#51: La Tierra

“El reporte no nos habla de nada más. Menos mal que recuperamos los códigos de entrada”.

Un viejo barbudo de 80 años asintió su cabeza, mientras seguía leyendo el reporte frente a la puerta de metal. El frío era cruel, para estúpidos, pero no había nada por qué regresar: todo lo que la humanidad quería estaba detrás de esas puertas, o no estaba en ningún lugar ya. Horacio tenía que asegurarse. No quería acabar como el señor Pineda: viejo, pelón y acompañando a un niño recién graduado a una investigación de campo para la que no estaba preparado. De hecho, no lo culpaba: él tampoco se hablaría a sí mismo si fuera Pineda.

Las luces pasaron fugaces por dos líneas que atravesaban horizontal la puerta, como si un reflector girara frenéticamente dentro del edificio. Se deslizaron a los lados y pasó el chico con su linterna prendida. Busco un interruptor o algo similar, pero nada. Decepcionado encendió su traje: en un instante cada espacio y esquina se iluminó por completo, su chaqueta parecía emanar luz como un vaso que se desborda. Avanzó entre las paredes rojas y el suelo negro. Un olor a periódico viejo y agua estancada en el ambiente lo forzó a ponerse su mascarilla: con un click de su manga el cuello de la chaqueta se extendió hasta la mitad de su cara.

“Mucho mejor, ¿No Pineda?”

El hombre viejo ajustaba la vista de sus lentes, buscando información útil mientras sostenía su otra mano en la espalda, haciendo caso omiso del chico. Él no ocupaba filtros para respirar: al parecer, sabía lo que eran unas ruinas. Un tanto triste, el chico se adelantó, sacudiendo su cabello corto por cualquier posible fragmento de polvo que quedara en él: era bien sabido que virus y bacterias habían exterminado un quinto de la población hacía siglos. No pensaba convertirse en una cifra más, al menos, eso le recomendaba su papá siempre.

Dejando atrás pasillos de escaleras, halló las clásicas líneas amarillas con negro -nunca fallan- por lo que el capacitador de energía eléctrica debía estar muy cerca. Sí, a la derecha en una rendija pequeña. El idioma ya era inexistente, pero adivinaba las manchas en la pared, un lenguaje significando algo. Utilizó el reconocimiento táctil del traje para traducir: puso las yemas de sus dedos sobre los símbolos, y lentamente el significado se iba traduciendo dentro de su cráneo. ¿Cómo hacían para comunicarse antes? ¿Qué utilizaban?

La energía regresó débil: sólo unas luces verdes que iluminaban tenuemente, por lo que mantuvo iluminado su traje, a la vez que palpaba una superficie con una ranura. Las lecturas le decían que era una puerta, lo que logró ver cuando se alejó para agarrar perspectiva: gigantescas placas de metal negro. Se sentó a pensar. Claro, vacío: introdujo por la ranura una hebra delgadísima, que del otro lado se abrió como un paraguas, adhiriéndose a los bordes de la puerta, cubriéndola toda. Apretó la hebra en una parte coloreada y comenzó a provocar un vacío del otro lado, entre el paraguas y la puerta: las placas se doblaron hacia dentro de la habitación permitiéndole la entrada al chico.

Deslizándose por la ahora cómoda ranura, se maravilló del interior de la cámara: blanca, con ventanales gigantescos que daban al centro de la tierra por medio de un túnel gigantesco de observación. Superficies cuadradas y pronunciadas. Ahora todo era redondo, circular, suave. Se acercó para buscar la entrada de las computadoras, detrás de los monitores, bajo los escritorios, hasta que miró a Pineda hojeando unos legajos encima de la ventana más extrema del lugar, coincidentemente sobre los conectores principales. Se acercó mientras tocaba la esfera en su pantalón. Al estar cerca, la pegó directamente a la ranura, y esta se fundió para encajar perfectamente con la entrada.

“No te haría daño avisarme, ¿sabes? Buscamos lo mismo”.

Pineda levantó su mirada de las hojas para transmitir su fastidio, le empujó el documento al chico para leer. Abrió los papeles, y comenzó a palparlos.

“Algoritmo del 52” automáticamente miró al barbón, que cruzado de brazos, esperaba lo que el chico tuviera que decir. Con la quijada desencajada regresó a la hoja, y siguió palpando.

RESUMEN DE INVESTIGACIÓN: PREFACIO

Anterior al Gran Incomunicado, los seres humanos eran capaces de observar con sus pupilas, identificar al otro. En algún momento nos perdimos del otro, y la existencia se volcó en nosotros mismos. Es por eso que se tomó la iniciativa de “Tierra 2”, con lo que invertiríamos grandes recursos para detectar el punto evolutivo exacto en donde se dio el Gran Incomunicado, y poder sanar a nuestro planeta, de ahora en adelante “Tierra 1”.

Dimos la vida al otro planeta en especie de clonación, con su código genético modificado: así podríamos investigar en generaciones lo que tendría que tardar cientos de generaciones. Hasta este punto, 800 años ha tenido nuestra investigación. Nos encontramos en un punto de quiebre, es la razón óptima para un recuento total de la investigación.

Mediante fue avanzando el experimento, los habitantes de Tierra 2 desarrollaron la autoconciencia predicha, y aprovechamos la oportunidad para dirigir subexperimentos, modificando las propiedades de la vida en Tierra 2, dando capacidades extraordinarias a ciertos individuos, arrojando factores externos a situaciones idénticas a la nuestra, sometiéndolos a y pronto la ambición nos hizo perder el enfoque. No tomamos en cuenta que el liderazgo de Tierra 2 pudiera salir de nuestras manos.

El chico sentía las lágrimas formarse en su cara “Señor Pineda, nosotros somos el experimento… Somos Tierra 2. Destruimos Tierra 1” mordía sus labios, pero siguió leyendo.

Estamos bajo ataque, pero es importante que detalle los hallazgos. Es posible que Tierra 2 aún pueda salvarse del Gran Incomunicado, aunque a ellos llegará más rápido. A quien corresponda pues:

LISTA DE LOS 52 ALGORITMOS

– 13 algoritmos de Dios
– 12 algoritmos del otro
– 12 algoritmos del yo
– 13 algoritmos del universo
– la mentira
– la verdad

Las ventanas se convirtieron en pantallas gigantes, con grabaciones que se repetían sobre varios sucesos, todos en Tierra 2 -los reconocía fácilmente- y de diferentes épocas y personas: una sandía carmesí, un vagabundo en un trono, cristales opacos en el pecho de niños, plato de fideos, lobo y tejón… sentía sus arterias ensancharse ¿así se sentía salvar lo perdido? ¿conocer lo antiguo antes que nadie? Entonces una voz “Contraataque reiniciado”, un número diez apareció gigante en la pantalla, todo retumbó, nueve, quitó la esfera de conectividad pero no paraba, siete, “¡Por Dios haz algo Pineda, muévete!”, cinco, el hombre miraba a la ventana sereno, tres, el chico destrozaba el tablero, uno.

Del espacio se apreció claro: la mitad de un planeta ya aniquilado, brillando en colores cálidos, luego arrojando una explosión en línea, que reventaba en miles de pedazos un planeta vecino, idéntico.

El chico levantó la cara del suelo, miró a Pineda, que sólo apreciaba la imagen que se proyectaba en el monitor. Luego el viejo se fue desvaneciendo poco a poco, hasta no quedar nada.

“Abuelo… ya soy un cartógrafo”.

El chico -Solar- se quedó mirando el vacío del universo. Solo, desde que su nombre estuvo escrito en el firmamento.

Niños, Bote, Escisión

2014-10-07 15.06.18

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