K ♦ – Doble transición

Por Luis Marroquín

En una cueva, a la luz de una vela, entre los restos nauseabundos de un ejercito sin nombre, se sostiene la mirada fallecida del único soldado con vida.

Camina arrastrando sus vísceras con paso entrecortando. Los extremos de una lanza que encontró su camino entre su espina hasta emerger por su cuello, golpean erráticamente rozando las paredes húmedas de piedra de la caverna. Avanza sin destino y por inercia lo hace refugiado por el instinto de llevar a la práctica el último trazo de su forzado entrenamiento militar.

Lo detiene el ardor del suelo frío sobre sus plantas desnudas. Frente a él; la imagen presente de la muerte mitiga el dolor en sus heridas. Entre el talón y el suelo aparece chicloso un arroyo de sangre caliente que lo impulsa a reanudar su camino. Las piernas no responden. Frente a él; el extraño vacío de haber descubierto justo antes del último paso, que la vida vivida no ha valido tanto la pena. Detrás de él; cada batalla, cada muerte, cada lanza y proyectil que han llegado a su destino, son recibidas de nuevo y uno a uno vuelven a caer los cuerpos fríos de sus compañeros al suelo infectando las nuevas imágenes de despedida. Los enemigos y los inocentes asesinados se amontonan petrificados sobre su espalda. ¡Como pesan! Quebrantado, lagrimea al ver su espacio vacío en las filas de los ejércitos sin nombre. Como muchos otros, se ha ganado su lugar en el olvido.

Un sonido seco parecido al quejido de un cañón, después un golpe desparramado que estremece las paredes de piedra y después su nariz rota en el suelo frío y después nada, sólo el polvo que desciende del techo en jirones para descansar sobre su cabello ya húmedo de líquido encefálico. Una luz frente a él. Sus órganos sin vida que reciben por igual una oscuridad diabólica y una luz de Dios y la falta de aire del mundo y sus compañeros a su lado y la muerte de sonrisa terca y desaparece la vida… Y olvidamos.

La esencia divina observa a distancia ese espacio que siempre le ha pertenecido y amparada por la constancia implacable del tiempo, comienza inmediatamente a exigir de la materia purulenta aquella parte que lentamente recupera para deleite del Ser Supremo.

Oleadas de carne podrida, piel muerta y sangre coagulada, hornean un caldo de olores fétidos que activan el ejercito diminuto de obreros que sin respeto ni honores, descomponen a su forma más básica al centenar de guerreros caídos.

Meses, años… Ya limpios y pulidos, los huesos encuentran una fugaz libertad para volver a ser atrapados dentro de otra lenta descomposición que los desgasta convirtiéndolos en un polvo fino que, luciendo una efímera independencia, es atrapado por un viento suave que lo pasea en un remolino sin sentido, hasta chocar y asirse sin remedio sobre el suelo o en alguna de las húmedas paredes de la cueva.

El recuerdo de la vida desaparece de aquí.

Dias, meses, años y los siglos van uno detrás de otro construyendo un milenio, cuya presencia, prepara la venida de otros; dos, tres, quince, veinte y se acumulan cien de ellos y yo siendo testigo del cambio y el tiempo siendo lo que pasa y a quién le importa ya sea quien sea que desgaste esas estructuras débiles que decrépitas desmoronan esa cripta improvisada machacada bajo el peso de su propio cansancio. El techo cede y en su griterío, prensa los restos de hueso sobre el piso. La fragilidad se convierte en una fuerza incontenible y con ella, las marcas de aquella antigua y olvidada batalla comienzan a ser consumidas. La montaña cae sobre si misma con tal peso sobre sus hombros, que dentro, los puentes entre moléculas que la sostenían, cansados y temerosos truenan sus lazos dejándolas libres permitiéndoles conectarse inmediatamente con lo que sea encuentren a su lado.

Miles, cientos de millones de años y un sudor deambula curioso entre los “espacios” de esa formación rocosa. La piedra se funde en una salsa con sabor a infierno y en uno, dos o tres millones de años más, un ligero descenso en el picor apacigua la acidez, se relaja la veleidosa quietud dentro de la montaña y se endurecen los elementos que alguna vez fueron parte de aquel ejercito sin nombre. Se enfrían y se comprimen juntando las caras de sus átomos, ordenándose a voluntad, sin prisa, utilizando otro tipo de planos para la obra, ya no la tan agobiante y limitada gestación dentro del útero de cualquier mujer. Otra belleza se concibe, una de caras planas y cuerpo vidrioso, de dureza extrema y semblante indefinido. El nuevo ser espera paciente que termine su gestación para en otro par de millones de años más, poder recibir ese leve rayo de luz que hará que su por ahora, “desconocida” existencia, explote en si misma dando a la vida algo más que una procesión de colores especiales.

Una herramienta de forma puntiaguda se abre paso entre la piedra acarbonada. Nerviosos, unos dedos gruesos entran por la abertura y se topan en seco con la exquisita superficie del cristal. La tientan con finura. Desesperada, la herramienta remueve la basura a su alrededor. Otra mano, esta de forma más tosca y una piel verde pálido, se introduce por el hoyo entrecortando la luz de un sol naranja. La toca y se encaja, se adhiere al cuero tomando instantáneamente la misma forma del cristal descubierto. El brazo jala con una fuerza brutal y la piedra es fácilmente arrancada del corazón de la montaña. Consientes de su valor, un número interminable de manos la analizan y la catalogan. Con cuidado la transportan en un largo y cansado viaje. En su destino, la inspección continua. La dan a tragar a una bestia sin nombre, dentro de su estómago es manejada con extrema dureza por materiales químicos desconocidos, después con suavidad es pulida para reaparece días después en los desechos del animal. Es limpiada, tratada y ajustada con herramientas más complejas e indescriptibles. Suavizan sus caras, desarticulan su forma natural, pulen sus esquinas, la pesan, la observan, la limpian, la vuelven a pesar, la vuelven a pulir hasta que aparece, bajo la luz del sol naranja, una joya brillante con una luz tan poderosa y celestial que se asegura jamás hubo conocido ningún ser vivo antes de este momento.

Es emplazado en el centro de un armazón dorado acompañado con todo tipo de otras piedras con las que genera una extraña comunicación. Preparado para la ocasión, es escoltado entre un intrincado laberinto de pasillos altos y angostos color arena. Al entrar a un salón de ceremonias, la comitiva se detiene ante un aplauso atronador, se despega el portador de la corona y con devoción camina directo hacia una figura que yace postrada en medio del salón. Colocan el diamante con su armazón sobre la cabeza de ese ser de piel rosa pálido y de unas sorprendentes dimensiones. Los espectadores conmovidos, se regocijan con la coronación de este nuevo monarca. Nada saben sobre los soldados olvidados en una batalla sangrienta hace millones de años, cuyos cuerpos yacen contenidos en el diamante que emocionados regalan a un ser cuyas habilidades diplomáticas lo han llevado a construir un reino de paz que lentamente se comienza a extender a cada rincón de la galaxia.

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