#43: Comezón

Tecleando, click click click. Enter, espacio espacio espacio, tecleando. Toc toc.

Edgar se detuvo en seco. Le pareció escuchar un toc, no un click. Comezón. Después de unos segundos perdidos en ver a la pantalla abstraídamente, continuó el reporte. Click click toc click toc.

Se detuvo, estaba seguro de que escuchó algo cerca de su oído, como el eco de un túnel. Giró su silla completamente, pero sólo vio la nariz hinchada de Nadia, que lo observaba tímidamente, y lo saludaba con los dedos manchados de chocolate. De regreso a la computadora.

Puso su mano encima del teclado, e hizo como si presionara las teclas pero sin realmente pulsar alguna. Y escuchó el toc toc toc, en algún lugar de su cabeza. Bien, enterado. Algo adentro de su cabeza. Posiblemente su imaginación, que vive ahí. Así que agarró burlonamente una pluma metálica, de esas que pegan duro y no tintineas en la mesa. Se dio unos cuantos golpes en la sien, cerca de una parte en donde estaba seguro de que saldría ruido. Toc toc toc de regreso. Otra vez. Toc fuerte. Tintineo más fuerte. Algo le movió el ojo por detrás.

Se disparó de su silla, volteando a ver a Nadia que aún lo observaba y saludaba entre extrañada y que no. Caminó rápido ajustándose la corbata y la mitad derecha de la oficina se iba inclinando más mediante avanzaba: su ojo empezó a virarse solo. Se tapó la cuenca con su mano y apuró el paso.

Frente al espejo del baño se dio cachetadas, pero la cosa rasguñaba las paredes de su cráneo para que se detuviera. Miró sus ojos detenidamente, hasta que dejó de sentir la comezón detrás de ellos. Luego hubo unas cosquillas. Ganas de estornudar y, efectivamente, el estornudo súbito. Al volver la cabeza en el espejo vio dos largos dedos con uñas negras en las puntas, recubiertos de piel callosa y naranja, casi como los de un ave. Se agitaban locamente, como las antenas de una cucaracha aplastada. Las tomó entre sus manos y aplicó fuerza: sentía algo grande topar contra los conductos de su nariz, desde dentro. Luego las empujó adentro. Para afuera otra vez. Así repitió unas siete veces hasta que las extremidades dejaron de moverse. La sangre le corría por las fosas nasales y manchaba su camisa.

Hizo un último jalón, pero fue fácil desprender los dedos delgados y alargados en este último intento. Los vio detenidamente: no tenía idea de cómo pudieron caber en su cabeza, eran largos y rígidos. Sin dudar, los estrelló contra el lavabo hasta que quebraron en pedazos más pequeños, y tomándolos con sus manos, los depositó en el retrete, y jaló la palanca.

Cansado, regresó al espejo para lavar su cara. Al levantarla, los dedos seguían ahí. Tocó su cara, y no había nada, pero en el espejo los veía moverse. Se extendieron hasta meter sus uñas negras en las comisuras de la boca, y estirar, formando una gran sonrisa.

Salió del baño sin proponérselo, esbozándole un gesto agradable a quien lo miraba, y a la vez, llorando las lágrimas invisibles que él, estaba seguro, eran sangre.

Palabras para la siguiente semana: Celular, Calabaza, Minoría

2014-10-07 14.48.43

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