J ♠ – Ejecución Perfecta

Por Quidec Pacheco

El ayudante del palacio recibió con elegancia la única razón por la que se había levantado a las 4 de la mañana ese martes: La Pica Negra.

La obtuvo de brazos de cuatro soldados reales, sobre un almohadón de terciopelo verde. Una espada que tenía forma de pala. Por un momento pasaron imágenes de fosas cavadas con el instrumento por la cabeza del ayudante, pero se disuadió a si mismo de detener su apresurada fantasía con la oferta de concretar su plan más tarde.

Pasó al trono, y el rey estaba solitario. Se acercaba más con la Pica Negra y sentía escocer bajo su piel las ganas de arrancarle la cabeza de los hombros al hombre. Pero no, tendría que contenerse y seguir al pie de la letra lo que con tantos meses de anticipación había preparado. Se hincó frente al barrigón oloroso, que tomó con poca elegancia la espada y la blandió como un niño torpe. Cansándose unos segundos después, la depositó en el almohadón.

“Sígueme, Jacobo”.

El sirviente acató la orden, y fue tras el mandatario por una puerta lateral secreta. Entraron a un túnel subterráneo en donde fácilmente podría haber apagado la vida del hombre con una de las antorchas, o la misma Pica Negra… pero eso era muy desacomodado. Imperfecto. No tardarían más de una hora en descubrirlo.

Al subir la escalinata, el rey se detuvo en una saliente que daba al balcón de una torre, justo antes de llegar al cuarto de los tesoros.

Se recargó sobre la baranda para ver el sol poniente. Jacobo se acercó, puso su mano serena y decidida en el hombro del gordo.

“Es hora, su majestad. Se nos hace tarde”

Aquél, sin pensar que peligraba, asintió de mala gana y continuó subiendo las escaleras con Jacobo detrás. Paciencia pensaba a sus adentros, en momentos, todo encajará.

Al fin, entraron en la punta de la torre: Obras de arte, monedas doradas y armas antiquísimas adornaban las paredes de piedra negra. Un tragaluz en la parte más alta revelaba el polvo acumulado. El rey se sentó en un escritorio que había cerca y produjo un documento real que aclaraba, él había salido del reino y no regresaría en tiempo indefinido. El hombre solía hacer esto cuando quería escapar sus obligaciones. Se quedaba a vivir en la punta de la torre y Jacobo—el único que conocía su secreto—le traía víveres para mantenerlo con vida.

Le presentó la carta a su sirviente.

“Ahora firma, Jacobo, para que quedes avalado como regidor en mi ausencia”.

El ayudante dejó a un lado el almohadón, tomó la pluma y con un movimiento veloz de su mano, firmó la misiva. En ese mismo momento, la Pica Negra lo atravesó por la espalda. Se dobló de dolor, pero no gritó: un hombre de su porte jamás perdería la compostura.

Giró sobre su costado para mirar a la cara a su regidor.

“Señor, pareciera que se me adelantó en el crimen. Pensaba yo darle el regalo de la muerte en unos minutos”.

“Yo sé—dijo el rey—pero también sé que no dejas las cosas a la suerte, Jacobo. Mira, que esto de matarte se me ocurrió apenas mientras escribía la carta. Tal vez lo habrías logrado antes, si no fueras tan tu”.

Caminó hacia la puerta, y antes de salir, terminó su frase.

“Tan… siempre listo”.

La puerta de madera cerró, y Jacobo luchaba, en completa soledad, por no soltar un solo sonido que denotara debilidad o falta de elegancia. Reguló su respiración y miró al rededor: tantos tesoros colgaban de las paredes… que irónico que su rey lo haya dejado en estos aposentos.

Se quedó preguntándose antes de morir si, a pesar de haber fallado, su plan había logrado tener esa tan deseada ejecución perfecta.

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