#49: HomonimIsta II

Mis brazos dejaron de abrazar con fuerza, para irse ablandando, como derritiendo. La suela ya estaba terminada y el viejo cerraba poco a poco la escotilla. Y extrañamente, no sentía el calor en mis pies. Esa palabra en mi oído de parte de la esclava estaba cambiando mi cuerpo: mi piel se torno completamente blanca, bajo mis rodillas la piel se iba fortaleciendo más y más, tomando un tono naranja. Bajo el caucho derretido de mi bota podía ver una… ¿pata? ¿De pato? Claro vi mi boca alongarse en una trompa sólida y aplanada. Le dije a la chica “Agárrate bien”.

Con un salto poderoso salí volando del pozo, y el viejo que campante escapaba del lugar, se detuvo con un brillo en sus ojos, para voltear y enfrentarme. Dejé a la chica por un lado, y con mi dedo lo amenacé “No sé quién eres, Homonimista, ni qué me hiciste, pero esto se acabó”. Y me lancé con mis alas y mi poderoso graznido a enfrentarlo pico a cara.

“¡Cuidado con el piso, está aboyado!” bajo mis pies, la cerámica se transformó en una finca con bueyes arando, esquivé dos, y me estrellé contra el tercero. Su risa era tan molesta.

“Pero hombre, no puede ser que esta trampa tan boba haya jugado con tu cerebro. Por Dios, no pensé ser tan bueno en esto, me alagas

Con carcajadas, se elevó su azulejo, mientras la habitación se llenaba de agua convirtiéndose en un pequeño lago.

Mis alas se mojaban, pero me sentía fuerte, así que tomé una de las herramientas que se habían formado en la cerámica con los bueyes, y la arrojé con mis garras en su dirección. Logré golpear su cara, su frente sangraba, y la ira parecía hervir en su interior. Hizo contacto visual conmigo, y comenzó a lanzar cientos de cosas. La chica esclava se fue corriendo, mientras yo tenía que soportar sus bromas mortales.

“SOY OVEJA, PERO TE DOY ESTE VALIDO. TE REGALO UNA VAYA PARA QUE SACIES TU HAMBRE. ESPERO QUE CEPA USTED ESQUIVAR MAGIA NEGRA. DISCÚLPEME SI HERRO SU FELICIDAD”. Un primer ministro, cientos de estacas, troncos suaves y herraduras de caballo: todas volando hacia mí, y seguía sin entender de dónde salían. Pude esquivar con vuelo casi todos sus ataques, excepto al primer ministro, que confundido se sostenía de mis pies, llevándome al lago formado bajo nosotros. Me arrojó un ciego, hulla, cobre, todas las cosas que podían entenderse de otro modo y, a decir verdad, era un enemigo ridículo pero formidable.

Por último, el golpe de gracia. Se preparó y soltó de la lengua “YA NO TIENES HUSO PARA MÍ”. Como una lanza, la vara de madera volaba directo a mi frente, pero unas plumas negras volaron, y el golpe nunca llegó.

“Homonimista. Vengo a detenerte”.

“¿Qué? ¿Qué haces aquí Buitre Justiciero?”

“Lo que mejor hago: AJUSTICIAR”.

El hombre buitre voló directo hacia el viejo, y en un abrir y cerrar de ojos lo atravesó con el huso. Si el pico de telar no lo mató, la caída de seguro lo terminó. El buitre me extendió una mano.

“¿Cómo te llamas?”

“No… no sé”.

“Bueno. Pareces un pato. ¿Qué tal te gusta Patoman?”

“Lo odio”.

Suspiró, cruzó sus brazos y luego echó una ojeada a la grieta que dejé en el techo con la herramienta de cerámica que arrojé.

“Pues así te llamó la chica esclava que me buscó para rescatarte”. Me entregó un dije. Supuso que era de ella, porque se lo dio para mí. Era hermoso, pero estaba vacío por dentro.

Patoman. Supongo que podría acostumbrarme.

Amor, Arsénico, Tinaco

2014-10-07 15.00.50

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