Beso 37: El Taquero

-¡Pues me da igual, imbécil!

Azotó el celular contra la barra de mármol de imitación, una y otra vez, hasta que las piezas de plástico saltaron adoloridas, cayendo en una piña colada, el piso del antro y el cuello de un mirrey que pasaba con champú. Del aparato sólo quedó la batería en su mano agarrotada.

Inmóvil y cabizbaja, soltó sus músculos con el bajo electrónico y el estroboscopio nocturno, pero su corazón seguía contrito. Una masa informe de nervios coagulados, amarre estilo boy scout. En su pecho sintió un dolor, y se agitó la blusa para refrescarse, pero al ver que entornaba miradas a su punto de calor, decidió salir del lugar.

Fuera, la brisa del barrio le resaltó el ardor en las mejillas, y como quien quiere tapar una fuga con trapos, se limpiaba la cara repitiendo su mantra “No lo llames, no lo llames, no lo llames”. Se enderezó por esa fuerza indígena con la que nacemos los mexicanos, y corrió al templo del sabor nocturno, la casa de los mil olores: el puesto de tacos.

Aún no volteaba la esquina, y el cilantro ya se le metía en el pecho, como ahogándose en un mar de delicias. Ella era una serpiente azteca que perseguía el sacrificio rojo del trompo. La verdad, prefería ser cualquier cosa a ella misma en esos momentos.

El altar se elevaba en el cielo: un hombre moreno y sudoroso giraba una pirámide sangrienta, un fuego elevaba el incienso del lugar. Mesas y sillas con símbolos más antiguos que la propia vida, una inscripción eterna en el centro de la mesa: “Coca Cola”.

-¿De qué le sirvo güera?

-Una orden de trompo oiga, porfa. Y un agua de jamaica.

-Ya quedó

Sacó de la bolsa su diario, adquisición de mercadito: una Frida en la portada con su uniceja atravesando los planos de la existencia. Melancólica, preguntó a la imagen:

-Frida… ¿por qué aún lo amo?

El retrato giró su rostro, para contestarle en su caricaturesca voz

-Por pendeja

Ni tiempo tuvo de ofenderse, porque los vapores de las salsas tlaquepaqueras, la cebolla y el guacamole giraron alrededor de su cabeza, y ya difuminándose, la dejaban de pie en la punta de una pirámide prehispánica, con una mujer paralítica y cejona al lado, vestida de plumas y escamas. Miles de personas subían y bajaban sus escalones, ropas roídas y de materiales que no había visto jamás, cargando semilla de chocolate, flor de calabaza, jícama, camote y cientos de olores que se perdieron en el fuego de la historia.

-Anda reina, búscalo

Antes de poder preguntar dónde, las paredes de roca se deslizaron a lo largo de toda la pirámide, revelando que era, de hecho, una biblioteca gigante. Venían nombre y apellido de todas las personas que había conocido en su vida, así que no dudo en que Frida se refiriera a su ex. En el décimo escalón lo encontró, un libro pesado y polvoriento. Lo leyó.

Después de un rato, el asco se hizo más fuerte, hasta culminar en la sección donde figuraba ella y todas las cosas que no sabía de él. Tiró el volumen como brasa ardiente, pero su corazón ya estaba quemándose.

-Es el libro del patán- dijo Frida altanera. -Cuenta todos sus errores, linda.

Después de un silencio, ella suspiró, preguntando después lo obvio.

-¿También tienes el mío?

-Claro chula. Llévatelo.

Y con un cuello de hierro, pero ojos aztecas, Frida se lo presentó sobre el regazo inmóvil y emplumado. Lo abrió esperando lo peor, pero en la primera página había sólo una línea, después, nada. Rió primero de nervios, soltando risitas, luego una carcajada jubilosa se elevó en rito puro a la bóveda naranja de un Teotihuacán ancestral. Un hilo de sangre corría por los bordes del libro y goteaba en el suelo terroso. Era la botella de jamaica que se chorreaba por la mesa.

La levantó de un manotazo torpe, pero no cayó mucha. Frente a ella, las tortillas en abanico, mostrando suculentas visiones de sacrificio y olor chamuscado. Un taco en su mano, ya mordido. Dejó la tortilla, chupándose los dedos aceitosos y relamiéndose los labios. Anotó en su diario la misma línea que leyó con Frida y se sintió expiada de todas sus ofensas, se sintió mística, ofrendada.

El taquero sonrió, dando una reverencia a la pirámide roja y tostada, que giraba como una serpiente que se eleva hacia el sol. Ella besó su taco.

foto tomada de https://www.flickr.com/photos/edgarator/2420390480

Escríbeme algo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s