Sueño F: Oasis

Por Nazareth Moyeda

Caminar por la playa le resultaba desagradable, sentía cómo los pies se le hundían entre la ya muy húmeda y caliente arena rosada, era hermosa, con destellos dorados que resplandecían como polvo de oro bajo los intensos rayos del sol, y aún con toda esa hermosa escena, no se encontraba cómoda en lo más mínimo.

Lo que quedaba de las olas que rompían a lo lejos y que por casi un milagro lograban llegar a la orilla mojaba sus pies hasta los tobillos, movía la arena bajo los pies de Rosa y la hacía tambalearse.

Pensar en volver al lado habitado de la isla le regresaba energía para quedarse un rato mas en la incomodidad de la arena y el sol, el sólo recordar que aquél hombre estaba ahí la llenaba de inquietud.

El ver que el sol se pondría pronto le dio el aviso de que debía volver, muy a su pesar.

¿Por qué huir? Porque la inquietud es demasiada, el sólo ver su cara le llena de unos nervios tales que la idiotizan, se llena de calor y frío, cada palabra expresada en la presencia de éste hombre ha sido llevada bajo un proceso tras otro, tras otro, tras otro, antes de tener la calidad que los estándares de Rosa creen pertinentes para ser presentadas ante el hombre.

Ahora, frente a la puerta del hotel, ve a lo lejos la figura de su temor a través del cristal, riendo, hablando ante un grupo reducido de personas que Rosa no reconoce.

Cruza las puertas y casi al instante todos la miran, invitándola con gestos animados a unirse a la conversación.

Su estómago se dilata, la cabeza le pesa, las entrañas caen en una intensa hiperactividad y mil voces en su mente le recuerdan cada detalle que debe ser minuciosamente controlado, su tono de voz, su postura, su risa, hombros abajo, la cara arriba, no tan arriba, no te muerdas la boca, ¿las manos? atrás, no, atrás no, a los costados, y sécalas con el vestido.

Al llegar con el grupo, él sonríe y le da un abrazo que detiene el tiempo, ya no hay nadie al rededor, ya no está la gente, ya no está el hotel, ya no hay piso ni paredes, ya no queda nada más que un millón de ríos dentro de ella que llevan a cada rincón de su cuerpo flotante sangre cargada con el brillo de la mas densa y eléctrica felicidad. Rosa cierra los ojos y siente la tibieza de su abrazo, siente el cosquilleo del cabello de ese hombre justo en su cuello, y escucha muy lejos que la llama por su nombre.

-Rosa-

Las manos que la hacen estremecerse le toman los brazos, se aleja, y sin saber si su ansiedad es causada por el pesar de terminar su abrazo o por las ganas de poder ver su rostro, abre los ojos para poder divisar lo que más ama ver, cómo ese par de ojos cafés se entrecierran al ceder a su sonrisa, esa sonrisa que es siempre y cada vez el milagro más maravilloso de admirar.

Pero no hay nada, abre sus ojos solamente para ver un póster de Oasis en el techo de su habitación y escuchar solamente un suspiro cargado de decepción, desesperación y tristeza que ya ha escuchado antes.

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