6 ♦ – El Eterno Cortejo

Por Quidec Pacheco

Olenka Sharápova no daba crédito a lo que veía. No daba crédito a nada, eso es dejar a la suerte hacer su trabajo. Y cuando uno es bueno, no ocupa suerte. Eso es muy poco profesional.

El pasamontañas le calentaba la boca, y aplastaba su cabello corto. También lo usaba para evitar cualquier destello de su pelo, pero era inútil, ahora que se daba cuenta que las luces estaban encendidas en todo el enorme museo. Sobre el mármol afilado, bajo la bóveda negra, la cobertura cristalina de los 6 diamantes hecha trizas en el suelo. El guardia muerto sobre sus añicos, con una filosa punta atravesando su cuello inmóvil.

Ni una sola ventana alrededor. Se había asegurado de inhabilitar las cámaras de seguridad antes de entrar, y podía ver en la mano del hombre la tarjeta roja. La tarjeta que debía estar sobre el mando de control en la habitación de vigilancia, para que los sistemas de protección se activaran. Sin alarma, sin testigos, sin dificultades. Sólo tenía que acercarse, tomar las joyas, y listo.

Avanzó poco a poco, sin hacer sonido con su suela de goma. El traje negro era un evidente punto en la totalidad del museo. Una mancha en hoja blanca. Llegó al lado del hombre, desangrado por completo. Calculó su tropiezo, tumbando la cubierta de cristal y accidentándose. Una rosa en su mano, “para mi única flor, Olenka”.

Susto.

Detrás del mensaje, una fotografía de él con otra mujer de ojos verdes y cabello negro. No ella.

¿Pero, cuáles son las probabilidades?

Tomó los diamantes en su mano y se sentó en el suelo, quitándose el pasamontañas. Con ambas palmas los sostuvo entre sus palmas, como orando. ¿A dónde iba la realidad con esto, qué sugerían las circunstancias? El hombre no debía estar ahí, sino con su esposa, celebrando su aniversario. Las joyas, no deberían de estar en su mano. El lugar, no tan accesible… Al final, todo parecía tan desnudo. Tan barato.

Pasaron unos minutos, en los que se sintió profundamente conmovida.

Poco a poco, fue deslizando su espalda hacia arriba, contra la columna de roca volcánica, y volvía a estar de pie. Colocó con perfecto cuidado los diamantes en su lugar, tomó la rosa y aspiró el aroma. Con una sonrisa, la volvió a dejar en el suelo, y una leve sacudida de su cabeza.

Marchó de regreso por donde vino, para robar otro día. Mientras tanto, la suerte seguiría esforzándose en su cortejo, enamorándola con coincidencias y casualidades.

Hasta que ella aceptara ser poco profesional, y más suertuda.

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