Sueño B: Clarín

Por Nazareth Moyeda

No conocía otras casas de ópera, pero sentía una gran seguridad de que no había una mas hermosa que la que tenía en frente. Pasando la gran puerta de cristal, Fátima llegó a la sala principal, estaba cubierta de alfombras rojas, y justo en frente estaba una gran escalinata con deslumbrantes barandales dorados. No había lugar más elegante, la casa de la opera era también la casa de los más ricos y pedantes personajes de toda la ciudad, que llenaban la gran sala con el olor de los perfumes más caros, y los destellos de las más valiosas piedras preciosas que su dinero mal ganado podía comprar.

Al pie de las inmensas escaleras, Fátima posó su mano sobre el barandal y comenzó a subir. La música se escuchaba a lo lejos, la orquesta ensayaba, la melodía era dulce, lenta; Fátima siguió el sonido de la música hasta el final de la escalinata, donde había una gran puerta de madera oscura. Al abrir la puerta la música sonó mucho más fuerte, pero el cuarto estaba oscuro.

Entró.

Tanteando con las manos en búsqueda de lámparas o velas, sintió casi al instante el suave terciopelo de un par de cortinas. Al correrlas, una luz incandescente llenó el cuarto, revelando la fuente de la maravillosa música.

No había más que un montón de instrumentos, todos tocando por sí mismos, moviéndose de un lado a otro en medio de un baile elegante.

– “Buenas noches tenga usted, Señora”

Ella se da la media vuelta para encontrarse con un hombre alto y corpulento con bigote cano. La mira alegremente y con la cara en alto.

– “¿Ve usted lo mismo que yo veo?”

El hombre recorrió la sala con la mirada.

– “¿Hay algún problema?”

– “¿Pero qué no ve? ¡Los instrumentos tocan por sí solos!”

– “Me temo que no comprendo”

– “¡Los instrumentos tocan por sí solos!”

Fátima salió corriendo hacia las escaleras, decidida a anunciarle a todos que la casa de la ópera estaba embrujada. Corría tan rápido como sus zapatos altos le permitían, sosteniendose del barandal dorado para no caer.

Corrió.

Corrió.

Corrió.

Alguien detrás de ella la tomó del brazo.

– “Princesa, ¿otra vez?”

Fátima se sentó en su cama.

– “¿Mamá?

– “De nuevo los instrumentos tocando solos, despertaste a tu papá otra vez, y él me despertó a mí para que viniera a despertarte a ti.”

– “Mamá, discúlpame, en serio que yo”

– “Nada, Fátima, ya habíamos hablado de esto y quedamos en que dejarías la orquesta si volvía a pasar, es demasiado tu estrés, y ésta familia necesita dormir. Mañana mismo hablas con el director, si tú no lo haces, lo haré yo misma”

Su madre sale del cuarto, arrastrando los pies por el sueño.

Fátima vuelve a recostarse, fijando su mirada en el techo…

“Igual y tocar el clarín no es tan genial que digamos”

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