Beso 22: El Kitsch

Griselda, que en otros tiempos se había considerado emperatriz del hielo, partió fulgurante las aguas humanas de la galería, críticos y redactores se pasmaban gélidos mientras sus taconazos se escuchaban por la bóveda blanca. Ya no, ahora se sentía como contenedor químico, lleno de magma lento, abrasador. Aún así, los demás seguían congelándose al verla: la mística crítica de arte, ni una se le escapaba. De pie frente al podio, presentó las obras de esa noche y sugirió la subasta en menos de dos horas, para que todos tuvieran tiempo de admirar las piezas.

Fue cuando se le acercó Demetrio. Conocido desde la preparatoria, amado desde siempre: Demetrio solía darle a Gris los comentarios más originales y las discusiones más acaloradas. A veces lo veía acercarse como una pared que reduce cada vez más la habitación, presionando, metiendo miedo; sin moverse o violentarse, plano como una pared. Todo estaba dentro de su cabeza, y en este momento, Demetrio estaba dentro de su oficina, con paredes de cristal.

– Pero, míralo. ¿No te convence? Desde aquí lo alcanzas a ver…

Con el cuello desabrochado y una chaqueta, lograba dar una imagen desinteresada, a la vez que volteaba espásmicamente a su espalda, intentando localizar la pintura que sugería.

– No… no lo veo -dijo Griselda intentando no mirar los músculos de su cuello- no sé de cuál me hablas Demetrio.

– Pero si está clarísimo, es el… el… ¡Ah! Doppler. El Armando Doppler, está bellísimo, ¿no lo ves?

– La verdad, me causa un poco de disgusto. Ya sé de cuál hablas, ¿el de la niña con pelo verde, jugando en el campo de tentáculos?

– ¡Ese mismo! ¿No ves la intensidad? ¿el fuerte argumento contra lo senil en la política?

Ella se puso de pie para dar un paseo por el piso de madera y hablar con algunos críticos. Cruzó los brazos y avanzó lento hacia la puerta.

– No. No la veo.

Demetrio la tomó del brazo antes de que saliera, y muy cerca de su cara le dijo

– Dale una oportunidad. Ni siquiera lo has visto bien. Una oportunidad Gris.

Su corazón latía rapidísimo, sentía que la cebolla en su pelo se deshacía de los nervios, el olor a loción de Demetrio era embriagante.

– Sí. Bueno sí. Le doy otra vuelta, está bien.

Y salió a paso rápido de su oficina. Ya en la galería, comprobó realmente los cuadros que estaban en exposición, cuadros que ella había elegido personalmente para colgarlos, sabiendo que algunos clientes podían pagar más y otros menos. Pero se encontró con el famoso Doppler. Lo titulaba Alcance de la Parodia, y retrataba a una jovencita de cabello corto y esmeralda, trotando en campos interminables de tentáculos, con un sol al fondo. Empezó a sentir cómo en el fondo de su ser burbujeaba la lava, y los signos aparecían incandescentes frente a sus lentes, denotando el valor de la obra, y cómo ella pudo haberse equivocado al calificarla, al tacharla de kitsch, y ponerla en un rincón. Pronto recobró su conciencia, y decidió cambiar el precio a uno que se acomodara más al precioso valor que tan tarde había descubierto.

Llegó la hora de la subasta, y uno a uno iban pasando los cuadros, subiendo el autor para dar la mano a quien fuera que lo haya comprado. Subían cada vez de precio, de miles, a decenas de miles, hasta llegar a las centenas de miles, en donde se ubicó Alcance de la Parodia. Con emoción, anunció el trasfondo del artista, e inició la subasta en $750,000.00, pero las manos difícilmente se levantaban. Un silencio abrumador rodeó la sala. Hizo dos intentos más por convencer al público del precio de la obra, pero nadie lo creía así. Fue entonces cuando escuchó el aplauso lento y burlón de Demetrio, que subía las escaleras hacia donde se encontraba la obra. Sonrió, y se presentó ante el público, explicando lo que ella, en ese preciso momento, ya sabía gracias a su agudo sentido del arte: el cuadro lo había pintado Demetrio, como una broma de mal gusto.

Y se sintió invadida en su privacidad, como si alguien hubiera jugado con ella, con su juicio y su razonamiento. Como si le hubieran manoseado la cordura. Y también, sorprendentemente, se sintió como un beso robado.

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