#39: Trato Consumado

De esto no me acuerdo muy bien, así que no me hagan mucho alboroto si alguna parte no les suena o se desacomoda del relato oficial, pero según yo, me pasó enteramente. Tendría unos 7 años, y la casa en que vivíamos tenía una escalera como serpiente, que subía en perfecto algoritmo hacia el tercer piso -mi cuarto- que tanto me aterraba en las noches de truenos titánicos y nubes expandidas. Ya era hora de dormir, pero por azar quedé rendido en el brazo del sillón, mirando dibujos animados de un rinoceronte y sus amigos. “Extraño” recuerdo haber pensado al despertar, “no estoy en mi cuarto”. Y eso era todo un suceso, porque papá siempre me levantaba a través de la sala, subiendo las escaleras. La sensación de gravedad en las puntas de mis pies, cómo algo me jalaba al suelo además de mi sueño, y los brazos de papá sosteniéndome fuerte, eso no era extraño.

La soledad a las dos de la mañana en la sala de abajo, sí. Una nueva experiencia para mí.

Tallé mis pestañas, y moví mi boca para quitarme aquél sabor a saliva caliente que le da a uno cuando dormita. Salí del sillón hacia el piso de madera, arrastrando mis pies, aunque luego recordé a mamá llamándome la atención y pisé firme y derecho. Fue con ese paso firme que la tabla bajo mi pié resonó, y al mismo tiempo, un rayo, como si le hubiera pisado la cola a una nube y gritara de dolor. Me agaché con las manitas en mis orejas, pero no pasó ni un segundo en la obscuridad de mis ojos cerrados, cuando sentí una pelota maciza rebotar en mi cabeza, dolorosamente.

Levanté los ojos, y un hombrecillo con maquillaje de payaso, estatura menor a la mía, y un gran sombrero rojo me repetía el golpe de nuevo. Yo no sabía si detenerlo sería sabio, prudente, esperado. Si hablaba mi idioma, si era un sueño, si-

“Niño, ¿estás vivo? ¿Niño?”

“Eh…”

Al emitir sonido, él se detuvo. Parecía contento de comprobar que yo, en efecto, era un ser vivo. Se ajustó los guantes blancos, y golpeó al piso. Al momento, los tablones se cayeron y unas vías de tren salieron disparadas hacia las escaleras, subiendo por ellas, dando vueltas hasta lo que parecía la puerta de mi cuarto. Luego, un pequeño vagón de tren en el que podía sentarme, aunque sólo cabía yo, y la máquina frente al vagón, en la que se montó el hombrecillo de un salto.

“¡Sale Expreso al Cuarto, vagón de las dos de la mañana!” gritó el enano maquillado, golpeando sus manitas en los pantalones negros rápidamente, como emocionado. Yo subí, claro. No pensaba escalar esas escaleras sólo, y menos con la lluvia que recia amenazaba con romper la puerta de la casa en cualquier momento y llevarme ahogado al fondo del mar. Mi peor pesadilla. Con dos golpes de su bastón, el pequeño ferrocarril escaló repujando y rechinando las vías que se tendían sobre las escaleras. La velocidad era muy poca, y el hombrecillo aprovecho para conversar.

“No suelo hacer esto chiquillo, pero te vi en problemas, y pensé que podrías ocupar de mis servicios”.

“¿Quién eres?”

“Yo… pues, creo que la pregunta sería al revés: ¿quién eres tú? Yo vivo aquí desde hace mucho tiempo”.

“¿Mucho?”

“Cientos de años. Mucho tiempo”.

“¿Quién eres?”

El payaso no se veía para nada viejo, y ya estábamos fuera de la puerta de mi cuarto. Con un toque de su bastón la puerta se abrió. Me dolía un poco la pelvis por las vibraciones del motor, pero me sentí mucho más cómo al acostarme en mi cama. El payaso estaba de pié al lado, esperando a que yo durmiera. “Gracias” le dije.

“Tienes que agradecerme de otra forma”.

“¿Cómo?”

“Con tu primogénito”.

Un trueno iluminó su cara. El maquillaje se transparentaba con la luz, y por un segundo pude ver su cadavérica faz, ojos saltones y sangre brotando del hoyo en donde debía estar su nariz. Se fue elevando al techo, hasta quedar frente a mi, suspendido en el aire, en el punto más alto de la habitación. Veía sus ojos saltones, y unas cuantas gotas rojas caían sobre mi cobertor.

“NO PIDO MUCHO. ME DEJARÁS DARLE UN PASEO EN TREN A TU PRIMOGÉNITO ANTES DE SU OCTAVO CUMPLEAÑOS. DE OTRA MANERA, ME LO COMERÉ VIVO. HASTA ENTONCES TE VIGILARÉ, PARA QUE CUMPLAS TU PARTE DEL TRATO”.

Escuché un grito ahogado. Miré de reojo, y con la puerta entreabierta, mi padre viéndome, en lágrimas, impotente y callado. Luego la risa del payaso:

“ÉL ES LIBRE. YA CONSUMÓ”.

El día siguiente yo cumplía ocho años.

Palabras para la próxima semana: Ley, Persona, Vaso

2014-07-03 01.03.59

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