Beso 41: El Mesiánico

Luis, estás en la puerta de la prepa. Como que no quieres entrar. ¿Qué pasa?

Ah, lo de los besos. Pues sí.

Ponle que si fueras más vivo, de ojo alegre, te gustaría. Pero no, yo ya sé cómo te pones, que no te gusta, y el acoso te pone los pelos de punta. Apenas hace una semana eras el sonso de segundo semestre. Y hoy, el “Mesías del Beso”. ¿A quién se le ocurrió?

A Magda. La primera. Tres años tras ella, oliendo su cabello, mirándola de lejos, hasta que te habló en el laboratorio. Ni siquiera sabía que existías, y luego, la cautivaste, así como ella te tenía cautivado desde hacía tanto. Gustos similares, ropa interesante, alguien con quien airar problemas familiares y, tanto así se quisieron, que se gustaron. Y tanto se gustaron, que se besaron, una noche, saliendo de la tienda de música. Y pasó, vio en su mente el nombre, la edad, la ubicación, el futuro: todas las cosas que debía conocer de su alma gemela, su hombre perfecto… y no eras tú.

Te explicó lo visto. Te descartó, amablemente. Le contó con sus amigas. Al día siguiente, Pamela te preguntó si podía verte.

Bajo las escaleras te expuso su teoría, lo suficientemente convincente como para dejar tu corazón doliente ser acariciado por los labios de una chica diferente. Y volvió a pasar. En el beso vio al hombre que tendría para siempre, tomó al día siguiente un camión a Baja California para hallarse con su dueño evanescente.

Fuiste la sensación. Todas querían un beso del mesías. Una probada del profeta. Un ósculo del oráculo, para salir de sus soledades.

“Necesarias” según tú, “pero poco soportadas”.

Ya se te hacía fácil decirlo, porque ahora eras el que no tenía respiro entre coqueta y coqueta. Caminaste a través de la puerta, y las veías a todas, ver sobre sus hombros y esperar algún momento para aproximarse. Y los chicos, con miradas iracundas, envidiosas, y hasta insinuadoras.

La directora dijo tu nombre en voz alta antes de que un par de gemelas te abordara en el patio. Luego en voz baja cuando te pidió un beso y corriste al baño.

Luis, están golpeando la puerta de la caseta de baño. Ahora lo están arañando. Trepan por todos los lados. ¿Qué vas a hacer, besarlas a todas?

¿Sí?

Agarras aire, te concentras. Te dices a ti mismo que sólo será un día. Este día, y ya. Así lo haces.

Sales besando a tres, cinco, luego pasas al corredor. Regalas besos a diestra y siniestra. En el patio te paras en una banca, hacen fila, pides comida en el recreo y las maestras son prontas en traerte los tacos de chicharrón y papas solas. Para la hora de salida, el personal ya se había ido.

Sin nada más qué hacer, te vas rumbo a casa. En las escaleras, afuera de la escuela, una chica pelirroja en sudadera.

“Hey” le dices, “¿tú no quieres un beso?”

Llora.

“Lo quería. Ya no”.

“¿Por qué no? ¿No quieres saber con quién estás destinada a quedarte?”

Ella detiene sus ojos en los tuyos. Hay rencor, pero también tristeza. Te besa la mano. Te es familiar.

Magda se pone de pie, y se va.

Entendiste por qué no eras tú.

El dorso de tu mano quedó ungido, para siempre.

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