Beso 34: El Negro

Ya estaba besando granos de café para cuando tomó conciencia. Ernesto fue siempre quien invitaba a las chicas a salir, por que se lo pedían. Repeticiones de pesas para sus bíceps y tríceps, proteínas para el músculo, música de las mismas 3 estaciones radiales, auto modificado, igual que su peinado. Y ahora no podía parar de besar objetos obscuros, y encontrar una extraña fascinación, además.

Se encontraba mordiéndose los labios cuando iba a abrir la reja negra fuera de su casa. Le dio una lamida, y después un chupetón mojado, bien dado. Sabía a metal con polvo, y lo sabía, pero no podía parar: era como estar embriagado por los labios más sensuales que jamás hubiera saboreado… pero eran barrotes de metal. De un empujón se alejó, para correr a enjuagar su boca con agua. Decidió saltar la barda de su patio que colindaba con la calle, al cabo estaba en condición óptima.

Después de intentar varias veces sin éxito caminar por la banqueta conteniéndose, decidió cerrar los ojos y activar la alarma de su auto. Rápido pudo localizarlo y subirse en el asiento del piloto; encendió el vehículo tan rápido como pudo y huyó, no sin antes derramar una lágrima por dejar atrás esa valla tan sensual.

A lo largo del día besó involuntariamente más cosas negras de las que jamás pensó que frecuentara en un día usual: las medias de una chica, la llanta en el cesto de basura, el letrero de cafetería de su universidad, los tapones de pluma de sus compañeros, inclusive al chico haitiano de intercambio -hubiera sido algo racista, si no fuera acuerdo común entre el alumnado que su piel sí era inusualmente obscura- y finalmente, los zapatos de bastantes profesores, algunos de los cuales tomaron el gesto de buena fe y otorgaron unos cuantos puntos extra.

Desde su hogar, Ernesto comía por una sonda, con un bozal improvisado. Las ojeras de varios días indicaban que cerrar los ojos sólo era una forma de recordar la falta que le hacía el negro; con un último trago de puré, vio embelesado la televisión: Vantablack, material más obscuro del planeta hasta la fecha, descubierto en el Reindo Unido. Abrió los ojos, y se sintió cansado, agotado, con ganas de limpiarse el sudor de la frente… pero no podía limpiarse.

No tenía brazo.

Estaba en un laboratorio, fechas en inglés, un calendario con la reina: El Reino Unido. De nuevo, había perdido el conocimiento, besando quién sabe cuántas cosas para llegar al vantablack, que podía ver a unos metros frente a él, dentro de una cámara. Se dio media vuelta, buscando salir, pero tras él habían varios cadáveres; el estado absorto en el que entraba no tenía ninguna reserva moral, y su única mano comenzaba a cerrarse en una garra; el pulso de sangre acelerándose, y tomó una decisión.

Aceptó su nueva naturaleza. Si llegó a él sin razón, ¿por qué no podía aceptarla sin razón? Oh, en el momento que abrazó su naturaleza nigerfílica sintió un empoderamiento bruto, detonador. Estalló en una risa que acompañaba el ritmo de sus golpes contra el cristal, penetró en la cámara alarmada y tomó su vantablack, su negro, su nada. Y lo besó; lo ingirió; lo sobó sobre su cuerpo hasta quedar hundido en una mancha que más que falta de color, parecía despojada de existencia. Se desmayó.

Se hundió en la mancha.

Desapareció de la cámara, quedando sólo un charco de sangre y nada negro en el suelo.

Flotando en el vacío, encontró a cientos de personas que lo recibían con ojos tristes, decepcionados.

Dentro de sus párpados, una película -sabía que los demás también la miraban- sobre una chica, despertando en su hogar, con unas ganas desquiciadas de besar negro.

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