Beso 44: El Tráfico

– Karla, si vas a frenar, frena bien.

Ella fijó la mirada en las figuras de palitos de la camioneta enfrente. Alan era un copiloto del asco.

– Bueno, conste. No me vayas a estar pidiendo ayuda si chocas.

– Estoy frenando bien Alan. Ya cállate.

Seguía clavada en la familia de trazos, en la esquina izquierda del vidrio trasero: 3 niñas, mamá y papá, un perro. Todos en bolitas y palitos. Sentía la mirada entrecerrada de Alan, el Alan que al fin se subió con ella al carro, el que insultaba día a día con la esperanza de que la empujara, accidentalmente resbalara por encima de su hombro y aterrizara en su boca, en un beso involuntario pero, tan esperado…

Suspiró al libro nuevamente, ignorando a Karla y acomodando sus lentes. Eso quería Karla, para poder ver de reojo sus dedos largos y delgados, su quijada angular. No era que le gustara el odio mutuo que se mostraban, más bien, era el alcohol que desinfectaba la herida con dolor, para evitar que la infección se expandiera hasta su cerebro, la dominara por completo, la tirara en sus brazos. Se le cae el libro de las manos por un frenón.

– ¡Karla!

– ¡Si no te gusta maneja tú, güey!

Avanzaban a vuelta de rueda. Donde se agacha para recoger su novela victoriana, otro frenado le hace golpear su cabeza en la guantera. Karla se quita el cinturón, toma su cabeza como al volante en una curva.

– ¿Estás bien? Ay no, no no, perdón Alan, perdón.

– Si, no te apures, fue un accidente. No te apures.

Una línea roja comienza a bajar por su frente. Ella, alerta, cierra la guantera para ver algún rastro del golpe: en la protuberancia metálica que abre la compuerta, sangre. Fue un golpe con el filo.

– Alan, no te mueras.

Él se ríe. Pone su mano sobre la de ella.

– Es un raspón, tonta. No pasa nada.

Ella acaricia su pelo.

Él se levanta los anteojos.

Ella le pega en la nariz y ambos resbalan hacia el parabrisas, cayéndose torpemente de sus asientos. La defensa bajo la camioneta familiar no se ve, pero Karla sospecha un horroroso descuento de sus ahorros para arreglarla. Ambos se bajan y el hombre bigotón y moreno de la camioneta ya está inspeccionando la parte golpeada de su carro.

– Señor, discúlpem-

– No, nombre mija, no te preocupes. Ni le hiciste nada, mira.

El hombre se puso en cuclillas para enseñarle la parte donde sólo se raspó un poco de pintura.

– Fue un besito.

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