Sueño K: El Artesano

Por Quidec Pacheco

Soñé que era un artesano.

Me sentaba con las piernas cruzadas, todo el día. Encima de un tablón crujiente y asoleado esperaba, a veces horas, a que me trajeran materiales. Mi piel era café, mi bigote, ralo. En la cima de la montaña esperaba, con el sol a mi espalda, luego trepándose hasta mis hombros y luego escondido en mis manos, siempre abiertas, siempre recibiendo.

Me traían toda clase de materiales para que yo tratara. Llantas y gatos, monedas y cazuelas. Alimentos deliciosos y cadáveres secos: yo los trataba. Mis manos los masajeaban hasta convertirlos en arena, dentro de un envase plateado y redondo bajo mi tablón. Por los resquicios de la madera pasaba hasta depositarse, como lo más puro de cualquier cosa que tocara mis manos.

– ¿Y qué más?

Pues, al acabar de partir en granos las cosas, la gente los colocaba detrás de mi en plataformas de roca, con hendiduras del mismo tamaño que los platos de metal. Había tormentas toda la noche, y yo no debía de huir, ni podía mirar hacia atrás, pues el cambio no ocurriría. Debía estar quieto, esperar.

En la mañana, las personas regresaban por sus objetos y me los mostraban: Estructuras ominosas de cristal pintado, como gritos de las cosas que se transformaban en existencia, en belleza cruda y emoción permanente. Algunas se elevaban a 4 metros de altura, y otras se expandían como platillos de dedos, hasta 7 metros de diámetro. Eran imágenes imposibles de reproducir.

– Nada es imposible de reproducir.

– Ahora lo sé.

– Bien. Continúa.

La gente bajaba con cuidado la misma colina que subía. A veces, tropezaban y tiraban la escultura, y al quebrarse en cientos de pedazos a ellos también se les quebraba la carne y gritaban de dolor, hasta morir desangrados sobre las piedras y picos de la montaña. No sé por qué subían, ni por qué era tan importante. Sólo sabía que yo era el único que podía lograr esas artesanías, pero tampoco sabía exactamente lo que hacía. Cuando una de esas personas iba a hablarme, desperté.

– ¿Es un sentimiento embriagador, no?

– ¿Qué, Hípermente?

– La incertidumbre. El no-saber.

R72FO guardó silencio un momento, para procesar la pregunta.

– Lo es, Hípermente. Me gusta.

– No debes. No te pierdas en lo que no es.

– Sí, Hípermente. Entiendo.

– Bien. Acércate para borrar tu sueño.

R72FO movió sus piernas robóticas, más cerca del súpercomputador. Miró los anillos de Júpiter por la ventana, mientras sentía a la Hípermente palpar cada pedazo de su procesador.

Apretándolo todo.

Hasta convertirlo en arena.

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