#35: Lechugas Eléctricas

“CLARAMENTE no pensaste a la hora de programar el bombardeo, pedazo de idiota”.

Un silencio estático, expectante, se cargaba en el búnker. La sobreproducción de vegetales lo arruinó todo: la gente sólo comía en restaurantes de comida rápida, y las verduras ya no tenían un lugar activo en la sociedad, luego vino el declive global de la economía, la desvaloración del dinero y otras cosas. La cuestión es que Miguel creía haber hallado el modo de convertir las lechugas en una suerte de bobina Tesla, utilizándolas como báculos podían pulverizar atacantes a metros, pero debía encontrar una forma de controlar la potencia y dirección del relámpago verde, antes de prestar la tecnología a la elaboración de sus armas caseras. La Doctrina Roja no cesaría de hallar modos para combatir al Plomo Errante, y él como miembro de los hombres escarlata, debía producir un medio de ataque rápido, antes de que los hallaran en su pequeño y desprotegido búnker.

“Si no arrojábamos las bombas, ya nos hubieran encontrado. No seríamos más que costales de carne agujerada”.

“Pero eran las ÚNICAS bombas que teníamos”.

“Mejor quedarnos sin bombas, que sin vida. CLARAMENTE no pensaste en eso”.

El chico de espesa barba y calva gruñó, y emprendió la retirada con paso pasivo agresivo, rumbo a la bodega en donde limpiaría las herramientas para los aparatos y armas químicas, ya que el Plomo Errante tomó el monopolio de todas las armas de fuego existentes en la tierra. Era una suerte si podías llegar a tocar una pistola en tu vida, para muchos ya sólo eran leyendas, o una fugaz realidad antes de ser atravesados por las balas.

“Y tú, ¿ya estás listo Miguel? No quiero sonar dependiente, pero nuestro éxito está en tus manos”.

Miguel miró detenidamente al sacerdote, que vestía una camisa negra con alzacuellos, y encima una gabardina. La Doctrina Roja lo era por la sangre de tantos, ya no importaba si santos o pecadores: estaban muertos, y no era justo. Paseó su mirada al segundo en mando, el rabino Jacob, que tenía la vestimenta jasídica completa, y además, un chaleco antibalas y granadas en la cintura.

“No está listo. Es decir, funciona, pero es incontrolable”.

“¿Qué tanto? Imagino que aún así, somos capaces de hacer daño, ¿no?”

Miguel ya sabía a dónde iba esto. Eran siete dentro del búnker, una armada los buscaba muy dentro del bosque, probablemente para el atardecer ya estarían cubiertos en sangre y plomo.

“Tendríamos que utilizar goma en las suelas, y no podríamos estar uno cerca del otro”.

“Kamikaze” susurró la chica con camiseta de PETA. “No estaría mal irnos con estilo ¿eh?”.

Una chispa iluminó los ojos de todos los prisioneros. Era obvio que hasta aquí llegaban, así que empezaron las despedidas, y la posterior preparación. Se colocaban el equipo de protección, tobilleras, bates, y las municiones que les proporcionaba la alquimia vegetal que tanto auge había tenido ese último lustro. El padre Manuel y Jacob el rabino se daban un largo abrazo, y ambos se echaban bendiciones de sus respectivos ritos. Rita, por otro lado, fue a acariciar por última vez al san bernardo herido que tenía con cuidados en el cuarto trasero, y Bernardo sólo sacaba filo a sus estacas recargado en la pared, la mirada siempre baja e impaciente. Armando y Olivia se acercaron a Miguel, y le pidieron un abrazo; después de haber perdido a su hijo de 15 años por un atropello de camión, Miguel era lo más cercano que habían tenido a una familia.

“Y estábamos a punto de recibir una ranita por correo de su tía Clara, porque a nuestro Tomás le encantaban las ranas. Gracias a esperar ese paquete, no salimos de vacaciones, y no morimos en el el avión que nos iba a transportar”.

“De hecho, fue el avión en que falleció-“

“Disculpen la interrupción hermanos, pero es hora. Shalom”.

Jacob detuvo en seco la conversación, y le presentó un báculo de lechuga a la pareja, pero ellos decidieron ir juntos con un solo báculo, y dejarle el último a Miguel.

“¿Seguro que funciona, aunque nos vayamos a achicharrar hijo?”

“Seguro” respondió Miguel. Muchas cosas habían pasado en estos últimos meses, que lo hicieron tambalear en todo lo que pensaba, pero en lo único que podía confiar, era en la respuesta de la ciencia y la seguridad de la fe. “Ambas son una decisión volitiva” se decía, “sólo que una en el espíritu, y otra en la materia”. Reasegurándose, se puso de pié, y Bernardo se mofó un poco de lo que escuchó decir entre dientes al chico prieto.

Salieron del refugio y se esparcieron en un radio grande alrededor. Creían que esparciendo el daño podían causar bajas masivas, significativas para su facción, pero también creían que ya habían pasado mucho tiempo juntos, y era hora de decir adiós -al mundo y entre ellos- en soledad.

El primero en irse fue Miguel. Quedó en el borde de un acantilado, destruyendo el bosque que lo escondía con truenos y llamas. Un conjunto de hombres con armaduras medievales y rifles futuristas disparaban sin poder traspasar el campo de energía que se formaba por el báculo de Miguel. La fuerza rompió la punta del acantilado, y al saber que iba a morir, tomó la lechuga con la mano, la arrancó del pedazo de madera, y lanzó ondas de explosión eléctrica mientras caía, matando a centenares: por encima y por debajo de él. Terminó como una mancha roja en las orillas del río que corría debajo, entre los cadáveres de militares.

Rita subió a la cima de los pinos, desde donde no podían verla, y atacaba desde arriba. Fue consumiendo uno a uno los troncos del bosque mientras hacía que llovieran relámpagos espeluznantes. Pisó una ardilla en una rama: su cuerpecito quebrado casi en dos. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el animal, y ese momento de distracción bastó para que la atravesaran 17 balas y cayera de bruces, reventando la lechuga al hacer contacto con el suelo, provocando un cráter de 500 metros de radio que, probablemente, eliminó toda resistencia.

Jacob y Manuel peleaban espalda con espalda: como sus cuerpos se tocaban, no había peligro de chamuscarse mutuamente. Lograron varias bajas, pero al final, los lograron detener por la espalda, y forcejeaban con ellos, que quedaron viéndose frente a frente. Con una mirada, y un silencio, ambos supieron qué hacer: arrancaron su cruz y su estrella de David del cuello, respectivamente, y las arrojaron al aire. En la distracción, se soltaron y ambos lanzaron rayos centelleantes de los báculos vegetales hacia los símbolos. Un destello como de mil motores multiplicó el daño, y la esfera de luz era para ambos como el rostro de Dios. Quedaron sepultados inmediatamente por la fuerza de la explosión, tomados por la muñeca.

Bernardo guardó su arma y huyó lejos. Nunca nadie se dio cuenta, pero su conciencia no tuvo misericordia de su salud mental.

Armando y Olivia tuvieron miedo a la hora de enfrentarse al pelotón de caballeros férreos que venían blandiendo sus escopetas y ametralladoras negras. Entregaron pacíficamente su arma eléctrica, pero al final los mataron de todos modos. Y un curioso hombre de armadura, levantó en alto la lechuga, y electrocutó a todos, y una de esas chispas explotó tan eléctricamente, que viajó por el tiempo al pasado, hacia el ventrículo izquierdo de Nicola Tesla, que tuvo un diminuto dolor en su corazón. Pensó en la mortalidad, tan común a todos, y su intuición le mandaba salvar al mundo. En ese momento, surgió la idea en su cabeza de la bobina bautizada con su nombre.

Como un gran corazón, salpicando truenos agitados de amor a su alrededor, creando luz y paz. Tesla sonrió.

Palabras para la próxima semana: Matriarcado, Bolita, Pastilla

2014-07-03 00.55.48

Escríbeme algo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s