Beso 35: El Abismal

– No te escondas tras tu lógica conciliadora, aquí no te voy a juzgar, Morales.

– ¿Qué quieres entonces?

– ¡Que me digas lo que piensas!

Aspiró el polvo de bambú, el olor a milenio que se enredaba con el frescor de roca mojada de afuera. Se hincó sobre los escalones resbalosos y escarchados, admirando el oro, metros frente a él. Cerró los ojos.

– Es maravilloso Rocío. Ominoso y grotesco, pero una maravilla al fin.

La chica se recargaba en el marco de madera roja, sintiendo un aliento encima, desde la bóveda oscura que era el techo con cientos de armas formando su bóveda. Rocío no creía en las maravillas, las cosas son o no son. Las personas construyen, y las razones se diluyen en el tiempo pero se quedan los ladrillos, las estatuas: lo real.

Morales, por su lado, adoraba con fervor los años que la deidad indistinguible y brillante aguardó dentro del recinto y bajo sus techos de victoria. En parte, se doblaba sobre él mismo por falta de aire, hambre, sueño. En parte, por la magnitud del descubrimiento, la gloria que sólo el deísmo puede emanar, la veneración del humano al Dios: lo desconocido.

Rocío arrastró los pies al corroborar que su compañero no iba a levantarse en un buen tiempo. Sacudió su manga que había levantado el tono oxidado de la puerta y fue esquivando esqueletos y jarrones con líneas aguamarina y naranja, mientras se acercaba al pilar dorado del fondo de la sala, que recibía luz por una abertura en lo alto y provocaba la poderosa resolana. -No toques nada- escuchó en una voz muteada el grito de Morales, que aún seguía en el suelo. Pero ella era una profesional ¿Qué la creía? Por supuesto que iba a tocar.

Al aproximarse, el resplandor que atravesaba el artesonado y chocaba con el objeto sobre la columna hacía difícil encontrar contornos. Entornó sobre sus ojos las palmas de la mano, y distinguió, al paso de una nube que detuvo la entrada del sol, una parte faltante del ahora obvio busto de dragón: los labios.

– Morales…- dijo quedo, pero él ya estaba a su lado.

– Sí. Lo veo.

Ella extendió la mano. Él la detuvo por la muñeca, un apretón fuerte y firme. Pero continuó avanzando. Al sentir el metal frío, rasposo y duro, por sus uñas entró luz, al mismo tiempo que el nubarrón aclaraba el cielo y el brillo la cegaba. Un sentir como de serpiente bajo su piel, dentro de sus huesos, la asustó. Sólo recordó haber gritado.

Despertó, la luz le pegaba en la cara. Sintió su cuerpo: la misma ropa que llevaba. Se sentó en el bloque de piedra, sobándose la cabeza al ver la frazada envuelta para formar una almohada. Fuera del cuarto de roca sólida estaba Morales, un traje ceremonial colgaba de sus hombros. Escuchó sus pasos y dio la vuelta, con una gran sonrisa.

– Buenas, buenas.

– ¿Cuánto me fui?

– Cuatro días Rocío. Nos fuimos cuatro días.

Dijo en el mismo tono que usaba cuando estaba decepcionado de las conductas tramposas, un canto triste e impotente. Pero no se dirigía a ella.

– ¿Qué pasó?- le dijo recargándose en el recuadro abierto que daba al abismo escarpado de cientos de metros abajo.

– No puedo abrir la puerta. Estamos encerrados. -se quitó los lentes para tallarse enérgicamente los ojos, como si reventarlos revelara la llave de salida.

– ¿Cómo que encerrados?

– No se abre la puerta, Rocío. Es algo más, aparte de la madera vieja.

Ella caminó primero, luego trotó hasta la entrada, en donde la estatua dorada ya no estaba. Cruzando la sala estaba el umbral, con las dos puertas rojas y altas cerradas. No había ninguna clase de manija o cerrojo, sólo una vara recargada en la pared, que presumía Morales utilizó para tratar. También trató, pero nada: era como si estuviera sellada.

Se rindió. Tal vez no compartía la visión que tenía Morales sobre el sentido o finalidad de la existencia, pero confiaba en su profesionalismo científico. Era la constante curiosidad e indagación en lo que congeniaban siempre, así que probablemente él había ya intentado bastantes cosas, incluido encontrar la escultura de oro. Después de una tarde hablando sobre el encierro que sufrían, descubrió que los aparatos eléctricos no funcionaban, las provisiones eran suficientes para dos semanas, había un baño de manantial dentro de la estructura y estaban en un pico especialmente peligroso de la montaña, imposibilitando cualquier escape que no fuera por la puerta de entrada.

Esa noche cenaron frijoles, dibujaron un mapa del lugar, y rieron. Sólo un poco.

El día siguiente fue dedicado a hacer apuntes sobre la estructura del lugar, su posible historia y, en específico, su fin. Eran aposentos diseñados para comodidad, pero también confinamiento. Rocío comenzó sugiriendo una cárcel de realeza, pero pronto cambió de opinión cuando Morales encontró cuentas de meditación y un sótano con marcas religiosas en los tablones del techo: un monasterio.

La siguiente mañana fue ella la que encontró el significado a los símbolos. Se pusieron a leer y desencriptar: Morales por la bóveda principal, Rocío en el sótano. Descubrieron que había sacrificios para la estatuilla dorada, pero ninguno de ellos era sangriento, más bien se vaciaba el monasterio y sólo se quedaban un hombre y una mujer que morían de hambre. Ella se limpió el cuello sudoroso cuando leyó que los labios dorados se encontraban guardados en un compartimento del baño. Con presteza los tomó de entre las ramas de un arbusto por el que se filtraba el agua del manantial, y se mantuvo callada.

El cuarto día, muy temprano, Rocío se despertó: una pesadilla la arrancó del sueño a las cuatro de la mañana. Morales no estaba en su cama, y con silencio, avanzó por el pasillo hasta escuchar el canto que estaba escrito en el sótano. Morales lo repetía mántricamente, postrado ante la columna que solía tener el busto del dragón. Regresó al cuarto antes de que él la viera. O al menos, eso creía, mientras pasaba el día buscando el busto del dragón y descifrando cosas al lado de su amable compañero. Ahora sentía una certeza extraña de que tras su cara habían más secretos de los que ella conocía, una amenaza en la ignorancia. Esa noche no rieron.

El quinto día, ella estaba segura de que Morales no estuvo inconsciente cuatro días. Tropezó en la que habían bautizado “requetecámara” por ser habitación improvisada y antigua bodega de ropa ceremonial. El enojo le inspiró una patada al gigantesco cubo de roca sobre el que dormía, pero este se movió un poco. Algo imposible con su complexión y fuerza. Así que mientras Morales tomaba un baño, ella descubrió el busto del dragón escondido. Lo regresó a su lugar justo a tiempo, y en la noche, cuando Morales durmiera, sería el momento para atacar y confrontar.

Morales reía, cuando en la obscuridad el grito demandante de Rocío retumbaba en la roca pulida, cuando sacudía con fuerza y dificultad la estatuilla dorada. Él sólo hablaba de cómo la había escondido por la seguridad de ambos, intentaba descartar el asunto como un mosquito molesto pero poco mortífero. Fue cuando vio en los ojos de Morales algo, como mirar los hilos de una cuerda desde la punta. Sacó con su mano derecha los labios dorados de su pantalón.

La expresión de Morales cambió.

“Por favor, no”.

Rocío entrecerró los ojos, escupió las palabras

“No me digas qué hacer”.

Al unir los dos pedazos de la estatuilla, todo sucedió de nuevo y por primera vez. En un momento, Morales se puso de pié, y corrió fuera del cuarto como ahora recordaba había corrido al desmayarse ella frente al dragón cuando entraron al templo. La levantó en sus brazos, y ella lo besó con ojos dorados. Morales cayó al suelo, tieso, mientras ella flotaba encima recitando con voz distinta No hay honor en esta mujer, pero tu devoción es pura. Hombre del sol, tu caerás a mis fauces montañosas, digno de abrazar mi espíritu.

Él tembló, sin poder levantar ni un centímetro de su cuerpo, pero en su mente preguntó ¿Cuándo será el día de mi muerte?

Cuando puedas escapar, mi mano te guiará a la muerte. Mientras no puedas escapar, vivirás.

¿Y ella?

A ella se le prestó el toque del dragón en sus labios. Un don que no le pertenece, como su vida.

Con una voluntad sobrehumana, Morales levantó sus manos, juntándolas sobre su pecho, orando, sangrando por las uñas.

Por favor, déjala vivir. Debe haber una manera.

El cabello de Rocío brillaba en el aire, como una medusa en el mar.

Ofrece tres días de oración y ayuno, y lo consideraré.

Ella cayó inconsciente sobre él.

En la tumba interior, Morales comenzó los rituales vistiéndose con la túnica ceremonial que encontró, encendiendo velas en la obscuridad, pidiendo sobre el cuerpo desmayado de Rocío. Intentó escribir lo que sucedió, pero su cuerpo se paralizaba. Igual al tratar de grabarse en alguno de sus dispositivos. Continuó con los rezos hasta que Rocío despertó.

Miró a donde estaba el rabillo de su ojo, y Morales saltaba involuntariamente, dominado por el rey de escamas metálicas. Ella corrió al borde de la gran ventana, para ver su cuerpo estrellarse con las paredes del acantilado, hasta desaparecer en la distancia y las nubes.

Y sintió en sus labios el poder del dragón.

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