrenas con Ánton esta semana, compites en el pueblo y luego vas a tu casa?

Eso sonaba mejor que juntar madera todos los días, asentí y Hánsa le dijo a Ánton unas cuántas cosas.

***

El resto del día fue caminar y seguir con Ánton para manejar los renos. Ánton me enseñaba con gestos cómo tirar de los renos, y cómo asegurar las vueltas y frenar. Una vez que empezó a oscurecer los Skad tomaron sus cosas y montaron nuevas tiendas y una fogata en el centro, como la vez pasada. Ahora no hay tormenta, entonces todos se reúunen al centro y comen alrededor de la fogata.

Yo me siento junto a Hánsa cuando de pronto una chica, de alrededor de diecinueve años se pone frente a los demás. La chica tiene cabello plateado, un color de piel claro rojizo y unos ojos grisáceos cristalinos. En el ocaso, de alguna manera parece confundirse con la nieve. La chica empieza a cantar en solitario. Sus tonos no son los de una canción como las que yo tenía en mi computadora. Son canciones que de pronto utilizan agudos muy claros con vibraciones que hacen eco en las chozas cercanas. Todos los Skad escuchan en silencio.

—Eso es un yoik, ella está cantando el sol, porque llevamos varios días nublados y oscurece muy temprano. Ella lo extraña—Me dijo Hánsa.

—¿Está cantando una canción para el sol?—pregunté.

—No, no. No es para el sol. El yoik es el sol. Es como cuando pintas una flor. No estás pintando para la flor, sino que estás pintando la flor. Tratando de recordar su color y su aroma. El yoik es lo mismo pero en canción—me respondió.

—Vaya, ustedes no son como nada que haya visto. ¿Por qué están ahora viajando así en chozas? La mayor parte de los Saami ya vive en aldeas hechas por ellos y tienen lugares donde pueden tener hospitales y vender sus artesanías ¿no?—Dije.

—Pudiéramos hacer eso, como muchos y probablemente la vida sería más fácil. Pero no es quienes somos nosotros, los Skad. Hace muchos años, mis abuelos creían que todo lo que conocemos venía de un gran reno, y diferentes partes del reno habían formado la tierra. Yo ya no creo en esas cosas, pero de cierta forma tiene sentido. Los saami vivimos en unión con los renos. Dependemos y convivimos con ellos. Su sangre y carne nos alimenta, pero también lamentamos sus muertes si es que sufrieron antes de partir. Mis abuelos, mis padres, mis primos, mi esposa, y todo a quien conozco ha sabido vivir y respetar eso, y yo quiero respetarlo de la misma manera, viviendo para cuidar de mis renos.

Hubo un pequeño silencio.

—Y bueno, ya que estamos preguntando. ¿Qué haces aquí Henrik? ¿Por qué estabas en medio de la taiga vestido con ropa ligera?—Me preguntó.

—Bueno, la verdad es que estaba planeando matarme y no dejar ningún rastro. Me vine hacia acá porque quería asegurarme de que no me acobardara.

—Vaya, ese hubiera sido un desperdicio. Nunca es bueno desperdiciar.

Una vez que dijo eso, no pude evitar pensar en el lío en el que me metí. Dejé mi trabajo sin decirle a nadie. Mi casa ahora probablemente es un caos y no tengo ni idea ni de dónde está mi camioneta, ni si alguien me está buscando o ya llamó a la policía. Si me regreso creo que tendré que enfrentarme a muchas cosas. Hánsa y yo nos quedamos en silencio en lo que oscureció la pequeña villa. En el cielo, unos rayos de colores azules y verdes empiezan a surgir entre el cielo plagado de estrellas. Si hay una imagen que quiero que quede para siempre en mi cerebro, es la de esta noche estrellada, con aurora boreal, acompañado de los yoiks de los Skad.

***

Durante los días siguientes fue esencialmente lo mismo. Reno congelado, sangre de reno, manejar renos con Ánton, platicar con Hánsa, seguir a Biđe; yoiks en la noche y aurora boreal. Me volví realmente bueno en manejar los renos esquiando al punto de competir con otros que quisieron ayudarme a entrenar. Gané cada una de mis carreras de entrenamiento.

Pasaron los días y llegamos al pueblo. En general eran unas veinte casas de madera, un hospital pequeño, y un hostal donde podían ir a descansar los que quisieran. El lugar tenía muchas más personas de las que pudiera realmente contener un pueblo así de pequeño. Saamis de diferentes tribus platicaban entre sí, todos con ropa similar, pero podías distinguir que cada tribu tenía su propia vestimenta. Algunos tenían ropa azul, otros un bordado cruzado en el pecho. Los Skad se reconocían por su sombrero cilíndrico en los hombres, traje verde con rojo y bordados ondulados en el pecho, pero la variedad era grandiosa.

Entre los Saamis podías ver unos cuántos turistas tratando de comprar cuchillos y artesanías de piel y tomando fotos a los coloridos atuendos. Algunos Saamis pusieron tiendas para acampar y otros tantos fueron a casas y a los hostales. Los skad se quedaron a la orilla y prepararon sus propias tiendas.

Llega en la tarde el momento clave para mí. Saamis de diferentes tribus preparan a sus competidores en esquíes con cuatro renos. Los corredores se saludan como si se conocieran de hace años, y me saludan a mí también, con cortesía pero sin la misma efusividad.

Todos nos ponemos en filas. Estoy listo (lo voy a arruinar). Me preparé como nunca (pero no soy de aquí y no tendría por qué ganar). Voy a hacerlo por quienes me ayudaron (voy a ser un estorbo para quienes me ayudaron). Suena el disparo de salida, halo la cuerda y mis renos tiran con fuerza.

Los Skad habían cuidado excelentemente a estos renos y los tenían en su mejor forma y rápidamente superan a los de los demás Saami. Las vueltas son manejables. Todo va viento en popa hasta que de pronto siento un tambaleo extraño y mi cuerda derecha empieza a tensarse mucho. Trato de recuperar el control pero la tensión del brazo derecho sube y continua subiendo hasta que mi brazo ya no aguanta. Tropiezo y dejo la cuerda. Cuando me levanto, los renos están a la distancia y cinco Skad los están persiguiendo. Último lugar.

Camino y me escondo entre la multitud y no volteo a ver a ningún lado que no sea el piso. No quiero ni ver la cara de decepción de los que me acogieron. No quiero ni ver un segundo a Hánsa. ¿Cómo le puedo hacer pasar esta vergüenza?

Y por eso, ahora aquí estoy. De nuevo en la nieve, ahora a medio kilómetro de distancia de la aldea y con la pistola en mi paladar. No puedo decir que pasé un mal viaje, pero realmente las cosas deben acabar donde deben acabar. Cierro los ojos y preparo el gatillo. De pronto siento algo cálido tocando mi rostro… ¿así se siente la muerte? No, aún no disparo… esto es… ¿pelo? Abro los ojos y veo un reno blanco, grande, reposado a mi lado.

—Realmente te caigo bien ¿eh?—Le digo al reno blanco. La verdad, no sé si es el primer reno que vi o es uno diferente, pero prefiero pensar que es el mismo.—Bueno, mañana me disparo, si quieres—le digo, mientras le acaricio la parte de atrás de la cabeza.

Minutos después aparece Hánsa y el reno sale corriendo. Hánsa llega con un palo de madera afilado del tamaño de mi dedo gordo.

—Henrik, quería avisarte que los de la pista te piden perdón, no checaron bien el lugar y había un pozo con esta astilla. Se le clavó a uno de los renos y perdieron el control. Por favor, no te culpes.

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