#36: La Plancha de Alcatraz (Parte 2)

La Plancha estaba pegada a la pared, su ropa interior hecha jirones por el trueno que la impactó, así que la removió rápido para una mimetización efectiva. No importaba, pues su piel obscura y metálica no dejaba ver por ningún lado una desnudes sugerente. Así, entre las sombras, avanzó al cuarto de juego que sabía era un favorito personal de la pentarquía maldita. Especialmente, de Israel.

Apretó su puño, pero accidentalmente provocó un chirrido. Antíoco escuchó claramente el sonido, había vivido en las calles la mayor parte de su vida y sabía el costo de no estar siempre pendiente de pequeñas señales así. Movió su enorme cuerpo fuera de la sala, sin avisar a los demás, que celebraban el final del matriarcado, y comían frituras de bolita mientras torturaban al puñal con el puñal, que por efectos de pastillas, se comportaba más puñal. No pasaron tres segundos, y el cuello de Anti se sentía dolorido, y cerrado. Frente a él una figura menuda, pequeña y delgada, con sus brazos extendidos hacia su cuello: La Plancha, como plata a contraluz de las ventanas elevadas. Un brillo en sus ojos amarillos. Un crack, y negrura.

Desde dentro todos oyeron caer el gigantesco cuerpo de su colega, y salieron para verlo asfixiado en el piso. Pronto tomaron una formación de defensa, y Constantino se lanzó a la búsqueda, mientras Alex intentaba revivir al gigante con los otros dos. Un extranjero a donde fuera, siempre de paso, Consta no acostumbraba quedarse quieto y esperar el ataque, no, él era el cazador. Vio una silueta pasar por el rabillo del ojo, y veloz disparó como pudo. Tres balas, y el sonido de tres pedazos de metal tintineando en el suelo de concreto liso y brillante. Se acercó, y arrodillado, vio los proyectiles aplastados. Un giro rápido, y más disparos, pero nada detenía el puño brillante que entre sombras se acercaba más a su cara.

Romo sugirió hablar con quien fuera que hiciera eso, para pedirle que se detuviera, pero Isra bufó en su cara, rascó perezosamente su barba, y pronunció su pistola, obligando a los otros dos a seguir el camino de Consti, después de escuchar el eco del plomo. Se acercaron por diferentes niveles: era el ala administrativa de la penitenciaría pero había sido construida igual que las demás partes. La única diferencia era la falta de barrotes y encarcelados en las celdas, pero eso no detenía de ninguna manera los enervantes juegos de sombras que se lograban con las pequeñas y altas ventanas, y la luz de la luna.

Alex avanzó con la macana electrificada, temblando de miedo, pero más consciente de todos los detalles que lo rodeaban que sus dos compañeros: el ritmo de su propia respiración, las tonalidades del concreto, el sonido de la lluvia que comenzaba a golpear. Un empujón por el lado lo mandó despedido hacia la pared. Israel pudo apreciar la figura fina y luminosa de la chica plateada, la misma a la que habían tirado, pero su soberbia no lo dejó ver más allá de un error cometido que debía enmendarse. Alex se tomaba el hombro dislocado, y la Plancha avanzaba poco a poco. Quiso salvar el pellejo, así que pensó lo más rápido que pudo y con un salto de tacleo, puso su brazo bueno frente a su cabeza, y prendió la macana eléctrica al golpear el vientre de metal. Sólo logró chamuscarse sólo, pues la electricidad nada hacía por la Plancha.

Levantó la vista, e Israel estaba justo frente a ella, a unos 8 metros. Echó a correr rápido, sus pisotones retumbaban en las paredes, pero antes de llegar, con un movimiento flojo Isra le arrojó un líquido en la cara. Ella no pudo ver por unos segundos, luego el líquido pasó a su brazo derecho, y sentía cómo le ardía. Dando tumbos, intentó golpear futilmente, destruyendo un armario metálico de armas, luego parte de una columna, finalmente la pared de concreto que daba hacia fuera de la penitenciaría. Isra le dio la pistola a Romo, ordenó que la ejecutara disparándole justo en el líquido que la estaba oxidando. Se retiró a dormir, dejándolo sólo con la Plancha. Al salir a la lluvia, enjuagó su cara, su brazo, y hubo suavidad. Al abrir los ojos, su lado derecho y del cuello para arriba, habían vuelto a la normalidad, mientras todo su cuerpo seguía como metal. Miró hacia atrás.

Romo parecía apuntarle. No. Se acercó más, y le estaba entregando la pistola, junto con las llaves de su auto que había guardado de los otros. Le pidió que se fuera, que no regresara, que la próxima vez no tendría tanta suerte con Israel. Ella suspiró y agradeció a Dios de rodillas. Luego se fue, y Romo pasó toda la noche limpiando los cadáveres de sus compañeros.

Limpiando sangre que no quería derramar. Que no era suya.

Palabras para la próxima semana: Palo, Cabello, Aventura

2014-07-03 00.58.28

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