Beso 40: El Testamentario

“Y para Marta, mi mujer y compañera, un beso de amor verdadero”.

La sala del abogado retumbó con los gemidos condescendientes de tías gordas y sobrinos malcriados. Marta no sabía qué era peor, los miles de pesos que aventó entre primos segundos y tías abuelas, o la faja apretada.

“Dejo esta carta de amor, como único registro de mi inmortal infatuación. Sólo para ti, bizcochito”.

Marta extendió la mano para recibir el sobre negro, cerrado con un sello verde limón. José fue un excéntrico hasta el día de su muerte, bebiendo una de sus mezclas de licores. Suspiró. Su papada suspiraba con ella, o incluso más. Los familiares iban vaciando ya la habitación, todos rampantes por ir a canjear sus herencias. El abogado carraspeó, demandó la atención de todos con un

“ANTES. Em, antes de que se retiren…”

Esperó a que el sonido se asentara. Los sobrinos renegaron. Las tías engordaron un poco.

“Don José dejó muy claro, en términos legales, que para que pudieran canjear la herencia, todos habrían de poner a Marta, su esposa, en la herencia propia de cada quien. Esto para que, dada la muerte de alguno, el dinero heredado regrese a ella”.

La mayoría se miraron unos a otros, incomodados. Un sobrino güero con lentes de sol, nieto del primo del papá de José, se puso de pié y con palmaditas en el hombro de la doliente, dijo. “Bueno, peor es nada, ¿no tía?” y salió del recinto, seguido por todos. También el abogado.

Marta sobó el sobre, suspiró diciendo “Ay gordo, ¿qué pasó ahí?”. Abrió el elegante envoltorio. La carta leía:

Marta, bizcochito.

Tú sabes todo de mi corazón. También escudaste mis pasiones ante amigos y familiares, soportaste mis excentricidades durante décadas.

Te pido, si quieres, que las soportes un poco más. Porque no estoy muerto.

Se puso de pié tocando su pecho, como cualquier viuda vieja y sorprendida.

Ando de parranda. Específicamente, en Buenos Aires, comiendo manjar. Esperándote. Porque la verdad, es que por más normal que te me hicieras, yo sé que el mundo no está hecho a tu medida, y que sólo encajas en mi corazón. ¿O me equivoco?

Ella meneó la cabeza, dando una mirada cálida a la hoja negra de caligrafía dorada.

Pero algo en lo que sí me equivoqué, fue en no ser claro contigo. El bar, en la planta baja. La verdad es que desde hace quince años me metí de lleno en esto de la alquimia -es sorprendentemente fácil cuando tienes el dinero- y descubrí algunas cosas. Más específicamente, cómo salirme de toda esta vida exigente y agobiante de los familiares y las deudas. Así que maté dos pájaros de un tiro -bueno, eso, si tú quieres jalar el gatillo, amor.

Arqueó la ceja, comenzó a caminar a su automóvil. Ya adentro, siguió leyendo.

En la segunda página de esta carta, viene una lista de los nombres de todos los que recibieron mi herencia. Dejándoles mi riqueza, ya no me cobran a mí los intereses, inversiones y otras cosas que se hacían con mi dinero a mis espaldas.

La tinta con la que está escrito, es mágica. Cada nombre tiene programado alquímicamente el aliento vital de su portador. La hice de manera que reaccionara específicamente con tu labial café rojito. Ese que tú le dices…

“Ladrillo” dijo en voz baja, con una sonrisa.

Tabique, o cemento, o no me acuerdo. Bueno, tú ya has de saber. Cuando beses el nombre de alguien, en ese mismo momento morirán, dejándote de regreso mi herencia. Yo voy a estar por acá hasta fin de mes, luego me voy a Udaipur. Ojalá vengas conmigo. Cuando llegues a Buenos Aires, yo te recojo. Tú no te apures por eso.

Un beso. De los que yo siempre te doy. Te Amo.

Respiró profundo, como una enamorada, y llenó la carta de su amado de besos.

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