Sueño J: Inalcanzable

Por Nazareth Moyeda

Estaba descalzo y podía sentir las pequeñas rocas afiladas casi cortando las plantas de sus pies. La brisa estaba salada y helada, dedujo que el mar se encontraba muy cerca y por ninguna razón en especial decidió ir a investigar.

No tuvo que caminar por mucho tiempo para toparse con la inmensidad del mar, en la orilla habían enormes diamantes desperdigados por doquier, los cuales brillaban como si tuvieran su propia luz, había incluso gemas gigantes en el agua salada, asomándose ansiosas por ser admiradas. Era, aun con tanta belleza, una escena muy triste, podía sentirse un profundo vacío que contrastaba totalmente con la hermosura de un cielo muy azul y de una playa que irradiaba su propio brillo.

Algo estaba mal… era el mar, decir que el mar estaba quieto no hacía justicia a lo que él veía, el agua se encontraba totalmente estática, no había olas, no había espuma, el mar estaba totalmente muerto, inmóvil.

Se acercó para sumergir su mano y se dio cuenta de que ni siquiera podía ver su reflejo, y cuando quiso tocar el agua con sus dedos topó en sólido. Confundido quiso hacerlo con ambas manos pero era como tocar un cristal, el inmenso mar era con una eterna ventana que daba al vacío.

A lo lejos, Alberto escuchó los sollozos de una mujer, parecía ser una mujer joven. Pasó la mirada a su alrededor intentando encontrar el origen del sonido hasta que sus ojos se detuvieron en la pequeña y delicada figura de una joven sentada sobre una de las rocas que a lo lejos sobresalían del agua.

Tenía las piernas recogidas y las abrazaba con ambos brazos, su cara escondida detrás de sus rodillas y su largo y ondulado cabello caía a sus costados.

Alberto abrió la boca para llamarla, y al notar que no emitió sonido alguno se llevó inmediatamente ambas manos al cuello. De nuevo fijó su mirada en ella, quería ayudarla, quería consolarla. Aún podía escucharla sollozar, podía ver cómo delgadas líneas de agua se resbalaban por la roca debajo de ella y encontraban el mar. La joven lloraba con tanta intensidad que sus lagrimas rodaban y rodaban, hasta convertir todo a su alrededor en un mar de llanto.

Al darse cuenta de esto entró en alarma, volvió a intentar hablarle, pero nada salía de su boca. En medio de su desesperación jaló todo el aire que sus pulmones pudieron acoger y gritó.

Su propio grito lo despertó de esa horrible pesadilla, se sentó en la cama de un golpe y después de un minuto y con mucho esfuerzo logró recobrar la normalidad de su respiración.

Se sentía culpable, demasiado, siempre le pasaba lo mismo, cada que ella lloraba él entraba en pánico y huía, dejándola sola, todo por no saber qué decir.

Bajó las escaleras y ahí estaba ella, aun llorando, sentada en el puf en medio de la alfombra de la sala. Tenía las piernas recogidas y las abrazaba con ambos brazos, su cara escondida detrás de sus rodillas y su largo y ondulado cabello caía a sus costados. Y aun sin saber qué decir pero con plena libertad de poder alcanzarla, se acercó y la abrazó.

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