Beso 42: El Chino

Decía mi mamá que entre las sábanas yo parecía un rollito primavera. Con los dobleces crispados de la colcha como aceitado, templado en el hervor de un verano mexicano, mi carita morena y el olor de arroz freído entrando por la puerta. Me cuenta que cuando estaba yo en su panza a cada rato se metía un combo de dos guisos del restaurante chino. Los probó todos, y hasta la fecha, no los ha podido dejar.

No teníamos los recursos para comprar muchos lujos, así que mis tardes se reducían en la lectura de libros que le regalaba el Don Chema a mi mamá. Claro que, su verdadero nombre era 东邪猛 (Dōng Xié Měng) y los libros, ahora sí que estaban en Chino. Pero me ayudó a plantear mis metas bien firme: tener mi restaurante de comida asiática, una fusión de las ocho regiones, a pesar de que mi país no supiera diferenciar entre el estilo Cantonés, Hunan y Sechuan. Otros compañeros querían ser policías o bomberos, pero yo tenía en la más alta gloria el freír, glasear y evaporar.

Así llegué al asiento trasero de un auto asiático. Con 30 años, uno pensaría que tendría un sentido común más desarrollado, una conciencia habitual de lo que me rodea, pero con una madre como la mía, China es familia. Cuando mamá murió, comencé a ir todos los días a el local de comida china que estaba cerca de mi apartamento, y a visitar otros en la ciudad. Después de unos meses, el mismo chico que hablaba en un acento sesgado cada vez que yo ordenaba un guiso, me preguntó si quería vivir por siempre en el restaurante.

No lo pensé dos veces cuando me ofreció un rollo primavera gratis. Lo acabé de dos mordidas, y me sentí cálido. La calidez recorría mis extremidades, me adormilaba, me paralizaba, hasta que caí de espaldas sin poderme detener. El hombrecillo era más fuerte de lo que sus rasgados ojos revelaban. Me cargó hasta su automóvil, cerró la tienda, y manejamos durante horas.

Llegamos a un edificio gigantesco, rojo, en medio de la nieve. Yo vivía en el norte de México, la nieve pasa, pero no es tan común. Salió un individuo del edificio con una silla de ruedas, en donde ambos me colocaron con mucho esfuerzo. El chico que me envenenó lanzó un abrazo contra el otro, y comenzó a llorar. Profusamente. Minutos después, ya estábamos en la primer sala, que parecía la entrada de un restaurante tradicional chino.

Me llevaron hasta una habitación dorada, en donde nos sentaron a mi, y al chico frente a frente, con una tabla en el centro, que tenía un pedazo de pollo freído, grande, verde cristalino. Empezaba a ganar movimiento, y debajo tenía un tazón en el que entraba mi silla. También debajo de él. Corrían sus lágrimas hasta que alguien le dio una señal a través de una ventana. Tomó el pedazo de pollo, y lo besó.

Su piel se derritió. Caía a pedazos revelando el tejido rojo del músculo, la perla natural del hueso, luego nada. Todo se convertía en un glaseado ámbar oscuro, transparente. Una máquina tomó al chico líquido y lo acercó a mi cabeza, poco a poco, vertiéndolo en mí. Me agité salvaje, intenté patear, pero en nada ayudó: pronto me vi convertido en un Pollo del General Tso, versión humano.

Y fue extraño. Una calidez. Conforme la miel se iba endureciendo, sentía mi fisonomía cambiar, adaptarse y fluir como parte del platillo. Costó un poco calmarme, después de que se quebró el cascarón me sentí más ligero y fuerte, pero otros hombres entraron por una puerta para detenerme y arrojarme a un cuarto con espejos, hasta que me tranquilizara.

Mis ojos rasgados. La piel ya no estaba quemada por el sol, parecía freída con rayos amarillos del mismo astro. No podía pronunciar bien las palabras, aunque supiera el sonido de las sílabas como me sabía a mi mismo. Luego me explicaron mi nueva realidad, de cómo iba a atender el restaurante que el chico antes de mi había dejado, y que cuando estuviera listo, trajera a alguien más para que me liberara, como él había hecho. Que éramos una gran familia.

Supongo que esta es mi vida ahora. No puedo salir de este local porque ellos saben. Sólo vivo para freír, glasear y evaporar. Y todos los días, estos olores me recuerdan lo que siempre había sido mi vida, a mi madre, Don Chema, y la soledad, que no ha cambiado.

Y me deja un sabor agridulce.

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