Beso 31: El Violento

El sonido de una vara firme, fibrosa, contra mi espalda. Digo el sonido, porque el dolor ya ni lo siento. Hago lagartijas con sólo mis dos dedos índices. Arriba y abajo y arriba y abajo y arriba.

– Así es. Más rápido. Tu mente no decide el límite, es el cuerpo el que te dice cuando ya no puede más. Escúchalo.

El aire es frío, y el sol muy caliente. Puedo entender por qué los monjes viven y entrenan aquí: la existencia misma es fría o caliente, somos nosotros los únicos tibios en este plano definido y ordenado. Todas las cosas tienen su lugar, menos el hombre, partido entre la realidad física y la metafísica. El sudor trata de aliviarme, de regular mi temperatura, y el viento helado me hace sacudirme cuando toca mi espalda descubierta, mi espalda resquebrajada por las quemaduras solares. Arde en los dos espectros de temperatura, eso es lo que pienso mientras caigo de las estacas de madera al suelo rocoso. Ese viento me tiró.

– Otra vez. Otra vez. Ponte de pié, o lárgate.

Hay algo sobre la violencia autoinfligida. El forzarse a los límites físicos, mentales, empujar casi como abusando de tu propia sanidad, haciéndole cosquillas y luego aterrizandole cachetadas furiosas, y después, empujarla de cabeza al inodoro, luego llevarla cargando hasta el centro de la escuela, frente a los maestros, los chicos más pequeños, y la niña que te gusta. Te desnudan y nadie puede detenerlos. Te golpean una y otra vez, escupes sangre y un diente. Te duele el ser, por que el cuerpo ya dejó de doler tiempo atrás: te duele existir aún. Decides que ya es suficiente, escapas de casa para llegar al templo, en la cima de la montaña. Te tomó dos días llegar ahí, ver cadáveres de otros que se han quedado en el camino, estrellándose contra rocas puntiagudas, y te sientes victorioso de tocar las majestuosas puertas azules del sacro. Abren y te dicen que “no eres el primero que llega”, y que se necesita más que sólo llegar. Esperas fuera de la puerta un último día, sin comida, sin fuerzas, y de todos modos, sin honor. Abren y te arrastran dentro, desgarrando tus talones con el piso filoso.

Y luego lo ves. Giras un poco tu cabeza, intentando imprimir el perfil de quienes son tan violentos contigo… y están descalzos. Sangrando. No hay manera de abrir la puerta que no involucre que ellos también se lastimen con los cientos de metros de roca filosa que hay entre el suelo liso y la entrada. Ya te sientes elevado a otro plano de la existencia, otro tipo de conciencia. Ellos son violentos porque la vida es violenta… pero además, te sanan las heridas después de cada entrenamiento, te alimentan, te cuentan de su familia, te dicen bromas, te cortan el cabello con cuidado, te tejen ropas. Los amas, pero son violentos. Fuera del templo, nadie te ama, y aún así todos son violentos. Es una enseñanza de amor.

Vuelvo a subir a las estacas de madera, y comienzo a contar desde el principio. Un beso violento que respondo.

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