7 ♦ – Hombre En Llamas

Por Quidec Pacheco

Una figura enorme se levantaba en medio del desierto, y el sol punzante del crepúsculo se revolvía en su cabeza para traer a flor el terror. Escapaba de los federales, pero Ricardo no tenía miedo de ellos. Los latinos son federales también. Tenía miedo de un federal solamente. El hombre de piel amarilla, de su barba furiosa y su arma veloz. No conocía el nombre, pero sí su enojo, eso fue lo que lo lanzó al desierto.

Eso, y la mala suerte que se cargaba.

La figura era un poco más clara ahora que la tormenta de polvo disminuía. Ricardo sentía que la boca se le rompía en pedazos. Los dedos se le quebraban. Los ojos ya no abrían, pero aún así, miraba los brazos abiertos del gigantesco hombre. Alrededor, carpas y tiendas, y nada de nuevo. ¿Por qué estaba esta gente en el desierto?

Cayó golpeando la tierra, absorbiendo el último calor del día bajo sus manos. La sombra empezaba a engrandecerse y se sentía hincharse. Ardía de ira, indignación por haber sido expulsado de su hogar en California. No había nada que soñar en América, al final, siempre te despiertan y vuelves a estar como llegaste, desnudo. Esa es la suerte del mojado, es su destino quedarse sin nada y nadie puede cambiarlo.

Una rubia y un pelirrojo se arrodillaron frente a él. Levantaron su cabeza y le ofrecieron agua helada. Fresca. Se arqueó rápido para continuar bebiendo, apoyado con los codos resecos en el suelo. Refrescado. Ellos sonreían, pero tenían pintura metálica en sus pieles. Ella tenía una capa naranja y él iba con sólo ropa interior y lentes de sol verdes.

Lo pusieron de pie poco a poco, y en su escaso inglés, Ricardo les preguntó por una convenience store, un hotel. Ellos rieron y le trajeron un sándwich en una bolsa de plástico, y una colcha empolvada. Lo abrazaron, y en ese mismo momento, comenzó el furor.

Cientos. Miles de personas rodeaban lo que ahora claramente identificaba como una escultura de madera. Metros de alto. Todos los presentes tenían trajes estrafalarios, pinturas corporales, pelucas, desnudez y sonrisas.

Un chico moreno emergió de la multitud sonriente, y el silencio se hizo inmediato. Tenía una antorcha que, con esfuerzo, prendió desde un pequeño encendedor. Se acercó a la estructura de madera. Ricardo no entendía lo que pasaba.

– ¡NO!

Su grito se extendió hasta las últimas filas. El chico miró sorprendido al hombre de bigote, con ropa roída y vista triste. Avanzó seguro con el fuego en su mano, y Ricardo sintió las piernas flaquear, pero no tenía a donde correr. Soltó los regalos recibidos para reasegurar con su mano el bolsillo derecho: ahí seguía.

El chico extendió la mano. Le entregó el fuego. Habló en un español batalloso:

– Usted es quien debe quemar al hombre. Siento que ha estado en llamas mucho tiempo ya, usted.

Ricardo tomó la antorcha. La gente comenzó a gritar alegre, festejando la destrucción que se avecinaba. Avanzó con pasos seguros, y poco a poco una sonrisa se iba descubriendo en su cara también. Apretó la madera en su mano, sentía las brasas tocarle la mejilla, el bigote.

En su cabeza, el gigante de madera era el federal. Las bills. La green card. La larga distancia. Ese gigante humeaba, empezaba a consumirse, igual que todo su pasado. La delincuencia, abrasada por las llamas. Las amenazas del landlord, ahogadas en el fuego.

Entre los bailes de la multitud y las luces estroboscópicas sacó finalmente el collar de su bolsillo. Siete diamantes brillantes que iban a pagar el college de su hija y la deuda del automóvil que tenía su esposa. Preocupaciones, tan cerca y tan lejos de solucionarse. Tiró la mercancía robada entre el fuego, y vio sus problemas desvanecerse en el aire, su identidad transmutarse en existencia diáfana. El sudor en su espalda, mojando todo.

“Qué suerte”, se dijo.

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