#34: El Suicida Insurgente

¡Soy el megaloblasto de tu circulación! ¡Soy la viruta de tu nueva vida afilada!

“¿Qué está haciendo ese hombre?”

“Lleva unas seis horas exclamando que pronto caerá en este embudo para desaparecer de este mundo”

“¿Cuál?”

“Este de aquí”

Cuando el hombre de pomposa vestimenta, bombín mostaza y bigote poblado estiró el brazo para tomar el cono que estaba inserto en una pequeña botella de vidrio, el sonido de la pólvora detonando le hizo mover a tiempo su mano para revelar un hoyo de bala en el suelo terroso.

Suelte ahí. Es mi embudo. Falta poco hombre, no tenga tanta prisa.

La mujer con paraguas y vestimenta pomposa sacudió involuntariamente sus lonjas cuando, en un arranque desdeñoso volteó su cabeza y siguió su camino. Se escuchó que hablaba consigo misma:

“Menudo idiota. Mejor sería que saltara de una buena vez, un susto como ese…”

Mientras tanto, la chusma se acercaba y alejaba a intervalos: los nuevos se quedaban unos veinte minutos, mientras que los que ya habían visto la situación, inspeccionaban el lugar con cortas preguntas, y en tres minutos ya estaban de regreso en sus tiendas, restaurantes u oficinas. Sólo el hombre de pelo anaranjado se paraba firme sobre la cornisa, olfateando la atención que su amenaza le traía del mundo inferior que tanto se asemejaba a una colonia de hormigas. Cerrando uno de los ojos, calculaba qué tanto le tomaría caer justo en la abertura del pequeño embudo, que para empezar, no era capaz de cubrir más que su puño cerrado.

Una chica de ojos bellos acompañada de un hombre con saco y mocasines cafés le gritó.

“Baje de ahí oiga”.

Nunca bajaré, ni aunque vuelva al suelo.

El pelón de traje la jalaba afrancesadamente.

“¿Cómo se llama usted?”

Marcos Serratos, pero no es importante.

Su papá le hablaba con chistidos, luego con jalones, más ella se zafaba.

“Pero si no baja, ¿no cree que alguien lo extrañe?”

El extrañar no corresponde a los tiempos que estamos viviendo chiquilla.

“¿Entonces a quién le grita?”

A mi México.

Cediendo al berrinchudo papá, se fue caminando de prisa por la calle, antes de que el castigo en casa fuera peor.

Respiró profundo. Era hora.

Puso un pié en el vacío, pero cambió de opinión: inmediatamente después, saltó en forma de bala de cañón, esperando salpicar al público presente de incredulidad. La altura era tal, que permitió el grito de varias señoras, y los ojos volverse a él antes de que tocara la estaca cristalina que lo esperaba en la acera. Dio varias vueltas en el aire, cual clavadista olímpico, y con cada vuelta se volvía más y más y más pequeño, hasta que cayó en el dichoso embudo de papel, por el cual resbaló hacia el interior de la botella.

Después de varias exclamaciones de asombro, los hombres ocupados empezaron a retirarse. Después los viejos y las mujeres chismosas, que esperaban poder contar otro suceso escarlata y mexicano entre tanta opulencia europea. Al final, los niños quedaron, y se acercaron al pico de la botella, y escucharon las palabras del hombre de cabellos naranjas. Hacían preguntas y el pequeño homínido respondía. La niña de antes estaba ahí también, y sintió en su corazón avivarse un fuego, un susurro furioso que le decía que las cosas podían mejorar, que no había otra cosa más importante que la libertad, la justicia, el-

“¡Carmelita Serdán Alatriste, es la última vez que te hablo!”

“¡Voy pa, ya voy!”

En casa le esperaba una tunda como no le habían dado desde hacía semanas, pero ya no le importaba: un sentimiento extraño la hizo sentir libre, como si pudiera tirarse de una cornisa sin importarle ser extrañada o no, casi como si pudiera ser parte de una revolución mexicana.

Palabras para la próxima semana: Lechugas, Voltímetro, Dinero

2014-07-03 00.54.10

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