5 ♠ – El Gran Cincinnati

Por Luis Marroquín

Las luces intensas siempre lograron llamar su atención. Y esa madrugada, el espectáculo infernal lo distrajo de entre las miles y miles de variables que de manera natural, su mente evaluaba en cada partida y en cada oportunidad que tenía de jugar a los naipes. Ese día el centelleo de las luces erráticas que apuntaban hacia su presencia marcaron su gran pérdida. Hipnotizado y adormilado sucumbió ante la imagen de su gran sueño. Aquello que creyó era su verdadero propósito en la vida.

Cincinnati parpadeó y detuvo su mano a media distancia antes de arrojar una nueva carta al centro de la mesa. Por extraño que parezca, hoy en su mente triunfó la duda siempre presente a la decisión del instinto al que siempre le confió sus movimientos más arriesgados sobre la mesa de juego. Lanzó el rectángulo de cartón y arriesgó todo lo que desde aquella mañana, sin saberlo y en el momento justo en que aceptó el reto, había dejado de ser ya de su propiedad. Nada pudo hacer ante la inminente derrota construida por sus compañeros de juego que tanto habían barajado el plan para dejarlo fuera de las apuestas de una vez. Ya no soportaban el verlo llegar con su sonrisa traviesa y su tartamudeo fingido; tanta pretensión desbordada entre sus corbatas limpias y los zapatos lustrados. Tanto ego entre sus manos pulcras y sus camisas a medio brazo que mostraban unos antebrazos velludos y extrañamente peinados. Tanta seguridad al momento de sentarse sonreír con los labios húmedos y mordisquearse la parte interna de su mejilla derecha dando la señal de que estaba listo para todo y para todos. Nadie era intocable, nadie es paseaba arriesgando lo que más quería con la seguridad divina de que jamás lo iba a perder. Todos estaban hartos de la imagen perfecta de Cincinnati y sus apabullantes victorias.

Esa partida fue sólo una puesta en escena para despojarlo de sus fuerzas mágicas, aquellas que lo habían llevado a convertirse en el jugador más grande de todo el pueblo. La reunión se dio al caer el sol. Los involucrados pasaron a tomar sus lugares en calma. Ya sentados las reglas se plantearon por mera cortesía y protocolo, las apuestas se presentaron y sin más retrasos el primer juego dio inició. Las horas comenzaron a acumularse en los jugadores por las espaldas acalambradas y la poca circulación en las piernas. Se construyeron amenazas invisibles sólo descifrables al percibir el estrés en la mirada dura de los apostadores. El silencio y los latidos fueron testigos de los conteos de cartas ayudadas por dedos inquietos y esas sonrisas macabras que trataban de incomodar a aquellos con alguna partida no muy buena. La noche transcurrió, el dinero en la mesa se incrementó hasta perder proporción de lo que ahí había. Al amanecer el estrés se disfrazó y como se había quirúrgicamente planeado; Cincinnati ganó la primera partida enmarcándola con una sonrisa torpe que incrementó el hartazgo en sus compañeros hacia su persona. Contento se puso de pie dejando, como siempre lo hizo, por unos momentos toda su ganancia sobre la mesa para apreciarla. Fastidiados los presentes lo observaron a que terminar su estúpido ritual. Se permitieron medio día para descansar pues ya era media mañana. La siguiente partida comenzaría a las 7 de la noche. Cincinnati durmió tranquilo construyendo y soñando con ese futuro mágico en el que las ganancias de sus habilidades lo rodeaban y lo llenaban de bendiciones sin fin. Sobre su cabeza, construida torpemente por su mente infantil, lo acompañó sin descanso la imagen siempre cambiante de una casa propia, cuyas características siempre presentes consistieron en: una altura de dos pisos, escaleras recubiertas finamente de oro extraído de alguna mina Africana que sus contactos políticos le hayan encontrado y un desfile interno de alfombras exóticas del Medio Oriente escogidas en aquellas tierras de ensueño por algún Jeque que se convertiría en amigo suyo y compañero de parrandas. Y despejaría un espacio en el centro de todo para, a modo de corona, colocar aquello que le recuerda lo que es y que en transitar de su vida de juego y despilfarro, descubrió como su amuleto y carta favorita; el 5 de espadas.

La noche se presentó fresca y una tormenta despertó sonrojada en la lejanía. Dentro, en el cuartucho, se comenzó con la partida a la hora en punto. La presentación se omitió. Todos se sentaron e inició la repartición de cartas sin pronunciar palabra alguna. El juego avanzó lento. Cincinnati endureció su sonrisa y fabricó una expresión hasta hace unos segundos natural. Sus años de experiencia le hicieron percibir que algo andaba mal. Parecía que una lucha entre los demás participantes se estaba librando. Era necesario alguna maniobra de aquellas por las que él era famoso. En un par de movimientos cayeron dos de los jugadores. Cincinnati verdaderamente estresado por el riesgo que conscientemente estaba corriendo, parecía no construir un buen juego. Variables y variables, movimientos dados, cartas lanzadas, posibilidades, sudor, mirada, nerviosismo y lo mejor aún, impaciencia, nadie sabia controlar la impaciencia tan bien como el mismo Cincinnati. Arriesgó, arriesgó como un soldado raso; sin sentido sobre la idea de un bien mayor a él mismo, todo lo que tiene. No hubo marcha atrás, no era un jugador novato, ni alguien que se amedrentara fácilmente, Cincinnati se tomaba muy enserio su trabajo. Luchó por varias horas, cambiando cartas y arriesgando más dinero, más, mucho más dinero del que pudo siquiera conseguir en todos sus años de carrera como jugador. El plan comenzó a tomar forma y quedó claro que uno de los jugadores contaba con el apoyo de los demás. Parecía que habían estado trabajando para bloquear, si es que eso pudiera lograrse, las posibles jugadas de Cincinnati. La dificultad fue clara y por primera vez en muchos años un sudor frío detuvo su respiración. El de al lado lo sintió, el de enfrente, el de atrás, todos en el cuarto, todos en el edificio percibieron que algo había truncado la magia del gran Cincinnati. Todos inclinaron su cuerpo hacia la mesa en un reflejo embriagador de victoria. Cincinnati dejó dos cartas, tomó otras dos y enseñó su jugada a los estupefactos testigos. Logró ganar con la ayuda de su carta favorita; el 5 de espadas.

Dejando ahora cada vez más claro que la magia de su juego era tan real como el botín ganado. El juego terminó pasadas las 12 de la tarde. Pidieron el desayuno al cuarto. Comieron en silencio y no pudieron dejar de mirar enfurecidos la cara iluminada del ingenuo de Cincinnati. Recostado, no dejaba de masticar y mirar al techo re-imaginando la distribución de los cuartos de su casa sin dejar afuera las escaleras doradas y los tapetes orientales escogidos por su buen amigo el Jeque. -Nadie tiene tanta suerte, ni siquiera tu Cincinnati- Comenta uno de ellos. Molesto, se reincorporó viendo caer a pedazos la construcción de su casa de ensueño. Sin la intención de continuar con la provocación terminó por responder entre dientes. -Gracias por el consejo.

La tormenta llegó presentándose en silencio, marcando con una luz repentina la forma rectangular de la ventana sobre el suelo de madera rancia. Cincinnati sonrió y su mirada se concentró sin control hacia lo que aquella ventana presentó en su exterior. Faltaba un juego más. Todo o nada. Decían que las luces intensas siempre lograron llamar su atención. Se acercó a la ventana como una palomilla hacia un foco de luz incandescente. Lo siguieron con la mirada. El reflejo de su sonrisa estúpida sobre la ventana salpicada por la lluvia les hizo a todos remover el seguro en sus armas bajo sus sacos y sus abrigos. Ellos lo sabían, se habían armado no solo de valor, sino de municiones suficientes para dos guerras mundiales. Un jugador talentoso y sin más malicia que la de un pobre diablo se rodeó de gente peligrosa. Lo único peligroso en él fue su manera mágica que tenía de dar vuelta a un partido perdido. La confianza en el juego la transportó a su suerte ciega por resultar ileso en contiendas que terminaron con extrema violencia. Así que después de un par de confrontaciones con otros grupos menos pacientes, la idea de cargar armas para defenderse no estaba siempre presente en su mente al despertar. Jugaba por el placer de sentirse mejor que los demás y de cierta manera, por tener el control en un circulo que sin otra capacidad sería imposible hacerlo. Sentía que los dominaba donde más les dolía y ellos no podían hacer nada al respecto. Los demás jugaban por el placer de ganar dinero fácil, tal vez al principio por diversión, pero la manera de perder ante Cincinnati, hacía que el juego se convirtiera en algo mucho más personal. Cincinnati no mataría por recuperar lo que hubiera ganado, tal vez hubiera podido matar por volver al juego. En cambio sus compañeros, mataban por liberar la frustración de no sentirse los dueños del lugar. Era una celebridad en su circulo y hasta lo apreciaban en cierto grado, pero cada vez soportaban menos la buena racha de Cincinnati.

El juego se fue construyendo lento y largo. Los repentinos relámpagos dispersaban la perfecta concentración de Cincinnati en el juego. Los involucrados, ya cansados no pudieron organizarse en sus movimientos y parecía que iban dejando el camino libre a Cincinnati cuando sorpresivamente, dos de ellos simplemente se retiraron. Llegó el amanecer y el juego no parecía tener un cierre claro. La tarde apareció, la lluvia se intensificó y de pronto se descubrieron con los ojos cansados recibiendo de nuevo la noche saturada de relámpagos y una tormenta incontrolable. Los brazos cansados, los ojos llorosos y nadie pretendía dejarse superar por nadie. El plan por vencerlo, tan “magistralmente” realizado por un puñado de desesperados matones, pareció caerse a pedazos en ese momento en el que los que quedaron todavía en la partida, luchaban unos con otros por el honor de haber sido ellos quienes derrotaron a Cincinnati aquella gran partida que duró tres días. Se pidió una pausa en el juego para descansar, a lo que Cincinnati se negó. -Es ahora o nunca. La tormenta dejó de abrumar con sus luces al cansado de Cincinnati. Los jugadores exhaustos hicieron sus movimientos con el deseo de terminar y dar inicio; una carta de más por aquí, otra de menos por acá. Se miraron por última vez una y otra vez. Habían hecho historia en ese momento, eran ellos contra el gran hombrecito acicalado que se daba el lujo de deambular por las diferentes células de la mafia, ganándoles el dinero y saliendo ileso en cada confrontación.

El Gran Cincinnati lo llamó uno de ellos. -Esperen todos, aquí estamos con el Gran Cincinnati a punto de demostrarle que nadie, ni siquiera él, tiene tanta suerte. Uno a uno fueron bajando sus cartas empuñadas con nerviosismo. Un festejo se dejó escapar seguido de un silbido que provocó se hiciera silencio. Otro se ve derrotado lanzando su cartas a la mesa. Uno más mejoró el juego del primero apretando su mandibula en señal de triunfo. El cuarto no resultó ganador y miró molesto la mueca fija y a punto de explotar de aquel que faltaba; Cincinnati. Congelado en esa posición Cincinnati acercó boca abajo sus cartas. El repartidor lento pero sin poder evitar la experiencia que tenía en el manejo de los naipes las volteó una a una para que todos observerbaran. Un relámpago irrumpió dolorosamente sobre el edificio. Sorprendidos cerraron los ojos, empujaron las sillas para atrás y sacaron las armas apuntando sin disparar. Con el dedo indice sudando pólvora y las balas siendo acariciadas de su parte trasera por el gatillo. Cincinnati levantó las manos tomando sus cartas con la mano izquierda. Hubo silencio entre ellos, el cansancio, el sudor, el hambre, el dolor, el ego, la atmósfera, la oscuridad, un trueno se liberó de aquella tormenta agitando la ventana y mandando una vibración a todo el lugar persiguiendo un movimiento en cada piso, en cada madera, en cada pie que estuviera sosteniendo con dificultad un arma.

Un disparo y un segundo relámpago iluminó el cuarto. La ventana rota, una cara desgarrada por la penetración de una bala. Un pie herido, un balazo en la espalda de alguien. Un brazo que soltó el arma al sentir los borbotones de sangre correr por su cuello. Un ruido tras otro que se confundieron con ecos en los cañones de las armas y estas acompañadas por los flamazos de un cielo agitado. Una mirada hipnotizada descubriendo la belleza de un gusto entre los espasmos de luz que presenta esta noche lluviosa. Una mirada a la que se le va la vida. Cincinnati soltó todas sus cartas que cayeron como hojas secas de otoño hacia el piso sucio y pegajoso y sobre esas cartas cae su cuerpo muerto de cinco balazos en el pecho y pegada, entre sus dedos ensangrentados, su carta favorita; el 5 de espadas, mientras en su despedida de este mundo las luces que tanto lo hipnotizaban, le daban pie a que cerrara la puerta principal de su casa de dos pisos en la que apresurado corrió por las escaleras de oro para echar un ojo a su naipe enmarcado en el centro de la estancia y llegar a su cuarto para cerrar las ventanas y no permitir que sus caros y exóticos tapetes fueran a mojarse antes de la llegada de su buen amigo, el Jeque de Medio Oriente.

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