#52: La Verdad

Cristofer intentaba mantenerse despierto en la parte de atrás de la camioneta. Olía a rayos, porque no los habían dejado bañarse desde hace días, y unos niños iban cabeceando, casi dormidos. Un ajetreo de la caja y salieron volando por el borde los dos, escuchaba claro los huesos romperse y gritos ahogados. Se sintió asustado, pero a la vez, ya lo esperaba. Como ver un tren desde lejos, cuando estás amarrado a las vías: no te sorprende, más el miedo es real, irracional. Los otros 14 niños seguían agarrados al cajón de la camioneta, para evitar salir despedidos.

Al fin llegaron a la fábrica. Desde que papá y mamá habían muerto, no había mucho tiempo para jugar y otras cosas, era siempre trabajar, trabajar, trabajar. O si no, no había comida. Las cosas empezaron a ponerse muy raras antes de que los mataran, el mundo en general empezó a ponerse muy raro: cosas que la gente no hacía antes ahora sí se permitían, cosas que podías decir ahora no te podían escuchar decirlas. Tal vez esto significaba ser grande, crecer. Tal vez si pasaba por esta prueba, por este trabajo duro, y se esforzaba con todo su corazón, sería tan buen papá como el suyo. Tal vez mamá también pasó por lo mismo, y si ella salió siendo una mamá tan buena, él también podía.

Llegó el cargamento diario, y Cris estaba frente a la banda transportadora. Tenía el hilo y aguja preparados. Los lienzos -como se les llamaba ahí- avanzaban, con su olor fuerte a vinagre. Tomó el primero que llegó, lo extendió frente a él: una cara parecida a la suya, un color más suave, una boca. La piel de un niño. Muchos niños. Cientos. Cristofer y sus compañeros tenían el encargo de coser las pieles juntas. Y mientras cosía, pensaba -por que en ese trabajo tenía uno mucho tiempo para pensar- de dónde venían las pieles. Imaginaba a los niños jugando, alegres, o comiendo manzanas, o abrazando a sus padres, y luego muertos. Sin piel. Después la piel llegando a sus manos, y como con sus dos compañeros de la mañana, sus sentimientos se confundían porque quería hacer algo pero, no había nada que hacer.

Percibía algo en el marmoleado que las pieles formaban: amarillas, obscuras, blancas. Cosas que no deberían de estar juntas, y sin embargo, formaban una armonía perfecta después de obligarlas a permanecer unidas. Actos innombrables que para otros eran el pan de cada día, y para ellos como niños, simple testimonio de un mundo que se sale de sus manos. Y al final, tan hermoso.

Llegó entonces la piel que lo cambió. Reconoció el fleco rojo, las cuencas separadas, los labios en puchero: Edgar. Su mejor amigo de la primaria. Hacía mucho tiempo que no lo veía, pero no pensaba reencontrarlo muerto, entre sus dedos, tan delgado: sólo un pellejo vacío. ¿Qué habrá pasado con el interior? Ojalá lo hayan enterrado pensó para sí mismo. Guardó la piel en un rollo dentro de su camisa. La sensación era muy peculiar: en cierta forma recordaba el abrazo de Edgar, pero también sentía como si restregara un cadáver en su pecho, y eso no le gustaba.

Justo en ese momento, sonó el timbre para el cambio de giro. Comenzaron a llegar las pieles de recién nacidos “Recomendamos continuar la escisión si alguna piel tiene aún restos. Recordemos que ninguna máquina podrá reemplazar el natural y perfecto trabajo de un ser humano como tú”. Terminó la grabación, y Cristofer siguió cosiendo y desprendiendo uno que otro músculo o remanente de piel. Pensaba en Edgar aún, y en su cuerpo. ¿En dónde está? Espero que sus papás sepan, si no esto está muy mal. Yo lo tengo que desenterrar.

Poco a poco, fue estirando los cachetes suaves de un pequeño que no parecía mayor a 4 años, acomodándolo en el borde del contenedor. Sí, eso es. Lo he decidido. Al crecer me convertiré en detective, ayudaré a la gente a encontrar lo perdido, a saber lo que no sabe, y a que todo tenga sentido. Sí, esta vida no vale la pena sin un sentido.

Y siguió cosiendo el que sería su último bote tapizado de piel de bebé humano.

TERMINÉ LOS 52 CUENTOS.

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