Beso 25: El Fugaz

Erica sentada en la luna de un planeta muy lejos de nuestra tierra. Los brazos caídos sobre sus rodillas, dos picos triangulares, como en las constelaciones. De vez en cuando se removía el fleco sobre su ojo derecho y entrecerraba los párpados: Ahí a lo lejos… no, sólo una explosión. O a veces un planeta resquebrajado, viajando rápido, o las entrañas de un sol extinguiéndose al girar, pero por ningún lado un asteroide besable: Una estrella fugaz que le concediera su deseo.

Se picó la nariz, como las chicas de su edad lo hacían. Ya no le preocupaba que la vieran, y lo embarró en el costado de su overol. Recargaba su cabeza en el hombro derecho cada vez que sentía otra pausa cósmica avecinarse. Eso era cuando pasaba mucho tiempo sin que algo ocurriera, entonces cerraba los ojos y se explicaba cosas; darse razones de lo que pasa, lo que los humanos hacían. Eso le daba paz. Cerró los ojos y se explicó de nuevo la gravedad, la razón principal por la que seguía atorada en ese diminuto planeta que podía recorrer caminando en menos de 2 minutos.

Se recostó, y rodó sobre el lado una y otra vez, hasta darle vuelta al pequeño pedazo de tierra celeste. Se paró de manos, saltó tan alto como pudo, hizo garabatos en el lado del planeta que tenía arena. Todo indicaba otro largo y tedioso eon girando en el vacío. Sólo quería un beso rápido. Nunca había besado a nadie.

“Oye”.

Miró al angosto horizonte, y otro planeta venía acercándose. Púrpura. Otra chica sobre él. A Erica se le pintó una sonrisa, Por fin, otra persona.

Extendió sus brazos hacia arriba, la otra chica también, lo que a los ojos de Erica era hacia abajo. Se preparó para la colisión de manos, las lunas pasaron muy cerca, y en el momento justo, la chica rubia saltó y se jaló fuerte hacia el satélite de Erica. El orbe morado se fue girando lejos y, riendo, ambas se levantaron. La chica le dio un abrazo fuerte a Erica, y ella lo devolvió. ¡Qué especial! Otra persona.

“Marta. Me llamo Marta, mucho gusto”

“Erica” dijo sonriendo. Ambas se sentaron en la parte del planeta que tenía un pequeño charco.

“¿Y qué hacías Marta? Antes de llegar aquí”

Vio hacia el charco, perdida en el reflejo del cielo negro y punteado. Suspiró dejando que un silencio grueso las bañara, luceros fulgurantes hacían sombras y ángulos en sus caras.

“Pensar en cómo será besar a mi estrella fugaz”.

“Yo creo que la mía será amable. Me va a llevar suavecito, susurrando con fuego en mi oído”.

Marta carraspeó, los ojos quebrados.

“Yo creo… creo que la perdí”. Escondió la cabeza entre sus brazos y reventó en llanto. Su cabello corto dejaba ver las venas que cada mugido marcaba. Horrendo. Le hizo recordar a Erica cuando ella lloraba, pero ya hacía mucho tiempo de eso.

Marta se incorporó dando respiros hondos, pero soltando el aire como tartamudeando “Cayó a mis pies, en mi planeta, pero no lo besé a tiempo. Estaba tan feliz que” -tomó aire- “que me puse a bailar, a darle vueltas al planeta, no sé. Luego me dormí a su lado, y cuando desperté ya no estaba” gritó desesperada, aunque el sonido no llegara muy lejos en el espacio.

“Bueno, creo que algún día volverá” aseguró Erica con la mejor de las intenciones. “Las estrellas fugaces no se van así como así” y le dio un abrazo que se transformó en arrullo, con Marta suspirando entrecortado en su regazo. Erica acariciaba su cabeza, y miraba lejos en el firmamento. Le dio risa la palabra. Se explicó que el firmamento debía ser la promesa que Dios le hizo a alguien, de algo. ¿De qué otra manera firmaría Dios, si no en grande? Se sorprendió a sí misma con un poco de fe en su corazón, con ganas de ligarse al todo del eterno cielo. Ha de estar pasando por su etapa creyente de nuevo. Tantas veces había perdido y recuperado la esperanza, ya ni se acordaba del tiempo que había permanecido en el diminuto pedazo de tierra.

En el horizonte, otro planetita corriendo paralelo al de ellas. Marta se paró, pero Erica se quedó en el suelo, tenía vista perfecta a la escena: Otra chica, de pelo negro y piel obscura, levantó los brazos a la estrella fugaz que bajaba sobre su cabeza. Al atraparla con ambas manos, la abrazó, y en un beso se fundió con la luz blanca del anhelado. Luego se separó en miles de partículas que rodearon el meteorito, que levitó a la atmósfera miniatura para agarrar impulso y salir del planeta. Ahora era de color rojo.

“¿Por qué nadie nos quiere?” preguntó con una voz seca Marta, entristecida más allá de sus horizontes galácticos.

“Hay alguien para nosotras, en algún lugar, Marta” dijo Erica cerrando los ojos, imaginando cómo sería su primer beso.

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