#44: Niños Muertos

En el ojo de una calaverita, encima de un grano de azúcar, vive la Catrina y sus dulces muertes, para endulzar al que sabe irse y al que recuerda también. Pero los niños ya no recuerdan, y prefieren el caramelo al chocolate. Prefieren arroz inflado al amaranto, y el pudín al pirulí. Tal es el caso de Ate, que a sus 7 mexicanísimos años, no era minoría al desconocer el pan de muerto; ah, pero pedía su halloween todos los años sin-fal-ta.

Fue por eso que la Catrina, como todos los años, salió de la cuenca izquierda del cráneo confitado para cambiarle a los infantes del nopal su gusto por el endulzante artificial, hasta que pudieran asociar octubre con mole, chile relleno y camote cristalizado. Se sacudió los residuos de escarcha blanca, alisó su larga capa negra de terciopelo, ajustó su sombrero florido y pesado, y avanzó desde la cocina que albergaba uno de los pocos souvenirs culturales que la mamá de Ate fue a tomar del mercado, rumbo a la sala de estar.

El chico se encontraba sólo en su casa, y alternaba entre jugar videojuegos y observar su celular. Una estática empezó a llenar el aire, decolorando las paredes y retratos. La pantalla cambió a ruido blanco, y el chico soltó espantado su control cuando a su derecha vio a la señora de marfil, manos esqueléticas y finas, sin ojos ni párpados ni todas esas cosas carnosas que la gente tenía en su cara.

“Ate. ¿Sabes qué es el día de muertos?”

El niño aspiró aire como quien no se quiere ahogar cuando en un golpe de iluminación creen haber descubierto un pedazo importante de cualquier cosa.

“¡Halloween!”

“No. No halloween. ¿Sabes lo que es un altar para difuntos? ¿Visitas a tus familiares fallecidos en noviembre?”

“No. A todo no”.

La Catrina se espantó: esperaba niños que no le dieran importancia al día, no que lo desconocieran por completo. De inmediato, tomo la mano de Ate con dulzura, y poniéndolo de pie lo dirigió tras ella a la cocina de su casa. Sentado frente a la mesa, le comenzó a interrogar sobre dulces, platillos, olores, tradiciones, adornos, flores, rezos, peregrinaciones, fiesta y México. Le presentó una calabacita cristalizada para morder, pero le talló una cara como a las calabazas naranjas gigantes. Le dio papel de china, pero lo usó de capa para ser un vampiro. Una calaverita, pero en vez de morderla la puso a bailar tétricamente. A punto de rendirse, la Catrina sacó de su vestido una flor de cempazúchitl, y la puso delicada entre las manos del niño. Él, abstraído, veía cada pétalo brillante, naranja. No podía creer que existiera una flor con tantos. La olió, e inmediatamente vino a su cabeza la abuela gritándole que bajara el volumen del televisor, o su tío que aún convaleciente en cama, le jugaba bromas pesadas a su sobrino.

Exhumó una lágrima, y oyó la voz tan cálida y solemne preguntar “¿Qué te pasa pequeño?”

“Es que me acordé de mi abuelita y mi tío. Los extraño mucho”.

“Extrañar es sentir el hueco de un órgano esencial, que nunca va a regresar. Por eso se parece tanto a entrañar, mi niño. Mira, tu lágrima”.

Cuando volteó a su camisa, de la mancha florecía una pequeña flor naranja de cientos de pétalos. Se alegró un poco.

“Los muertos se viven en la memoria y el corazón, no en un disfraz. La dulzura de este día no debe ser para ti, sino para ellos, los que ya se fueron”.

Le acercó un pedazo de camote a la boca, y Ate mordió, para después lanzarse sobre sus pies y buscar material para el altar. Toda esa tarde la Catrina y el armaron el tradicional sitio de honra, le rezaron un poco a los difuntos, y luego salió al parque ya cerca de la noche, cuando sus padres habían regresado y, con sorpresa, decidieron seguir el ejemplo de su hijo y preparar los platillos que más extrañarían su abuela y su tío.

Entonces con ojos dormilones observó a los chicos ir y venir con sus bolsas de dulces, sus trajes de princesas, momias, animales y extraterrestres.

Y le parecieron tan extraños.

Tubo, Macrófago, Inspector

2014-10-07 14.50.20

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