Beso 47: El Más Rico del Mundo

Un chico y una chica que se amaban con locura tuvieron que separarse. Ella subió al barco, y no podía dejar de mirar hacia atrás, como quien olvida su boleto para abordar el resto de la vida. Él gritaba y saltaba salvaje para no confundirse entre toda la gente, y que ella pudiera mirar su rostro, aunque fuera una última vez. Ella lloraba y en gritos disparaba “Te Amos” directo a su corazón. Él no despegaba sus ojos de los brazos que tantas veces lo habían sostenido, las pecas que tenía más que contadas en su cara, los labios que deliciosamente besaba. Fue entonces, cuando lleno de determinación, puso su mano sobre su boca y encerrando toda la potencia pasional en él, lanzó un beso con el magistral sabor de su amor. Lo sopló de su palma, y éste salió dirigido como golondrina. Lamentablemente, por un empujón inesperado de pasajeros apretados, ella se movió de lugar y el beso pasó de largo hasta llegar al agua. Los enamorados no volvieron a verse nunca más.

El beso mojado nadó hasta la costa, y respiró agitado. Tenía que llegar a ella, a como diera lugar. Tenía que dar el mensaje del amor, para eso vivía. Subió al muelle trepando por las sucias anclas de viejos buques, y halló en un callejón pedazos de trapo, que limpió con el agua salada y usó para lustrar zapatos. Vivió así tres meses, consiguiendo suficiente dinero para comer y comprar mejores materiales para limpieza de calzado. Su determinación le ganó enemigos en el lado pobre de la costa, pues robaba los mejores clientes por su gran enjundia y bajos precios. Nadie lustraba mejor que él, y aunque varias veces sufrió de ataques competitivos y violentos de pandillas enemigas, siempre sobrevivía para contarla. Al fin, tuvo suficiente capital para comprar un boleto rumbo al mismo destino que la chica del beso, que habría estado esperando recibir en sus labios el jugoso y dulce amor que guardaba dentro de él. Empacó sus cosas, tomó sus ahorros, compró el boleto, y zarpó rumbo a Europa.

Al llegar tuvo dificultades para comunicarse, pues sólo sabía español y todos hablaban en diferentes idiomas. De la manera que pudo, llegó a Francia y trabajó en pequeñas tiendas de víveres y cafés, durmiendo en hostales y buscando a la chica por doquiera que su pequeña mente de beso le pudiera sugerir. Un año tardó para obtener una mejor posición en un restaurante y poder pagarse un piso para vivir, así que a partir de ese momento, tuvo oportunidad de viajar un poco más, y se dio a sí mismo dos días de descanso para tomar fuerzas y seguir su búsqueda. Llegó por tren a Italia, y ahí encontró, bajo el árbol de un parque napolitano, a la chica besando a otro hombre, con las hojas de otoño cayendo alrededor. El beso se entristeció, y caminó por las calles de Nápoles intentando recapacitar en dónde hizo mal, qué fue lo que pasó, y cómo es que tardó tanto. ¿El amor se va así de rápido? Se topó con un pequeño que lloraba. Lo tomó de la mano, y le preguntó, de la manera más clara que su pobre español y mediano francés le permitían, en dónde estaban sus padres. Con fortuna, el chico hablaba el idioma del amor y le dio claras indicaciones para devolverlo a su hogar. Al llegar, los padres preocupados le agradecieron infinitamente y lo invitaron a cenar. Tal vez fue el vino, o la tristeza que le pesaba, pero ahí contó todo su viaje desde la boca de aquél chico enamorado hasta su decepción en la reciente tarde. Un viejo hombre que se hallaba sentado a la mesa, regordete y noble, acicaló su blanco bigote y le propuso trabajar con él. Dijo que ocupaba socios con la fibra moral que él había demostrado. Argumentó que no sabía nada del negocio que le proponía, pero el viejo no halló problema en eso, declarando que sólo era cuestión de enseñarle pacientemente.

Tres años después, el beso trabajaba de ejecutivo en una compañía de exportación franco-italiana y lograba muchos viajes entre los países. Se hizo de un condominio, más nunca se dejó llevar por la avaricia: tenía bien colocado en su labio superior que uno debía seguir fiel a su identidad, y él seguía siendo un beso muy sabroso, siendo toda esta compañía y su trabajo en específico, un medio para echarle una mano amiga a los demás. En una noche muy tormentosa, recibió la fatídica llamada que declaraba al jefe de la compañía muerto. Para su sorpresa, también dejaba por escrito en su testamento que todas sus posesiones, a falta de un familiar cercano vivo, los dejaba para el beso. En el entierro, se encontró con sentimientos antagónicos, pero determinación renovada: observó que dentro de sus bienes se hallaba el distrito en el que vivía la chica que tuvo que haber recibido el beso tantos años atrás. Planeó maquiavélicamente su estrategia, con lo que logró comprar la mayoría de los mercados que rodeaban su casa. Le decían que era un capricho, pero no le importó, y teniendo completo monopolio del mercado alrededor, mandó una nota a la chica, que ya vivía con su esposo y primer hijo, en donde decía en letra cursiva y elegante: “Él te amaba. Hubiera deseado que fueras feliz”. Acompañando al papel, había una lista de todos los precios que bajarían en el mercado alrededor durante los primeros años de vida de su bebé, para que pudiera comprar más fácilmente todo lo que necesitara. Ella derramó unas lágrimas incontrolables, como las que habría de llorar en aquél barco hacía tantos años, y agradeció al cielo por tantas bendiciones que el amor verdadero traía consigo.

No pudo quedarse callada, y la noticia de la desinteresada bondad del beso corrió como espuma. Poco tiempo bastó para que el prestigio y renombre de la compañía que el beso dirigía se fuera a las nubes, y recibiera peticiones de colaboración y asociación con empresas europeas, africanas, asiáticas y americanas. Durante décadas creció con la firme decisión de ser un buen beso y manejó su imperio con la mano firme y digna de un monarca virtuoso. Fue así que se convirtió, en el beso más rico del mundo.

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