#38: El Engrudista Armónico

Las historias se levantan con el viento, y viajan, pero otras quedan pegadas a la tierra donde nacieron, tapizando a la gente que las escucha. Un engrudista cubre superficies, reviste con belleza todo, manchando sus manos de pasta sin identidad.

Los tiempos cambian, y la gente común comenzó a rodearse de controles remotos, material desechable, cielos obscuros. El Engrudista reconoció los signos del viento, pero no se movió. Nadie pedía ya superficies diferentes, cambios de color: nadie podía darse ese lujo, los otros lujos eran muy demandantes. El hombre ya gastado, con huesos frágiles, esperó. Se puso diferentes pieles, para diferentes tiempos: estilista, constructor, dibujante, conferencista, músico. Nada era real, y de todo lugar se tendían caminos grumosos, que siempre indicaban hacia fuera.

De estilista, intentó utilizar el engrudo para peinados. De constructor, como cemento. De dibujante, para sellar. De conferencista, como elemento discursivo. De músico, como instrumento. Nada era útil, pero entre sus manos, el engrudo se sentía como casa. Un susurro de la masa lo convenció de que su propósito último sería siempre el engrudo.

Se colgó del techo de su casa boca abajo, en el balcón. Con pala en mano, comenzó a cubrirse desde los pies, en engrudo. Bajaba y chorreaba por su cuerpo, pero él echaba más y más. Lo amasaba y moldeaba con sus palmas, luego textura con la brocha especial. Terminó con sólo la cabeza fuera, pero había calculado todo para quedar justo encima de la cuba, así que con una sacudida trozó la viga de madera en el techo, y se sumergió hasta los hombros. Las personas que veían desde abajo, se apuraron para sacarlo, pero la masa era tan dura que ni entre siete hombres pudieron. Nadie descifró cómo lo había logrado, y esperaron, a que la masa se resquebrajara para poder despegarla del techo y piso -pues ahora formaba una homínida columna.

Después de unos días, volvieron a intentar. Justo cuando estaban a punto de darle con un pico, el área del cráneo se abrió por sí misma, y se reveló una miel transparente. Trajeron frascos rápido de la casa, y lo guardaron. 27 frascos llenaron, y el supuesto cadáver resultó inexistente: el hombre se convirtió en un engrudo denso y cristalino. Se guardó en una tumba, y no se volvió a hablar de él. Pero un niño, secretamente robó el último frasco, raspando del interior del capullo vacío: no más de un corcho logró juntar, pero eso fue suficiente. La sustancia se mimetizaba con cualquier superficie, y podía diluirse infinitamente con otras mezclas para hacer un pegamento perenne.

El chico creció, se convirtió en empresario, y fundo una compañía de adhesivos extra-fuertes. Era muy ciego como para ver la armonía del universo. Pero el Engrudista unificaba todo lo existente en su nueva forma, al fin haciéndose presente. Al fin siendo parte del mundo, con diferentes caras, pero siempre el mismo detrás de ellas.

Palabras para la próxima semana: Pestañas, Pelvis, Rinoceronte

2014-07-03 01.02.31

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