#42: El Mundo Perdido

Jugaban con las cartas más afiladas del planeta. Habían cientos de habitantes en juego, y la muchacha peliverde hacía tintinear los rectángulos de aluminio sobre la mesa. La otra chica, bufanda grande y tosca, cabellera dorada salvaje, se decidía sobre si tirar o no su mano. ¿Qué otra cosa puede hacerse con un planeta entero? Destruirlo por diversión, pero ella no era así: sabía que le pesaría tras un día o dos. Podría ser que lo mantuviera como una colonia, aunque había una costumbre de rebelarse en aquél orbe. ¿Esclavitud? tenía que hacer honor a su humanidad. La pregunta es: ¿qué es más humano entonces? Levantó los pedazos brillantes para formar un abanico frente a su cara. Suspiraba, y la bufanda que le tapaba el rostro se calentaba con un aliento cada vez más extenuado.

Mientras tanto, la muchacha en vestido de coctel y aretes gigantes sonreía. Meneaba su corto pelo al recargarse de una mano a otra, con una confianza que bañaba la habitación. Siete cámaras les apuntaban, y afuera, dos mundos observando el último juego de uno de los dos. La verde ya sabía lo que haría: venganza contra el planeta que la llamó falsa. Copia. Señuelo. Venganza contra los que declararon su falta de alma como axioma a la concepción de su tierra, la predicha falta de arte, la supuesta disminución tecnológica. No perdería en una mano de cartas lo que llegaría a ser la superioridad antropológica, rebanando la constitución ontológica de los captores, sin tener que rasguñar la pared en busca de un sentido último, de un Dios. Libre de ser una súpermujer.

El tiempo se acabó. Hora de revelar las manos.

Antes de que las cartas cayeran a la mesa, la chica verde aplicó fuerza en su brazo izquierdo. Un ruido sordo. La chica rubia miró al vacío, luego al cielo. Ella sí creía en algo más allá, algo que no la hiciera deidad propia, que desatara sus necesidades en una entrega absoluta: nada que la verde tuviera alguna esperanza de encontrar. Tosió sangre, luego se desmayó sobre el terciopelo morado. La verde sonrió, mientras soltaba poco a poco el gatillo. Ella iba a ganar, aunque no le tocaran las mejores cartas. La historia es del victorioso siempre.

Tomó las cartas de la mano muerta. Perdió la rubia, quién lo diría. Tal vez Dios sí exista después de todo.

Ave, Túnel, Retrete

2014-10-07 14.42.44

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