Beso 38: El Marciano

Sus labios me atraparon.

Lo conocí en una biblioteca, pensé que tenía un labial verde y, no es por juzgar ni nada, pero se veía tonto. Me miró, y regresé a mis libros. Pensé sobre él, aunque debía de concentrarme en el origen del Foie Gras para el taller de mañana. Lo vi otra vez. Me sonreía, con su piel, que ahora me parecía verdosa también. Raro. Algún amante del glam rock o un pseudo-Bowie. Levanté mi libro para tapar su mirada, pero ya era muy tarde: escuchaba sus pies deslizándose por el piso, como los vientres de dos serpientes.

“Hola jey”

Recogí mi pelo en la oreja, y dejé caer el libro, que entornó miradas hacia mí después del golpe sordo en la quietud de la biblioteca.

“¡Hey tu! ¡Hey! Tus labios son… ¿Dijiste jey?”

Mi bocota. Por eso sigo sola, soltando idioteces.

“Perdón. Soy extranjero. ¿Se dice cómo? ¿No jey?

Reí, moví mi cabeza y respiré con los ojos cerrados. Al fin le dejé ver una sonrisa.

“Soy Tania” y le expliqué de tantas cosas.

Debo confesar que se veía un poco afeminado. Sus rasgos eran exquisitos, casi envidiables. Ay, pero esos ojos, incandescentes, como soles muriéndose.

Fuimos por un helado -que decía nunca haber probado- y le pedí uno de pistache, nadamás como chiste personal: sus labios se fundían en la comida. También se fundían sus dientes, toda su cara, atacó con furia la nieve y en diez segundos pasó a morder el barquillo. Me di cuenta, de que este muchacho realmente no conocía el helado.

Fue una semana jugosa, probamos todo lo que alguna vez me juré no tragar en un mismo día, pero por verlo sonreír hacía el sacrificio y me apañaba mi hamburguesa con tocino doble. No sabía qué estaba pasando, digo, salíamos probablemente, pero me confieso ignorante en cuestiones de sutilezas sociales.

“¿Oye, y por dónde vives, Marco?”

“Allá”

Hizo una seña con su frente, pues tenía las manos ocupadas en morder una gordita de chicharrón con nopales. Pero allá era alto, en una colonia donde todas las casas eran de un solo piso.

“¿Allá, más allá, en el centro de la ciudad?”

“No” dijo limpiándose con una servilleta la salsa de la comisura esmeralda. “ALLÁ” indicó al cielo, a una de las estrellas que estaban saliendo en el ocaso.

Yo me quedé callada.

“Ustedes le dicen Marte”.

Escupí mi coca, con un poquito del picadillo que debía de tragar hace unos momentos.

“¿Marte, MARTE?”

“¿Hay otro?”

Su pregunta fue sincera e ingenua. Al fin todo cayó en su lugar. Sobretodo su increíble capacidad para no engordar, maldito.

“Si quieres te llevo”.

“Llévame ya” le dije sin pensar en el oxígeno inexistente del planeta, en las temperaturas extremas, las otras formas de vida posibles, la distancia que había entre mi casa y la suya. Pero ni tiempo de pensarlo tampoco, porque ya estábamos allá. Osea, aquí. Ay, me entienden.

El interior de la casa era idéntico a una estructura renacentista de la tierra, pero en colores vibrantes. Los vidrios de las ventanas eran verdes, y fue pronto a pedirme que no saliera de la casa, porque yo no estaba acostumbrada a la atmósfera del planeta rojo.

“¿Vives solo?”

Asintió, mientras me dirigía al comedor, y empezaba a poner la mesa. Me dio los utensilios, y hacia chistes, alababa la comida de la tierra, la comparaba con los vegetales secos que daba su suelo desértico. Cuando al fin nos sentamos, me tomó de las manos. Me sonrojé mucho.

“Tania, te quiero agradecer. Por ti he conocido las cosas más deliciosas de la tierra”.

Sonreí. Tímida.

“Pero quiero que me abras los ojos con tu sinceridad de siempre. Quiero que me digas la verdad”.

Lo miré.

“¿Te gustaría ayudarme a probar toda la comida de la tierra?”

“¡Sí!” contesté emocionada. ¡Esto iba para largo!

Sonrió.

Sonreí.

Se relamió.

Miré la mesa.

Sólo había un plato. El suyo.

Y pues, así pasó. De una mordida me tragó toda. Nunca pensé que su estómago pudiera ser tan grande, hay espacio hasta para correr unos buenos 5 minutos. Ocasionalmente baja la comida por su esófago -que casi no mastica- así que no me da tanto asco darle una que otra mordida a unas enchiladas o pizza de carne molida. Desde aquí le doy tips de los mejores restaurantes, y se traga libros enteros para que yo lea y me entretenga. Además, escribo, para no volverme loca.

Al final, sus labios me atraparon.

Escríbeme algo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s