Sueño G: Chipper

Por Quidec Pacheco

En la cornisa de un centro comercial, un chico moreno con vestimenta café. Se inclina un poco para posar la vista en un rufián puberto, trae un arma obvia en su sudadera—no tan obvia para la viejecilla que sigue—y va acelerando el paso para abordarla al doblar la esquina del supermercado.

Avanza paralelo, desde lo alto. La luna deja ver una línea blanca y gruesa que recorre su—ahora evidente—traje de superhéroe. El chico se cubre el rostro, sólo su boca al aire, y se agazapa en el borde, como un ojo encima del callejón obscuro. Al rodear el edificio, el extraño apunta con prisa el arma. Su mano tiembla, y la mujer no logra ver claro. No entiende, y sigue su camino. Antes de que pueda dispararle, Chipper salta desde el tejado, pateando las paredes del pequeño callejón como una pelota de pinball, hasta caer encima del maleante.

Un disparo al aire hace que la mujer corra, pero Chipper ya terminó con el muchacho. Le quita el arma y la descompone en partes más pequeñas, llevándose el cargador. El chico, desde el suelo, no puede hacer nada con una nariz quebrada: está demasiado asustado para continuar su primer asalto.

Luego un calor en su hombro. Un líquido. El sonido de la pistola ya estaba ahí para cuando lo registró el cerebro de Chipper. Cayó tras dos disparos más, y desde el suelo pudo ver las otras dos figuras: los amigos del ladrón, igual de asustados, lo ayudaban a ponerse de pie.

Y la sangre lo dejaba más pegajoso cada vez. Brotaba y lo cubría en el esternón, subía por el cuello, luego su cara. Rojo, empapado, cosquilleante. Subía y subía, más veces.

– ¡Rocko, quítate!

El chihuahueño bajó de un salto. Chip se sentó en el borde de la cama, se rascó las orejas, y sobó su pelaje—saliva de Rocko desde su hombro, por todo su cuello y en la cara.

Fastidiado, fue a la cocina del apartamento sucio para servirse un plato de nueces. Una a una se las metió en su boca hasta inflar sus mejillas tres veces su tamaño, y movió su cola peluda. Entró a la regadera con pesar, y masticó su desayuno mientras el agua caía encima de él.

Después de secarse y vestirse cómodo, tomó la computadora portátil. Antes de iniciar su tediosa búsqueda de empleos, escuchó al chihuahua gemir desde el lado de la cama.

– ¿Qué quieres?

El perro tenía una máscara café en la mandíbula.

– Ya no soy Chipper, Rocko. Estoy viejo.

El perro la dejó en el suelo, y se fue.

– Ya no soy Chipper—se repitió a si mismo—nunca m—

Un grito afuera de su ventana, cuatro pisos abajo.

El perro ladró, avisando a Chip del niño rata que subían a un taxi, a plena luz del día, en contra de su voluntad.

Pero Chip, y la máscara, ya no estaban en la habitación.

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