Beso 23: El Hecatómbico

Casi no había luz, más bien, destellos estroboscópicos que perfilaban crudamente el ambiente de la fiesta: botellas de cristal entintado, chalecos abrigados, collares fluorescentes, lentes de sol. En medio de todos ellos, Rafael. Bailando consigo mismo, Rafael. Con sus ojos flamígeros, Rafael. Tengo mi pistola paralizante, y pienso usarla contra todos, cueste lo que cueste, hasta llegar a Rafa.

El primero en caer: Chava, el más chismoso de sus compinches. A pesar de eso, distraído, así logré darle una descarga eléctrica en la espalda baja, mientras le coqueteaba a una de mis compañeras. Con el vigía eliminado, sólo quedaban siete más en el camino. Un salto rápido me hizo esquivar a Raúl, el guardaespaldas personal de sus amigos, glorificándose a sí mismo en las interminables horas de gimnasio, no era tan perceptivo como Chava, así que rápidamente escondí mi taser y lo vi alejarse de la escena, desprotegidos los chicos de camisas abiertas y baile sensual.

Me tomó unos minutos acercarme entre la multitud y la obscuridad, tomé a Fernando por el collar de oro que tenía, y lo traje hacia mi mientras acariciaba su pelo rubio. Cerca del baño me abrazó, aproveché para darle un rodillazo directo en la entrepierna y un temblor eléctrico lo llenó desde el abdomen. Grité como desesperada simulando forcejeos, y unas chicas lo quitaron de encima mío para patearlo en el suelo. Corrí con Helena y Clara, que me recibieron en su mesa, a unos metros de Rafael. Platiqué un poco con ellas y les comenté que había visto a Saúl, su príncipe, besarse con otra tipa. Los celos actuaron rápido para quitarme de un tirón a los tres de encima.

Quedaban dos: el hermano de Rafa, y Fina, mi rival. Nadie tocaba a Rafa en la prepa, y esa era una regla general. Nadie destruía el sueño de todas, y lo dejábamos ser bello y cautivante y viril para el bien de la comunidad. Pero aquí, en la fiesta de graduación, podíamos romper la regla finalmente. Y yo iba a tener su beso, sólo yo. El sonido estruendoso reverberó en las paredes, todos se pararon a bailar más y la espuma comenzó a caer, dejando todo pegajoso en las mesas tan reducidas. Iba a ser más difícil.

Entre resplandores verdes y rojos, me iba acercando como una sombra, apareciendo en cada iluminación por un lugar diferente. Fina me vio, había tenido la misma idea, y empujó a Diego hacia mí. Todos sabían que Diego se moría por hablarme, pero no se atrevía para darle chance a que Rafa, el alfa, su hermano mayor, eligiera primero. Cuando al fin lo tuve cerca, veía su voz temblorosa, su figura pasiva entre el salto de la multitud encendida, y pensé rápido. “Perdón” le dije. Cuando acercó más la oreja para ver qué decía, le di un vaso con bebida de una mesa, y después moví su mano para mojar a un hombre que no tardó en asestar unos golpes. Ocupé su espacio pronto, abriéndome paso para ver a Rafa bailando con la estúpida de Fina. Los cuerpos se movían más y me apretaba el tumulto, mi brazo saliendo como una antena de insecto, débil. Me extendí lo que pude, todo estaba mojado, espumoso. Agarré y jalé.

La cara de Rafa estaba frente a mí. Todo pasó en un momento: Fina me estiró del cabello, yo jalé a Rafa hacia mis labios. Lo besé y jalé el gatillo. Habrá sido la fibra de algunas ropas, la espuma o los fluidos en los cuerpos, pero todos nos electrocutamos a la vez y se fueron desplomando hasta quedar sólo él y yo de pié, con un ligero olor a quemado en el ambiente.

No los culpo por desmayarse. El beso de Rafa estuvo buenísimo.

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