Sueño L: Llamada

Por Nazareth Moyeda

El frío ya no es tan agradable cuando el sol se va y no hay nada que lo pueda mitigar. El viento es tan gélido que hace que las mejillas de Esteban se sientan adormecidas. El tránsito de los coches que pasan por la calle sopla aún mas viento sobre su ya muy incómoda figura, y está a una nada de caer en desesperación.

Lejos se ve una cafetería, lo suficiente como para sentir que no logrará llegar a refugiarse del clima helado. Tal vez está más cerca de lo que… ¡SPLASH! un desinteresado coche a toda velocidad arroja restos de la lluvia de hace unas horas sobre el ahora no tan tibio abrigo de Esteban.

– ¡ME LLEVA EL… ¿huh?

Una preciosa cabina telefónica roja, solo a tres pasos de él. ¡Perfecto! Podría pedir un taxi y esperarlo dentro, necesitaba escapar del viento cortante por unos minutos.

Esteban entró en la cabina, se quitó el chorreante abrigo y, en busca de unas cuantas monedas, metió sus manos en los bolsillos.

– Llaves… no.

Colocó las llaves sobre el teléfono.

– Mmm ¿un recibo?

Buscó a su alrededor por una papelera para poder desecharlo y al no encontrar ninguna procedió a dejarlo junto con sus llaves… las llaves, ¿dónde están las llaves? estaban sobre el teléfono hace un momento, hace solo unos segundos antes, estaba muy seguro. Tal vez cayeron al piso, dejó el papel sobre el teléfono y pasó sus ojos por el piso de la cabina, no recordaba haberlas oído caer. Las buscó de nuevo en sus bolsillos y llevó su mirada sobre el teléfono, el recibo ya no estaba ahí.

Tal vez todo resbala y está cayendo detrás del teléfono. Se acercó por un costado usando las tenues luces de la calle y los autos para poder ver mejor, y maldiciendo su suerte, forzó su vista buscando sus objetos perdidos. No encontró nada.

¡RING!

Esteban dio un salto y su espalda golpeó la pared de la cabina.

¡RING!

Confundido y un poco nervioso, tomó el auricular.

– Amm, ¿hola?

Abrió los ojos, el teléfono junto a su cama no dejaba de sonar. Estaba lloviendo afuera, la ventana estaba abierta (seguramente por el viento) y su ya no tan tibia manta estaba comenzando a humedecerse por las gotas de lluvia que se estaban colando dentro del dormitorio.

Y el teléfono no dejaba de sonar. Esteban, con las manos heladas y demasiado sueño, levantó el auricular.

– ¿Hola?

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