#50: Señor Tinaco

“Jaime Tinaco, empresario de Arsénico” en sus tarjetas. No, mejor “Tinaco: Sultán del Arsénico”. No, muy pretencioso. “El Arsénico Amistoso: traído a usted por Jaime”. Aunque le gustaba el sonido de Tinaco.

Volvió a su trabajo grabando el cilindro de madera con las iniciales de su cliente. Eran su propio registro privado: sólo tenía que revolver el arsénico con un cabello, una uña, un pedazo de la persona que cuidadosamente detenía en la parte interior de la tapa: la muerte le sería inevitable con el poder del vudú, aún y cuando fuera algo tan ajeno y extraño a él. Se sentía como echando monedas a una máquina expendedora: ves el producto y ves como cae, pero tú jamás lo empujaste, jamás estuviste ahí. Para él era un mecanismo, nada de espíritus ni guardar respeto a la magia del pantano.

Tras las paredes, los gritos en la mansión: trabajar en un parque de diversiones tenía sus beneficios, así lo entendió él cuando cayó la llave general en sus manos; un chico de 23 que no sale de fiesta, no tiene ambiciones más altas, no ha llegado nunca tarde al trabajo ¿qué mal puede hacer? Confianza plena para cuidar el parque. Estaban cerca de la hora de cerrar por cierto, pero siempre llegaba unas dos horas antes para preparar la producción, y por la mecanización de la mansión, nadie entraba más que a vivir el recorrido, o aceitar las máquinas. Su negocio estaba a salvo en la bodega.

Con cuidado, subió las escaleras hasta el alambrado frágil e improvisado. Recorrió las vigas hasta una cúpula triangular, en la que tenía los cientos de frascos con los pedazos de uña, cabello, piel seca de cada una de las personas que le habían comprado el veneno alguna vez: era un seguro de vida. Una suerte de contramenaza en caso de que unos matones vinieran a molerle la cara en papilla: presionar un botón que siempre cargaba con él dejaría caer al vacío todos los envases miniatura.

Cuidadoso con pinzas, colocó el envase “F. Oyervides”. Suspiró al momento de colocarlo finalmente, y por su suspensión en el techo, no temía que las máquinas o algún otro desperfecto mecánico tirara los cientos de tubitos colocados con tanto escrúpulo. Entonces oyó debajo unas voces: era su amor de preparatoria -que todos saben es más fuerte que el de secundaria, mil veces- Roberta Góndola. Cerró los ojos, y a pesar de los gritos y risas que provocaba la casa de espanto, se dejaba sumergir en una paz inusitada, extravagante quietud. Y entonces escuchó la voz de un hombre también.

Se asomó un poco ¿con qué chico andaba? Un poco más ¿que era esto que sentía? Como una mancha negra, espesa, contaminándolo por dentro, tapándolo. Aguzó la vista: vio la cara del rubio pedante. Entonces, perdió el equilibrio.

Quedó tomado de la parte baja en su estructura piramidal, colgando justo por encima, pero no tenía sentido salvarse: vio cómo lentamente cada uno de los envases pequeños caía, sin verterse pero desprendiendo con la vibración al golpear el suelo, los objetos de vudú. Matando decenas de personas en un instante. Bien supuso que irían a buscarlo, y encontró la mirada de Roberta desde las alturas. ¿Cuándo iba a quererlo? No fue difícil decidir.

El impacto lo mató inmediatamente, pero en esos últimos segundos de aire pensó en los plomeros, y su labor tan noble, evitando que una cisterna envenene a sus habitantes, y en cuánto le hubiera gustado ser plomero.

Lenguaje, Arteria, Plato

2014-10-07 15.02.21

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