Beso 30: El Lúdico

Celia y un rayo de luz, que atravesaba su visera proyectando un verde acuático sobre las fichas.

All in, pa’ que te calles.

El chico en chaleco siguió como sabueso fiel las palabras de Celia, que rebotaban hacia el hombre de quijada pronunciada, peinado resbaloso y traje obscuro.

– Va.

Treintaisietemil. Claro que iba a ganar. Era la maestra del bluff, y solía tener mejores oportunidades cuando le sonreía al repartidor. Digo, no aumentaba su suerte, pero Celia necesitaba algo para recordarle que aún era humana, que la apuesta tenía un sentido.

El chico reveló las cartas que faltaban, Celia y el hombre lagarto tenían la mano abierta, y el último movimiento de su mano le dio la victoria a Celia sobre una tercia de ases: un improbable pókar de dos. Con su par de reyes, el juego no había ido como esperaba, pero ganó como siempre.

– Señor…

Comentó expectante el chico, tendiendo su mano hacia el terciopelo rojo.

– Sí, sí.

El hombre se balanceó como arrullándose, con incredulidad. Tomó el cuchillo que el chico indicaba con su palma abierta. Hizo un puchero con los labios, los tomó fuertemente con la mano izquierda, y en un movimiento de su derecha fuerte, cargada de anillos, se rebanó los labios en una pasada simple y limpia. En vez de quedar un hoyo en su cara, apareció una capa de piel lisa, como si el hombre jamás hubiera tenido boca. Aún así, su mandíbula seguía igual de pronunciada, ahora su único transmisor de expresiones.

Celia deshizo su cola de caballo, y dejó caer su cabeza entre sus hombros, a la mesa. Parecían dos montañas puntiagudas con una cascada de cabello en medio. Escuchó el procedimiento normal: el repartidor metía los labios a una bolsa, con motivos del casino, y aplastaba con un mazo de hierro los respectivos, hasta moldearlos en una plasta irreconocible. Con una sonrisa cansada, tomó la bolsa y se fue a casa.

A pesar de que la noche era tibia, la composta carnosa no se apestaba, ni derretía -posibilidad que le otorgaba por su consistencia viscosa. Entró a la misma puerta de la misma casa rota, puso a hervir agua en la misma vasija, y subió con aires de novedad las empinadas escaleras, pasos necesarios en la ascensión divina que suponía su recámara, y su siempre fiel esposo.

“Te traje algo amor” dijo en tono cantado. El hombre que yacía recostado con un libro sobre el pecho, despertó. En su rostro sin boca se dibujó un intento de sonrisa, unos pómulos que se elevaban ligeramente. Ella se montó encima de él, abrió el saquito de terciopelo y metió un cuchillo de vajilla dentro. Tomó una parte de la plasta, y se la embarró a él en el espacio donde debería ir la boca. Poco a poco, con paciencia, fue formando unos labios. Sólo una mujer enamorada podía tener tanta precisión.

Al fin, los labios perfectos frente a ella. Su esposo cerró los ojos y respiró. Ella miraba su pecho inflarse, y poco a poco, él comenzó a gesticular, hasta que los labios se movieron para revelar sus dientes blancos, su sonrisa divina -tal y como la había dejado.

“Tienes suerte de que sea tan buena en el juego”

“Tenemos suerte” le respondió abrazándola, y plantando un enorme beso en su boca. “Son besos de suerte”.

Y en la noche, Celia y un rayo de luz por su ventana, que la luna regalaba a todos, sin necesidad de echar suertes.

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