4 ♣ – Tacos Casuales

Por Quidec Pacheco

Y Paco se quedó mirando su taco abierto, el cerdo rojo gritándole desde el plato blanco, el verdor encima revolcado en cebolla, excepto que había algo que no era cilantro.

Cuatro tréboles verdes, de cuatro hojas cada uno.

Manuel le daba una mordida a su bistec, mientras extendía la mano. Luego movía sus dedos gordos frente a la cara de Paco.

“¿Mande?”

“La sal güey. Que me la pases”.

“No no, es que, mira esto, vato”.

Manuel detuvo su jaleo dactilar, frenó su mastique con los cachetes llenos y la salsa roja en su barba de chivo. Inclinó un poco la cabeza hacia arriba para hacer contacto visual con lo que tan drásticamente había detenido su ritmo alimenticio.

“No veo güey. ¿Qué es?”

“4 tréboles. De 4 hojas. ¿No es eso, de que, un chingo de suerte?”

Siguió masticando, ahora con una sonrisa en sus labios apretados, estirándose cuanto le permitía su barriga para arrebatar la sal de la derecha de Paco.

“Eso no existe güey. La suerte. Eso es puro pedo”.

Paco no sabía si separarlos de la carne con su dedo y guardarlos en su cartera, o hablarles con alguna frase mágica.

“Pero, si de por si, dicen que está cabrón que te salga un trébol de 4 hojas. ¿Ahora 4 de una vez? ¿No crees que es raro?”

Movía la carne con el tenedor de plástico, como esperando la respuesta de adentro del taco.

“Mira, te voy a ayudar”

Después de su máxima, Manuel agarró uno de sus tacos de bistec, y más rápido de lo que Paco hubiera pensado posible, se lo cambió por el taco de trompo entreboleado. Tardó 2 segundos en ponerle las salsas y una exprimida de limón.

“No, Manuel, güey-“

Pero el taco ya estaba dentro de su boca. Al separar la mordida, pudo ver uno de los tréboles destrozado por la mitad, los demás ya se alojaban entre los molares de su obeso compadre, que pasó a limpiarse el sudor de la frente. “Ya, se acabó el pedo”. Paco suspiró por su taco tumbándose en la silla metálica, recargando su cabeza para ver el cielo estrellado.

En ese mismo momento, Manuel recibió una llamada que le explicaba cómo su tío abuelo segundo acababa de fallecer, y le heredaba suficiente billete para comer tacos diario lo que le restaba de vida. Cuando se puso a bailar tirando la mesa, mientras gritaba “No hay pedo, lo pago”, Paco hervía por dentro, una bilis le gritaba “injusto” y “cabrón” en unísono, como alentándolo para plantarle un golpe en el hocico.

Manuel, perceptivo y picudo, le preguntó a su compadre que qué le pasaba. Paco alegó que la fortuna le pertenecía a él, que eran los 4 tréboles los que le trajeron la suerte. Pero Manuel dijo:

“N’ombre, se lógico, carnal: Si los pinches tréboles fueran tan suertudos, la misma suerte hubiera impedido que yo te los quitara, ¿no? La suerte no existe, todo es al azar”.

Paco suspiró.

Por casualidad.

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