Beso 29: El Textil

Adentro de un costal diminuto, colgado al cuello de Lorena, hay un beso guardado. Pero no está en su estado original: lo descosió. Verán que Lorena vive en un mundo diferente al nuestro, porque en su mundo los besos están prohibidos: hace mucho que dejaron de darse, y ya nadie recuerda por qué nadie se besa. Bueno, claramente, esa no es la realidad, de otra manera Lorena no tendría aquél beso en su costal atado, pero lo tenía: un carrete completo de fina cuerda rubí.

A veces la gente rompe las reglas pensaba Lorena porque si no, sería de la otra manera, y se imaginó partiéndose por la mitad como una astilla, sin sangre ni órganos, bajo el exorbitante peso de las reglas. Un simple “crack”, y por fin era liberada. Pensaba esto mientras subía por la torre del reloj, al escondite que nadie se atrevía a subir por miedo, a la hora que nadie se atrevía a buscar por sueño. Allá arriba, se sentaba detrás del gigantesco cristal opaco que formaba la cara del reloj, y la luna la convertía en una silueta en la obscuridad, golpeada por la suave luz del señor tiempo. Ahí, en la paz, tejía su edredón.

Era una colcha larguísima, podía cubrir más de cuatro camas ya, pero Lorena aún no quería parar. ¿Luego dónde pongo sus besos? se susurraba llena de bravura y con un tono burlón, feliz de haber escapado hasta ahora sin recibir los azotes de los gendarmes provinciales. Claro que todos se besaban. Era casi un juego, pasar la vida teniendo dos caras, simular que eres alguien más cuando todos saben que el amor vive en ellos y desborda cuando el otro voltea la mirada. A veces creía que los gendarmes ya conocían perfectamente su escondite y el hermoso cobertor rubí, pero lo ignoraban a propósito.

Qué fácil sería besarse se dijo tejiendo, qué vacío movimiento de la cara, si no fuera a perseguirme un juicio antiguo y vasto.

Suspiró, imaginando la existencia de un mundo en donde los besos fueran cosa de todos los días, en donde juntar los labios no tuviera el peso de mil generaciones,  y en donde el amor fuera ya como un mantel sucio, gastado y descosido.

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