Sueño E: Entropía Prestidigitada

Por Quidec Pacheco

– Procedo a taladrar sus patéticos cráneos cromañones con incisivas máximas oralias. Espero el reconocimiento mínimo de 3 conceptos, entre los 200 que abordaré.

Abrió el libro carmesí, que tenía ojos pestañeantes, gelatinosos y muy vivos en la portada. Se movían bajo el peso de las hojas, probablemente adoloridos, pestañeando salvajemente contra el escritorio de madera negra, quemada. Con un golpe de su puño se aplacaron.

– Es materia de común acuerdo la significante entropía, disponible siempre a la prestidigitación. ¿Y es común que la resistencia actual a cualquier tipo de licuefacción cerebral nos impida dar cabida a la entropía? Esto es, a lo entrópico de la realidad distorsionada. ¿Amelia?

Un cocodrilo sentado en un pupitre levantó su cabeza de las notas, y se acomodó los lentes con expresión nerviosa.

– Eh, pues, no; no creo, no.

– Error. No sólo es común, sino preceptivo para asombrarnos con la prestidigitación misma. Eleuterio, lee el tercer párrafo del capítulo que acabamos de comenzar.

Una chica pelirroja abrió una copia del mismo libro con ojos, cuidando no picar ninguno en el proceso.

– No, olvídalo. Ni siquiera tienes el libro abierto. ¿Alguien más?

Una pared de ladrillo rojo que también estaba sentada en uno de los pupitres del auditorio levantó la mano.

– Adelante, César.

– “La liquefacción per se es lo que habilita las distintas expresiones de prestidigitación. A pesar de que la masa gris no pueda regresar a su original estado, no es necesario una vez que se liberan las capacidades entrópicas craniales. Es entonces irrelevante desear el regreso a un estado inferior de sintaxis dimensional, cuando el dominio de la entropía se vuelve un medio más limpio y puro para transmitir la densidad de la existencia”.

El profesor asiente, sobando su corbata roja. Aspira el olor a moho del auditorio verde, y remueve una liana que colgaba del techo.

– ¿Qué te dice este párrafo, César?

El muro se remueve incómodo en su pupitre, evadiendo la mirada incisiva de ojos verdes que su maestro tenía. Después de un silencio corto, responde.

– Sinceramente, no creo en esto, maestro. Es insultante a mi religión, me niego a afirmarlo.

– No se trata de tus convicciones, sino de lo que está probado por la experiencia y la tercer vía del asombro de Mendeliev, César.

– Quédese con su Mendeliev.

El muro de ladrillos se puso de pié, tomando su mochila en hombros. Pero el profesor detuvo la clase y pidió una oportunidad al chico carmesí de demostrar lo indemostrable.

– De verdad, no deseo hacer esto, profesor.—decía mientras bajaba al centro del auditorio selvático.

– La licuefacción cerebral solía ser un método de tortura, hasta que se descubrieron sus posibilidades cósmicas y existenciales—dirigiéndose a la clase, mientras dejaba una mano pacificadora en el hombro del muro rojo y blanco. Hedía a cemento—y desde ese momento, el ser humano se ha cuestionado por cuál de las dos vías proporciona la complitud del ser: la muerte, representada por una religión igual de muerta—hizo un ademán hacia César—o la evolución existencial, representada por…—sacó de un cajón del escritorio un licuefactor portátil. La clase emitió sonidos de consternación, y uno preguntó si tenía permiso legal para portar un licuefactor.

– Por supuesto que tengo un permiso legal. Después de todo, soy experto en la materia, ¿no?

Colocó el arma en su sien, apretó el gatillo sin avisar a la clase, y hubo gritos cuando de sus orejas comenzó a gotear un líquido rojo y grisáceo, que se convertía en polvo blanco al tocar el suelo. Acto seguido, el profesor se elevó en los aires. Para todos parecía cosas diferentes: un ojo omnisciente, y un grifo plateado, y un hilo de estambre, y un vacío beige. Haciendo uso de las poderosas magnitudes de las que acababa de ser consciente, transportó el salón con un movimiento de las manos a una dimensión celeste, de aire grueso y palmeras con la consistencia de los gajos de toronja. Probó una rama, y escupió por el sabor amargo, tosiendo, limpiándose la saliva con el cuello de su playera, con dolor en su frente, por haberse quedado dormido sobre los exámenes que revisaba.

– ¿Te quedaste dormido haciendo cosas de la universidad, de nuevo?

– Sí, amor—le contestó, sobándose la barba y el bigote.

– Bueno, te traje un café para que te despiertes. Es sábado, puedes terminar eso más tarde.

– ¿Por qué más tarde? Ya casi acabo…

– Bueno, pero terminando, vienes a ver la tele conmigo.

Le dejó la taza, y cuando ella se retiraba, el profesor recordó.

– ¡Oye! Te soñé. Eras una estudiante en mi clase.

– ¿Ah si? -Preguntó coqueta, regresando al marco de la puerta.

– Pero no pasó nada—dijo sonriendo, mientras le acariciaba su brazo verde y escamoso.

– Tal vez luego pase…—se fue dándole un beso con su hocico de cocodrilo.

Él rió, luego dijo en voz alta, mientras buscaba sus lentes—Era mi clase de Entropía Prestidigitada

– Nada más tú sueñas con tu trabajo. ¡Aburrido!—le gritó ella desde la sala—¿Aburrido, yo?—dijo jugetón, mientras se levantaba de su escritorio, y cerraba el libro con ojos gelatinosos, frenéticos y vivos en la portada.

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